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El día en que Chile salió Campeón Del Mundo (Pablo Biase)

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Quizás porque la realidad es un disparate, los textos de Pablo de Biase se convirtieron en piezas literarias de nuestro deporte. Esta vez, con ágil prosa, nos vamos a los tiempos muy posteriores al Mundial de Sudáfrica 2010, cuando ya Marcelo Bielsa era un modelo social consagrado, en una Latinoamérica unida y distinta. La primera Copa del Mundo obtenida, años antes, por el seleccionado chileno llegó menos temprano que tarde, y nada menos que en una final Argentina – Chile. Desde entonces, una serie de acontecimientos modificaron la escena mundial y son los días en que muchos se preguntan: ¿Qué será de la vida de Maradona?

Medio siglo de vida pública, signada por un inquebrantable sentido de la honradez personal e intelectual, es razón suficiente para revisar, cada tanto, algún aspecto de su pasado. Pero con Marcelo Bielsa ocurre, además, que aún hoy, un largo par de décadas después de su retiro a una vida privada, frugal e íntima, su nombre sigue generando polémicas, admiración y rechazo ardientes. Con una vehemencia similar a la que le hizo ganar la fama de “sanguíneo”. Por lo tanto, el hallazgo casual de un documento que arroja mucha luz sobre la final del Mundial del 10, primera entre sudamericanos entre 60 años, merece la atención de quienes seguimos con pasión la historia del deporte más popular.

Por supuesto, el estilo pasional y arrollador de Marcelo Bielsa para llevar adelante los proyectos en los que creía sembró de anécdotas su biografía, por más de desde joven supiera tender un muro eficaz entre su vida privada y los medios de comunicación. Su falta de la más mínima docilidad frente a las grandes corporaciones comunicativas –especialmente, cuando fue entrenador de la selección nacional argentina de fútbol, a fines del siglo pasado- representó, para sus detractores, “un llamado de alerta”, “el primer signo”. Así, años después, agrandaron y deformaron esas anécdotas, a fin de terminar de pintar un “traidor a la patria” o un “argentino megalómano y voraz”.

Los bielsistas –argentinos, chilenos o mexicanos- coinciden en que se trató del primer signo. Pero del primer signo de una trayectoria emancipatoria programática y pragmática, determinante, entre otras cosas, de la creación de la OEB (1), la capitulación definitiva de Estados Unidos de Nueva Bretaña frente a la Confederación bolivariano-zapatista mexicana, en la Batalla de California (2) –en Abril del 17- y el traslado de la sede de la FIFA de Zurich a Asunción.

Las polémicas son muchas, y las más recientes remiten al ámbito de la política y las relaciones exteriores. Por eso consideramos de gran valor el documento que reproducimos en estas páginas, ya que es rarísimo que en unas notas marginales en la computadora personal de un periodista fallecido hace dos meses -tras caer su vehículo personal en un pozo solar-, figurara un documento de hace más de 15 años, con opiniones y caracterizaciones textuales de Bielsa sobre otros colegas del fútbol, entre otros datos “jugosos”, Más raro aún es que Bielsa haya hecho declaraciones de ese tipo.

Se trata de los fragmentos que se han salvado de una entrevista que Marcelo Bielsa, todavía Ministro de Educación y Deportes de la República Popular de Chile, concedió al malogrado periodista Francis Tuertas (4) para France Football, en el año 2015, y que misteriosamente nunca se publicó. Partes del artículo, más algunas notas marginales realizadas en su momento por el entrevistador, que sobrevivieron al incendio de su laptop (forman parte de la poca información que la policía científica pudo rescatar del disco duro), brindan pistas muy interesantes sobre la presunta suerte sufrida por el entonces técnico de Argentina, Diego Maradona (oficialmente desaparecido antes de comenzar la ceremonia de entrega de premios de Sudáfrica 2010), y sobre los inicios de la carrera literaria de Marcelo Bielsa, entre otros temas.


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POR FRANCIS TUERTAS
VOL.: ENTREVISTA EXCLUSIVA A MARCELO BIELSA
TIT.: “DEJEN A MARADONA EN LA PAZ DE SU FE”

TXT: En un rincón de la modesta pero acogedora casita, enclavada en la montaña azul y verde más límpida que pueda verse por estos días en el Sur de la Confederación Bolivariana, a pocos kilómetros de la ciudad de San Luis –declarada este año “capital cultural de América” por la Unesco- nos recibe, enfundado en su infaltable conjunto deportivo azul, el Ministro de Educación y Deportes de la República Popular de Chile, de “vacaciones con profunda acción literaria sostenida” en su país natal.

Bielsa no lo dice ni lo reconocerá con palabras, pero las sonrisas cómplices de esa cabeza febril, importante, en la que ralea el pelo pero no las ideas y los conceptos táctico-estratégicos, nos autorizan a contar que por estos días, allí y en el I-Pad Corder Apple del lápiz óptico del que no se separa, habitan muchos personajes bendecidos por un manto de piedad literaria. La primera novela-ensayo histórico sociológico con Chile se halla en pleno proceso creativo. ¿Su tema? Un ensayo sobre las mafias y cierta “tendencia genético-cultural a la formación de cuadros administrativos poco apegados a las normativas intra e interorganizacionales, con elevados grados de caudillismo, discrecionalidad en el manejo de los fondos y las vidas de las personas, puntas y carrileros juveniles y profesionales, entre otros”. ¿Su título? Provisorio y oficioso: “Eduardo, barbarie sin civilización” (3).

Sin reconocer que se halla revisando su pasado en Puerto Guevara, en el actual Parque de la Revolución –ex Parque Independencia-, no deja de destilar pasión rosarina mientras su perfil de Doctor Cerebro se acentúa con el caer de la tarde frente a la montaña encantada. “Es cierto, hice erigir un monumento en la puerta del estadio de mi club, y es cierto también que decía ‘Bárbaros, las ideas tácticas no se matan, se contrarrestan’”. Lo que quedó demostrado por el último intendente derechista de Rosario, Roberto Justin, canalla hasta el tuétano, quien hizo demoler la piedra bielsista por una cuadrilla municipal a las tres horas de haber sido erigida (4) (…).

NOTA DE REDACCIÓN:
Luego de mirar una vez más la final y el gol de taco con caño que Suazo le hace a Andújar, en el modesto LCD bidimensional con que visualiza aquí en San Luis, Bielsa baja la voz y explica qué sucedió verdaderamente con Diego Armando Maradona tras la final que Chile le ganó 3-1 a Argentina.

“El rayo no lo partió, aunque sí cayó muy cerca. Diego aprovechó, entonces, la confusión, que cortó durante cinco segundos toda la energía de Ciudad del Cabo y, de este modo, las tomas visuales de lo que sucedía en el terreno, y se perdió en el corazón del África, como el Kurtz de Joseph Conrad. Cuando volvió a haber transmisión oficial o cualquier otro tipo de captura icónica, las cámaras enfocaban los festejos de los jugadores chilenos, y nadie reparó en el DT argentino, sin dudas uno de los treinta y cinco mejores jugadores del siglo pasado. Es verdad que está en alguna parte de Etiopía, pero es una bajeza lo que publicó el diario. De ningún modo tiene relación con los carteles que operan en el centro norte de África ni es su iglesia una fachada para el ir y venir permanente de pequeños aviones. Diego vive genuinamente en la paz de su fe y practica un sacerdocio ecuménico. Tanto la Iglesia de la Mano de Dios como el santuario de Santa Claudia son sitios de comunión humana, de profunda religiosidad y de circulación de valores espirituales. Un rostro más del multifacético reino de libertad que abre la síntesis multidialéctica de la tríada Hegel-Marx-Michel. El despertar de la conciencia de la humanidad que vislumbró Marx encontró su genuina plataforma de despliegue en el modelo holandés. Cuando la conciencia universal sobre la ocupación óptima de los espacios logró captar los alcances ilimitados de este concepto, América comenzó a despertar. ¿O por qué se cree que estuve trabajando cinco años con juveniles en México? Fíjese en los nombres de los comandantes de las principales columnas que están avanzando en territorio californiano, y fíjese en qué club jugaron cuando tenían edad de sexta o quinta división. Von Clausewitz apenas si pido entrever lo que Rinus Michels traspasó con su conciencia increíblemente lúcida (…)”.
(1) Organización de Estados Bolivarianos

(2) Luego de la invasión de los antiguos Estados Unidos de América a la “frontera caliente del Sur”, en Octubre de 1816, el secretario general de la Confederación Bolivariana, Marcelo Bielsa, dispuso en menos de un día una reunión cumbre entre los nueve presidentes de la Confederación (todos los sudamericanos, menos el gobierno “izquierdista” de Uruguay, que adhirió al “socialismo intergaláctico antes que a las nuevas mutaciones del populismo argentino”) y el presidente de los Estados Unidos de México, del que salió la declaración de guerra Tras cuatro meses de un avance casi gandhiano, en el que hispanos, negros y blancos se rendían sin pelear, el gobierno ultraconservador de Jeb Bush debió capitular, restituyendo California,Texas, Nuevo Méjico, Arizona y Nevada a los Estados Unidos de México. Los antiguos estados del Sur norteamericano votaron la secesión y el restablecimiento de la Confederación de Estados Americanos, mientras que los estados restantes se unieron a Canadá en los Estados Unidos de Nueva Bretaña y, bajo el protectorado del rey Carlos de Inglaterra, pasaron a formar parte del Commonwealth.

(3) Clara referencia al ex presidente de Newell’s, de fines del siglo pasado XX y primeros años del XXI, Eduardo López, quien administraba los asuntos del club en la oficina del bingo que regenteaba en el centro de Puerto Guevara -por entonces, Rosario-, y quien supuestamente sobrevendía los pases de los jugadores en operaciones un tanto oscuras. Este libro nunca fue publicado y Bielsa no volvió a hablar de él, probablemente para no dificultar la creación del Centro Polideportivo de Alto Rendimiento “Renato Cesarini”, nombre tras el que se unificaron Rosario Central, Newell’s y Tiro Federal, en 2016, cuando, por otra parte, la lucha revolucionaria en toda América iba borrando los últimos bastiones de resistencia conservadora.

(4) Este episodio desencadenaría el Rosariazo II. La columna Che Guevara, compuesta por la fracción dominante de la hinchada de Rosario Central, un sector importante de “La metralleta leprosa” de la hinchada de Newell’s, la FUR (Federación Universitaria de Rosario), la FUA (Federación Universitaria Argentina) y la Nueva CGT (Confederación General del Trabajo) de los argentinos, incautó el camión y las herramientas, y tomó el palacio municipal de la entonces Rosario, destituyendo al intendente y nombrando en su lugar a Mauricio Pochettino, del Frente Nueva Victoria Popular.



Como El Polaco (Eduardo J Quintana)

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“Hay hinchas de Boca, de Ríver, de San Lorenzo y yo soy de Platense”

Una frase mítica del Polaco Goyeneche que encerraba una verdad absoluta. Es fácil ser de los grandes y cada vez que me lo preguntan, lo respondo con orgullo: “Soy hincha de Platense, y nada más que de Platense”. Y la verdad que no me arrepiento de aquel día en que cambió mi vida.

Mi viejo era de Ríver y desde chiquito me llevaba al Monumental; entre otras, estuve aquella tarde de la vuelta olímpica después de diez y ocho años, en 1975 y lo disfruté. Era mi primer campeonato ganado y también, sin saberlo, el último. Las vueltas de la vida me llevarían a que en el año 1977, a instancias de un amigo, el Beto Camacho, presenciara una de las finales más emotivas que jamás haya visto. No por el transcurrir del partido que fue chato y aburrido; ni por el resultado que fue un inerte cero a cero. La verdad de la emoción llegaría con los penales que definirían cual de los clubes descendería a Primera B: Lanús o Platense.

El Beto Camacho, era un amigo del barrio fanático de Platense, algo que fue heredado de su padre el gran Pedro Camacho, un cantante de tango nacido y criado en el barrio de Saavedra, admirador y conocido del Polaco Goyeneche. Miles eran las anécdotas que contaba sobre el viejo Platense de Manuela Pedraza y Crámer, como de los conciertos del Gordo Troilo, de los carnavales o simplemente de la vida cotidiana. Me encantaba hablar con él, pero tenía un gran problema, el “bobo” ya le había avisado una vez y él no se cuidaba. Justamente, tenía que dejar de lado las emociones fuertes. Cuando hablábamos de Platense, a quien le tenía simpatía por el Beto, siendo yo hincha de Ríver, podía pasarme horas escuchándolo, porque era una enciclopedia Calamar. Me hablaba de Santiago Vernaza, Juan Carlos Píris, Ernesto Ullrich, José Luis Petti, Eduardo de Virgilio, Julio Cozzi y los eternos ídolos Vicente Sayago y Enrique Topini

Será por esto que cuento que aquel día de la final, me convencí de acompañarlos. Jugaron en el Gasómetro, había muchísima gente, el fervor fue decayendo a medida que aumentaban los nervios y el resultado no se abría. Nosotros nos habíamos ubicado arriba, casi donde finalizaba la popular de madera. El Beto sufría cada avance de Lanús y Don Pedro hacía lo propio constantemente, en ataque y en defensa. No contenía la pasión y vociferaba barbaridades. El cero a cero final trajo aparejado un nuevo sufrimiento: el alargue. Ahí noté por primera vez, la agitación de Don Pedro, que permaneció sentado todo el descanso. Treinta minutos separaban la gloria del descenso, que para todo futbolero tomaba una trascendencia tal, que era difícil mantenerse distante. Treinta minutos peleados y anodinos, con el mismo resultado: cero a cero. La presión de Don Pedro seguramente había empezado a subir, al Betito se lo notaba preocupado, no le quitaba la vista al padre. Encima la definición por penales y cuando marco tiros penales, no hablo de los clásicos cinco y cinco, hablo una definición con veintidós tiros desde el punto del penal. Casi todos los jugadores tuvieron su chance y digo casi, porque el penal número once del Calamar, lo debía patear el arquero Miguelucci y Roberto Barreiro, el juez, permitió que vuelva a patear Juárez, en lugar del número uno. Los nervios que había en el Gasómetro eran de una magnitud tal, que contagiaron a los jugadores. En mi caso, había vivido un partido aburrido, pero esa definición era para el infarto. Casi no pude ver el último penal de Lanús, porque Don Pedro, se sentó en el tablón, muy agitado, muy colorado; Beto bajó a buscar un médico. Evidentemente el viejo se sentía muy mal ya que no miraba la definición, me senté a su lado y pasé mi brazo encima de sus hombros. Betito debería estar enloquecido buscando un médico, que no llegaba. Sentado, miraba entre las piernas de la gente, no perdiendo de vista lo más importante, a Don Pedro. Cuando Cárdenas, el delantero de Lanús tomó carrera, el viejo aferró mi mano y me balbuceó algo, que no entendí, giré la cabeza, buscando al Beto y en ese momento vi como Miguelucci contenía el penal, ante el griterío de la gente.
Don Pedro otra vez balbuceó algo, estaba peor.
- Beto. Me dijo, apenas abriendo los labios
- Sí, le dije yo intentando pasar el momento.
- Beto, repitió
- Acá estoy. Le volví a decir

Me agarró la mano fuerte, me miró a los ojos y con una mirada muy triste me dijo:
- Beto, me tenés que hacer una promesa
- Sí, por supuesto: Le dije, buscando infructuosamente a su hijo, que venía subiendo las gradas.
- Prometeme que nunca vas a dejar de ser hincha de Platense…
- Se lo prometo Don Pedro…

Ya era tarde. En el mismo instante que Beto llegaba con el médico y los camilleros, Don Pedro se desvanecía en mis brazos; mientras en el campo de juego Miguelucci era llevado en andas por sus compañeros y todo el pueblo Calamar festejaba la permanencia en Primera División. El llanto de Beto era desconsolado, mi corazón palpitaba incesantemente, mientras los tablones vibraban con el salto de la gente.
Cómo olvidar aquel día si fue un bautismo de fuego. Fue el final de una historia de amor y el comienzo de otra. Se había ido un calamar de ley. Había nacido otro calamar de ley.

Desde ese mismo momento, cada vez que Platense enfrenta a Ríver, con mi viejo, vamos a tribunas opuestas. Por supuesto yo voy a la de Platense, con el Beto, porque como diría el Polaco:
“Hay hinchas de Boca, de Ríver, de San Lorenzo y yo soy de Platense”

Messi es un perro (Hernán Casciari)

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Escribí esto hace dos o tres meses. Pero bien podía haberlo escrito el sábado a la noche, después del cuatro a tres contra Brasil. Esta reflexión apareció en las páginas 128 y 129 de la revista Orsai número seis y, desde que se publicó, me moría de ganas de ponerla en el blog, de contrabando. Solamente esperaba el momento oportuno para que cada palabra tuviera, otra vez, el apoyo de lo inmediato. Y hoy es buen momento. Me reafirmo, entonces, en la teoría del hombre perro.

El texto empezaba así:

La respuesta rápida es por mi hija, por mi esposa, porque tengo una familia catalana. Pero si me preguntan en serio por qué sigo acá, en Barcelona, en estas épocas horribles y aburridas, es porque estoy a cuarenta minutos en tren del mejor fútbol de la historia.

Quiero decir: si mi esposa y mi hija decidieran irse a vivir a Argentina ahora mismo, yo me divorciaría y me quedaría acá por lo menos hasta la final de la Champions. Y es que nunca se vio algo parecido adentro de una cancha de fútbol, en ninguna época, y es muy posible que no ocurra más.

Es verdad, estoy escribiendo en caliente. Redacto esto la misma semana en que Messi hizo tres para Argentina, cinco para el Barça en Champions y dos para el Barça en Liga. Diez goles en tres partidos de tres competiciones diferentes.

La prensa catalana no habla de otra cosa. Durante un rato, la crisis económica no es el tema de inicio en los noticieros. Internet explota. Y en medio de todo esto a mí me acaba de pasar por la cabeza una teoría extraña, muy difícil de explicar. Justamente por eso intentaré escribirla, a ver si termino de darle vuelo.

Todo empezó esta mañana: estoy mirando sin parar goles de Messi en Youtube, lo hago con culpa porque estoy en mitad del cierre de la revista número seis. No debería estar haciendo esto.

De casualidad hago clic en una compilación de fragmentos que no había visto antes. Pienso que es un video más de miles, pero enseguida veo que no. No son goles de Messi, ni sus mejores jugadas, ni sus asistencias. Es un compilado extraño: el video muestra cientos de imágenes —de dos a tres segundos cada una— en las que Messi recibe faltas muy fuertes y no se cae.

No se tira ni se queja. No busca con astucia el tiro libre directo ni el penal. En cada fotograma, él sigue con los ojos en la pelota mientras encuentra equilibrio. Hace esfuerzos inhumanos para que aquello que le hicieron no sea falta, ni sea tampoco amarilla para el defensor contrario.

Son muchísimos pedacitos de patadas feroces, de obstrucciones, de pisotones y trampas, de zancadillas y agarrones traicioneros; nunca las había visto a todas juntas. Él va con la pelota y recibe un guadañazo en la tibia, pero sigue. Le pegan en los talones: trastabilla y sigue. Lo agarran de la camiseta: se revuelve, zafa, y sigue.

Me quedé, de repente, atónito, porque algo me resultaba familiar en esas imágenes. Puse cada fragmento en cámara lenta y entendí que los ojos de Messi están siempre concentrados en la pelota, pero no en el fútbol ni en el contexto.

El fútbol actual tiene una reglamentación muy clara por la que, muchas veces, caer al suelo es asegurar un penal, o conseguir que se amoneste al zaguero contrario es propicio para futuros contragolpes. En estos fragmentos, Messi parece no entender nada sobre el fútbol ni sobre la oportunidad.

Se lo ve como en trance, hipnotizado; solamente desea la pelota dentro del arco contrario, no le importa el deporte ni el resultado ni la legislación. Hay que mirarle bien los ojos para comprender esto: los pone estrábicos, como si le costara leer un subtítulo; enfoca el balón y no lo pierde de vista ni aunque lo apuñalen.

¿Dónde había visto yo esa mirada antes? ¿En quién? Me resultaba conocido ese gesto de introspección desmedida. Dejé el video en pausa. Hice zoom en sus ojos. Y entonces lo recordé: eran los ojos de Totín cuando perdía la razón por la esponja.

Yo tenía un perro en la infancia que se llamaba Totín. Nada lo conmovía. No era un perro inteligente. Entraban ladrones y él los miraba llevarse el televisor. Sonaba el timbre y no parecía oírlo. Yo vomitaba y él no venía a lamer.

Sin embargo, cuando alguien (mi madre, mi hermana, yo mismo) agarraba una esponja —una determinada esponja amarilla de lavar los platos— Totín enloquecía. Quería esa esponja más que nada en el mundo, moría por llevarse ese rectángulo amarillo a la cucha. Yo se la mostraba en mi mano derecha y él la enfocaba. Yo la movía de un lado a otro y él nunca dejaba de mirarla. No podía dejar de mirarla.

No importaba a qué velocidad moviera yo la esponja: el cogote de Totín se trasladaba idéntico por el aire. Sus ojos se volvían japoneses, atentos, intelectuales. Como los ojos de Messi, que dejan de ser los de un preadolescente atolondrado y, por una fracción de segundo, se convierten en la mirada escrutadora de Sherlock Holmes.

Descubrí esta tarde, mirando ese video, que Messi es un perro. O un hombre perro. Esa es mi teoría, lamento que hayan llegado hasta acá con mejores expectativas. Messi es el primer perro que juega al fútbol.

Tiene mucho sentido que no comprenda las reglas. Los perros no fingen zancadillas cuando ven venir un Citroën, no se quejan con el árbitro cuando se les escapa un gato por la medianera, no buscan que le saquen doble amarilla al sodero. En los inicios del fútbol los humanos también eran así. Iban detrás de la pelota y nada más: no existían las tarjetas de colores, ni la posición adelantada, ni la suspensión después de cinco amarillas, ni los goles de visitante valían doble. Antes se jugaba como juegan Messi y Totín. Después el fútbol se volvió muy raro.

Ahora mismo, en este tiempo, a todo el mundo parece interesarle más la burocracia del deporte, sus leyes. Después de un partido importante, se habla una semana entera de legislación.

¿Se hizo amonestar Juan exprofeso para saltarse el siguiente partido y jugar el clásico? ¿Fingió realmente Pedro la falta dentro del área? ¿Dejarán jugar a Pancho acogiéndose a la cláusula 208 que indica que Ernesto está jugando el Sub-17? ¿El técnico local mandó a regar demasiado el césped para que los visitantes patinen y se rompan el cráneo? ¿Desaparecieron los recogepelotas cuando el partido se puso dos a uno, y volvieron a aparecer cuando se puso dos a dos? ¿Apelará el club la doble amarilla de Paco en el Tribunal Deportivo?

¿Descontó correctamente el árbitro los minutos que perdió Ricardo por protestar la sanción que recibió Ignacio a causa de la pérdida de tiempo de Luis al hacer el lateral?

No señor. Los perros no escuchan la radio, no leen la prensa deportiva, no entienden si un partido es amistoso e intrascendente o una final de copa. Los perros quieren llevarse siempre la esponja a la cucha, aunque estén muertos de sueño o los estén matando las garrapatas.

Messi es un perro. Bate records de otras épocas porque solo hasta los años cincuenta jugaron al fútbol los hombres perro. Después la FIFA nos invitó a todos a hablar de leyes y de artículos, y nos olvidamos que lo importante era la esponja.

Y entonces un día aparece un chico enfermo. Como en su día un mono enfermo se mantuvo erguido y empezó la historia del hombre. Esta vez ha sido un chico rosarino con capacidades diferentes. Inhabilitado para decir dos frases seguidas, visiblemente antisocial, incapaz de casi todo lo relacionado con la picaresca humana. Pero con un talento asombroso para mantener en su poder algo redondo e inflado y llevarlo hasta un tejido de red al final de una llanura verde.

Si lo dejaran, no haría otra cosa. Llevar esa esfera blanca a los tres palos todo el tiempo, como Sísifo. Una y otra vez. Guardiola dijo, después de los cinco goles en un solo partido:

—El día que él quiera hará seis.

No fue un elogio, fue la expresión objetiva del síntoma. Lionel Messi es un enfermo. Es una enfermedad rara que me emociona, porque yo amaba a Totín y ahora él es el último hombre perro. Y es por constatar en detalle esa enfermedad, por verla evolucionar cada sábado, que sigo en Barcelona aunque prefiera vivir en otra parte.

Cada vez que subo las escaleras internas del Camp Nou y de pronto veo el fulgor del pasto iluminado, en ese momento que siempre nos recuerda a la infancia, digo lo mismo para mis adentros: hay que tener mucha suerte, Jorge, para que te guste mucho un deporte y te toque ser contemporáneo de su mejor versión, y, trascartón, que la cancha te quede tan cerca.

Disfruto esta doble fortuna. La atesoro, tengo nostalgia del presente cada vez que juega Messi. Soy hincha fanático de este lugar en el mundo y de este tiempo histórico. Porque, me parece a mí, en el Juicio Final estaremos todos los humanos que han sido y seremos, y se formará un corro para hablar de fútbol, y uno dirá: yo estudié en Amsterdam en el 73, otro dirá: yo era arquitecto en São Paulo en el 62, y otro: yo ya era adolescente en Nápoles en el 87, y mi padre dirá: yo viajé a Montevideo en el 67, y uno más atrás: yo escuché el silencio del Maracaná en el 50.

Todos contarán sus batallas con orgullo hasta altas horas. Y cuando ya no quede nadie por hablar, me pondré de pie y diré despacio: yo vivía en Barcelona en los tiempos del hombre perro. Y no volará una mosca. Se hará silencio. Todos los demás bajarán la cabeza. Y aparecerá Dios, vestido de Juicio Final, y señalándome dirá: tú, el gordito, estás salvado. Todos los demás, a las duchas.

Goles (Antonio Dal Masetto)

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Estoy en un tren suburbano que salió de Retiro con veinte minutos de atraso y en la primera estación vuelve a detenerse unos quince más. Los pasajeros comentan en voz alta, protestan. El único que parece no darse cuenta de nada es el flaco de piernas largas que está sentado trente a mí. Mantiene la radio portátil pegada a la oreja, escucha un partido de fútbol. Mira a través de la ventanilla y llora. Llora en silencio, sin gestos, inexpresivo. Las lágrimas ruedan por las mejillas y van a mojar la remera color crema.
Termina el primer tiempo y apoya la radio sobre el asiento. Advierte que lo estoy observando.
- Qué grande - dice.
- ¿Qué cosa? - pregunto.
- El Bocha. Grande, grande. Bochini es lo máximo.
Saca un pañuelo y se seca los ojos.
- Siempre me hace llorar.
Suspira. Se sopla la nariz. Guarda el pañuelo en el bolsillo de la campera.
- La primera vez que lloré fue en mil novecientos setenta y tres. Esa tarde me escapé de la escuela y fui a ver por televisión el partido de Independiente con la Juventus. Jugaban en Roma. Los rojos iban en busca del título mundial. Veintiocho de Noviembre de mil novecientos setenta y tres. Faltaban unos quince minutos para que terminara el partido, menos de quince, y de pronto apareció el Bocha, agarró la pelota y no lo paró nadie, se fue solito hasta el fondo del arco de los tanos.
Se cierra la campera, se frota los brazos con fuerza.
- Cada vez que empiezo a hablar del Bocha y de Independiente me dan escalofríos.
Se para, golpea los tacos de los zapatos contra el piso, se despereza, vuelve a sentarse.
- Poco después de aquel partido con la Juventus tuve la suerte de conocerlo personalmente al Bocha. Mi padrino, el primero que me llevó a una cancha, el que me enseñó a amar a los rojos, me lo presentó en los vestuarios del club. Yo tenía doce años, el Bocha diecinueve. Fue algo increíble. Desde entonces jamás le fallé un partido. Voy de cualquier manera. A menos que jueguen afuera, como hoy. Bochini es único, el más grande, un adelantado.
El tren arranca y se detiene apenas salido de la estación. Se oyen las voces indignadas de los pasajeros.
- Tengo un amigo, un tipo grande, siempre me dice que De la Mata era mejor. Me cuenta cómo una vez, en la cancha de River, se apiló a siete y se la mandó a guardar. Yo no le discuto, pero después del triunfo con Estudiantes en la copa, cuatro a uno, lo encontré y lo paré en seco: "Ya sé, ya sé, no me digas nada, De la Mata era mejor, pero ayer Dios se puso la camiseta número diez y goleamos".
El tren da marcha atrás y regresa a la estación. Algunos pasajeros bajan, se juntan en el andén y tratan de averiguar qué está pasando.
- Y aquella noche del verano del setenta y ocho, jugábamos con Talleres, habíamos quedado con ocho hombres, y de pronto, cuando ya estábamos resignados, cuando todo parecía perdido, apareció el genio del Bocha. Lloré. Después vino la final del setenta y nueve, con River, y el Bocha se mandó dos goles. Dos. Y de nuevo lloré. Me acuerdo de otro gol para la historia, en el Monumental, perdíamos uno a cero, Bochini la agarró en nuestra área, el área del río, y se la llevó hasta el otro arco: uno a uno. En un ratito ya estábamos ganando dos a uno. Y otra vez a llorar.
Saca el pañuelo y se lo pasa por los ojos.
- Mi mamá se preguntaba por qué lloraba cada vez que ganaba Independiente y me mandó al psicoanalista. Pero nadie podía entender, ni mi vieja, ni el psicoanalista, ni los amigos, ni mi novia, que me dejó porque no aceptaba mi compromiso de los domingos con Independiente. ¿Cómo se hace para explicar ciertas cosas? Para ellos no significa nada que mi apellido tenga trece letras, igual que Independiente, o que el Bocha sea de mi mismo signo.
Se oye el silbato del guarda. Los pasajeros que habían bajado al andén se apresuran a subir.
- Cuando mi padrino se puso mal lo fui a ver a la clínica, no reconocía a nadie, le tomé la mano y me quedé un rato sentado al lado de la cama, le hablé al oído: "Padrino, ayer le ganamos a Ferro y el domingo nos toca con Boca, ya estamos a un punto del primero".
Me levanté para irme, llegué a la puerta y oí la voz de mi padrino que me preguntaba: "Jugamos en Avellaneda o en la Bombonera?". Fueron sus últimas palabras, murió esa noche.
Siguen unos minutos de respetuoso silencio. Una vez más el tren se pone en movimiento, deja atrás la estación, levanta velocidad.
- Ahí empieza el segundo tiempo - dice el flaco.
Se apoya la radio contra la oreja, se acomoda en el asiento y fija la mirada en las grandes nubes blancas inmóviles sobre el horizonte. El flaco se está yendo, me abandona, se va, se fue.
Ese es el recuerdo.
Pienso en la imagen de aquel flaco y, lo mismo que entonces, me digo que quizás, en alguna parte del mundo, también a mí me esté esperando uno de los tantos paraísos perdidos. El paraíso perdido que me corresponde. En alguna parte. ¿Pero dónde?

Los sueños que te tocan (Sacheri)

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Lo lamento por ustedes señores, pero la vida es así. No todos podemos tener suerte todo el tiempo. Y ahora, nos tocó a nosotros. Paciencia. Que ya la vida girará otra vuelta, y los casilleros quedarán apuntados de distinto modo. Y serán otros los afortunados. Pero la envidia es una cosa fea, que empequeñece el alma y nos quita dignidad. Por eso, por favor, intenten evitar la envidia. Al menos, hagan el intento, señores.

Las oportunidades llegan a veces. Y cuando llegan, hay que aprovecharlas. Hoy están y mañana no. Será por eso que las personas nos desesperamos cuando las vemos despuntar, cerca de nosotros. Porque florecen y se van. No es que desaparezcan de la faz de la tierra. No. Pero se van a la vida de otros. A ofrecerse y a esperar. A ver si las toman o las dejan.

Algunos sostienen que las oportunidades están al alcance de los que merecen tenerlas. Otros dicen que no. Que se trata del azar. Yo no tengo una respuesta. No sé si las oportunidades llegan porque las merecemos o porque, simplemente, alguna vez en la rifa toca que salga el número que tenemos hecho un bollo, en el puño cerrado. En el fondo, y si me apuran, me siento más cerca de estos últimos. De los que suponen que el destino, o el azar (que es el destino pero convertido en caos), es el que nos arroja los sucesos por la cabeza, los buenos y los malos, los dolorosos y los deseados.

Todo este largo antecedente, si me permiten, es una especie de pedido de disculpas. Porque sé que los futboleros de alma, esos que viven y entienden el fútbol como muy adherido a lo más valioso y profundo de sus vidas, están envidiando con toda su alma a los hinchas de Independiente. En el mejor de los casos será una envidia sana, si esa cosa finalmente existe. Pero envidia al fin.

Y corresponde que uno sea humilde. Humilde y ubicado. Y si ahora Dios (suponiendo que Dios se ocupe de esas cosas) nos puso en este sitio, tampoco tenemos que creernos tan especiales, o tan elegidos. Nos tocó, perfecto. Pero ayer les tocó a otros. Y mañana igual. Por lo tanto, agradezcamos ser los elegidos. Pero seamos mansos. Mansos y pacientes. Nada de agrandarnos.

Lo cierto es que este es nuestro momento, y está bien. A disfrutarlo, qué tanto. A encararlo como se merece. En nuestra historia centenaria, sólo los hinchas actuales de Independiente tenemos la chance de enfrentar este momento. Es probable que, dentro de muchos años, los jóvenes nos pregunten si a nosotros nos tocó vivir el descenso del 13. No sé cómo se llamará. Calculo que así: “El descenso del 13”. Aunque las grandes cosas reciben su nombre después de rodar mucho, como las piedras. Así que no sé cómo se va a llamar. Pero se nos quedarán mirando, deseando saber cómo fue, cómo nos sentimos, cómo lo enfrentamos, cómo nos dolió, cómo nos curamos.

Por eso es que somos los elegidos. Todos los demás hinchas del Rojo, desde que Independiente nació, esos hinchas y socios que acompañaron al club durante más de cien años pero partieron antes de junio, no tuvieron la chance de acompañarlo también en su aventura más oscura, la más impensada, y por eso, tal vez, la más gloriosa.

Nos esperan tiempos de aprendizaje. Habrá que aprenderse nuevas formaciones. Nuevas maneras de entrar y salir de canchas que no conocemos. Habrá que hacer memoria de cómo regresar a otras que hace tiempo no visitamos. Habrá que archivar algunos cantitos de cancha. A otros deberemos cambiarles la letra. Y otros, habrá que dejarlos como están.

Habrá que reírse, también. A carcajadas. De nosotros mismos. De todas las chambonadas que nos llevaron a bajar. De la fortuna que dilapidamos, mareados por tanta historia y tanta copa. Pero nada de duelo, señores míos. Que el duelo es para la muerte. Para la última partida. Y aquí nadie se ha muerto, sino todo lo contrario.

Habrá que extrañar los clásicos. Pero los otros equipos grandes tendrán también que adaptarse a que no estemos. Y van a extrañarnos. Sin nosotros, el fixture se quedará rengo. Tal vez se pregunten en qué andamos. Tal vez los más pesimistas de nuestros rivales, hasta se dejen un poco de sitio para el temor. Y harán bien en temer. Porque, tal vez, regresemos renovados. Tal vez regresemos con el empuje aumentado, las energías desbordantes y las victorias maduras. Tal vez, nuestra momentánea lejanía no haga sino dilatar nuestra leyenda. Tal vez, dentro de un tiempo, algunos rivales hasta piensen que hubiese sido mejor que no nos hubiésemos ido, porque ahí, en el fondo del mar, fue donde renacimos a nuestras mejores cualidades y a nuestros tiempos preferidos.

Como esos sordos ruidos que se dejaban oír tras los muros del convento, según la marchita, y preparaban la primera victoria de José de San Martín con sus granaderos a caballo, cuando se disponía a convertirse en libertador de América. Y miren qué casualidad, señores, dónde me lleva esta enumeración de hechos y proyectos. A esas palabras que tanto significan para Independiente.

No nos esperan noches de copas. No en lo inmediato. Tenemos mucho que andar para volver a merecerlas. Pero nos aguardan epopeyas igual de legendarias. No existen sueños chicos y sueños grandes. Me parece a mí que en cada momento hay que soñar los sueños que te tocan.

Ahora, nos vamos. Se agradece la atención dispensada. Pero tenemos que irnos. A rescatar del barro las primeras hilachas de la gloria. A demostrar de qué estamos hechos. A escribir los cimientos de una nueva grandeza.

Y no. Nadie puede venir adonde vamos. Tendrán que quedarse ahí, en la tranquila parsimonia de la Primera División. Sin tener que demostrar nada. Limitándose al manso amor de una normalidad anodina, casi burocrática.

Porque este castigo no es para ustedes. Es para nosotros solos. Solos, ahí, para bancarnos todas las cargadas. Solos, ahí, para darnos un poco la cabeza contra la pared, e insultar un poco al aire, y sostenernos la cabeza con las manos en las sienes, y con los codos en la mesa, y con el cuerpo encorvado, y con la silla crujiendo. Y pasará pronto. Porque al rato habremos visto, como decía el Negro Fontanarrosa, que al final no era para tanto.

Ahí nos vamos. Como el hombre cansado que, después de beberse sus dolores en la barra de un bar de mala muerte, se palpa los bolsillos y paga hasta el último centavo de las copas que se ha tomado. Sin caprichos espurios. Sin histerias trasnochadas. Con la escueta dignidad del que conoce sus errores. Exhibiendo, tal vez, la luminosa belleza del último fracaso. A salvo de todas las caricias del éxito. Sin necesitarlas.

Ahí nos vamos. Con nuestras viejas medallas a cuestas. A recuperar punto por punto lo que es nuestro. A recorrer esos caminos que nos faltaban recorrer. A probar que la grandeza es un gesto, y no una acumulación de pergaminos.

Intenten no envidiarnos, señores. Paciencia. Este lujo es sólo para nosotros. Otra vez, otro año, podrá tocarles. Pero este fracaso es todo nuestro. Nos pertenece y nos enamora sólo a nosotros. Esta es nuestra prueba y nuestro exquisito calvario.

Aquí se quedan los demás, bajo las luces estridentes de Primera. Nosotros nos vamos, a cosechar hazañas al único sitio donde todavía no las habíamos sembrado. Los demás se quedan acá. En el fácil amor de la abundancia. Nosotros, por fin, nos daremos el lujo de bajar al infierno. Ese excéntrico placer que todavía no nos habíamos cobrado.

Gracias a Dios, Independiente nos tenía guardada esta borrasca. Porque nadie va a poder decirnos, ahora, que nos quejamos de llenos. No. Primero, porque no nos quejamos. Y segundo, porque estamos de cualquier manera menos llenos. Al contrario: estamos vacíos de un montón de cosas. Pero sólo por ahora. Porque desde que empecemos a averiguar con quién nos toca la primera fecha, empezaremos a llenarnos el alma otra vez. Desde la primera vez que asomen nuestras camisetas en una cancha repleta de ilusos que cantan porque esa alegría no te la quita nada.

Gracias a Dios, Independiente se fue al descenso. Porque si no se hubiera ido, sus hinchas no tendríamos la oportunidad de seguirlo hasta el infierno. Ni tendríamos la chance de acompañarlo y de defenderlo. Ni la oportunidad de esperar desesperadamente a que empiece agosto, para empezar a volver.

Así que, en serio, por favor, señores, no nos envidien. En una de esas, el fútbol les ofrece esta misma posibilidad, en alguna otra temporada. Habrá que ver. Pero ahora nos toca a nosotros. Ahí nos vamos. Con toda la gloria que ya tenemos, a juntar la gloria que nos falta. Hasta la vuelta.

Cayendo con estilo (Sacheri)

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Todos tenemos películas que nos han marcado. Esas a las que uno vuelve en distintas situaciones de la vida porque las necesita. Vuelve para recuperar una imagen, una frase, un diálogo. Una huella que no tiene que ver únicamente con esa película, sino con la vida que vivimos.

Pues bien: una de las películas de mi vida es ni más ni menos que Toy Story. Calculo que la mayoría de los lectores la conocen: fue el primer largometraje de animación que produjo Pixar y la dirigió John Lasseter. Como su nombre lo indica, cuenta una historia de juguetes. Son los que pertenecen a un nene que se llama Andy, están vivos, piensan, sienten, y se esconden de la mirada de los seres humanos.

¿Por qué es una de las películas de mi vida? Porque la historia es excelente, porque los personajes son increíbles, porque fue una de esas pelis que vi seiscientas veces con mis hijos cuando eran chiquitos, a esa edad en que a nuestros hijos no les interesa ver cosas nuevas, sino volver a ver las cosas que les apasionan (y lo bien que hacen). Y porque, como dije al principio, es una peli que me ha dejado imágenes y frases que se incorporan otra vez a mi vida en cualquier momento.

Ubiquémonos. Al principio de la película el vaquero Woody vive en el mejor de los mundos. Hábil, inteligente, carismático, no sólo es el juguete preferido de Andy, su dueño, sino el líder natural del grupo de juguetes. Los demás se entusiasman con sus ideas, se embanderan en sus proyectos, siguen sus indicaciones. Pero el día del cumpleaños de Andy, las cosas cambian. Llega Buzz Lightyear, un astronauta lleno de luces, Guardián del Espacio y miembro del Comando Estelar. A diferencia de los otros juguetes, el recién llegado está convencido de que, efectivamente, es un astronauta, y niega ser un juguete. El vaquero Woody, a medias por celos y a medias por sentido común, pretende ponerlo a prueba. Lo desafía a que vuele por la habitación. Y resulta que por azar, por una suma de casualidades, es decir, absolutamente de chiripa, Buzz consigue algo parecido a un vuelo corto, aunque tiene mucho más de pirueta acrobática. Terminada la prueba, excepto Woody, todos los demás juguetes (el Sr. Cara de Papa, el dinosaurio Rex, el perro Slinky entre otros) se rinden de admiración ante el juguete volador. De nada sirven las protestas del vaquero, que sostiene que eso no fue volar, sino caer con estilo. Nadie le presta atención. Todos asisten embobados a la exhibición de maestría del astronauta lleno de lucecitas y protagonismo.

No voy a contar toda la película –aunque ganas no me faltan–, sino a centrarme en una escena en particular. La que para mí es la mejor de todas, la más profunda, la más decisiva. No sé si decisiva para la película. Decisiva para mí, que ya es bastante, por todo lo que encierra, por todo lo que me dice cada vez que la recuerdo.

Después de atravesar numerosas aventuras, Buzz descubre por fin la terrible verdad que Woody le venía anticipando. Es un juguete. Y no puede volar. Así se lo confirma hasta una publicidad televisiva. Hundido en una profunda depresión, se abandona a la indolencia y al sarcasmo. Y es precisamente Woody, su antiguo rival, el que vuelve a ponerlo de pie y en movimiento.

En el momento culminante, Buzz sostiene en sus brazos a Woody, mientras ambos corren el riesgo de estallar por culpa del cohete explosivo al que los han atado. El vaquero cierra los ojos para no ver el desastre inminente. Pero Buzz tiene una idea. Oprime uno de los botones de su pecho, despliega sus alas, corta las ataduras que los unen al cohete, e inicia un planeo libre y feliz en un cielo azul y suburbano.

Al advertir que no han explotado, Woody se atreve a abrir los ojos y no cabe en sí de la alegría. “¡Buzz, estás volando!”, le reconoce, maravillado. Y ese es el momento esencial del personaje del astronauta. Porque no se queda en el enojo de sufrir por lo que no es. Ni se sube a ese elogio fácil que, entiende al fin, es desmedido. Y por eso, con su serena respuesta, pone las cosas en su sitio: “No estoy volando. Estoy cayendo con estilo”.

Esa escena, esa frase, encierra a mi juicio una profunda enseñanza de vida. Y, como me pasa tan a menudo, es el fútbol el mantel sobre el que puedo extenderla, aplicarla y entenderla. Porque el fútbol, o más exactamente, el amor que sentimos por nuestro equipo, nos somete siempre a una fuerte contradicción. Es, le pese a quien le pese –empezando por nosotros mismos, porque en general nos pesa– uno de los aspectos más importantes de nuestra vida. Nos condiciona el humor, nos afecta el sueño, nos altera la digestión, nos tiñe las expectativas.

Y, sin embargo, no tenemos el menor control sobre lo que sucede con nuestros equipos en el campo de juego. No depende de nosotros. Porque son otros los que juegan. Son otros los que ganan y pierden –sobre todo pierden, claro–. Los hinchas intentamos convencernos de que no es así. De que las cosas, de algún modo confuso y retorcido, sí tienen que ver con nuestros actos. De que está en nuestras manos torcer o enderezar las fuerzas del destino. Y nos cargamos de cábalas, y vamos a la cancha convencidos de lo decisivo de nuestro aliento, y nos sentamos en tal sillón, pero nunca en tal otro, y usamos esta ropa, pero aunque nos maten, no nos pondríamos jamás aquella otra. Y nos engañamos. Porque no. No depende de nosotros, más allá de los artilugios de nuestra ingenuidad.

Se me hablará del aliento, de los cantos, de la presión de la tribuna. Pero: ¿cuál es nuestro aporte concreto? Si se pudiera medir, pesar, saber. ¿En qué cambiaría si nosotros nos quedásemos en casa? Y ni hablar cuando efectivamente nos quedamos, porque somos muchos más los que nos quedamos en casa que los que vamos a la cancha. Mil disculpas, pero el asunto del “aguante” siempre me resulta un argumento por demás endeble.

Ahora, mientras escribo, me asalta la idea de que hay un grupo de energúmenos que están dispuestos a salir, cueste lo que cueste, del módico anonimato en que nos movemos la mayoría. Energúmenos que no se reconcilian con la idea de la pequeñez del impacto de cada hincha. Me refiero a los salvajes que tiran bombas, que derriban alambrados, que amenazan jugadores, que escupen a rivales, que aprietan árbitros. Pero yo quiero hablar de hinchas, no de delincuentes. De modo que dejo de lado a los barras, que lo único que logran es que lo que ya de por sí es malo, termine volviéndose peor.

Para los hinchas a secas, para la gente de bien, casi no hay nada para hacer más que desear y sufrir. Parece que no hubiera nada en nuestras manos.

Y sin embargo… hay algo que sí. Algo que pese a todo, depende de nosotros. Y ahí es donde regreso a mi querido astronauta de Toy Story. Buzz Lightyear no puede elegir volar. No depende de él. No es un juguete volador. Puede llenarse de rabia, de frustración o de impotencia. Puede mentirse que sí. Que sí vuela. O que hay una conspiración intergaláctica que se lo impide.

O puede tomar la otra alternativa. Puede aceptar las cosas como son. Dejar de protestar y de encularse. Puede concentrar su orgullo en hacer bien lo que sí puede hacer. En otras palabras, puede decidir. Puede caer con estilo.

Y esa es la cuestión. El estilo. La forma. El cómo. Llamémosle como nos dé la gana. Nosotros, los que queremos al fútbol, los que vivimos enamorados de una camiseta, no estamos en el campo de juego. No erramos los pases ni los goles. Nosotros no equivocamos los caminos. Nosotros no tenemos los pies redondos. Pero igual, cuando nuestro equipo pierde, perdemos. Y si pierde mucho, sufrimos. Y si pierde demasiado, nos vamos al descenso. Nos puede pasar. Nos puede ocurrir. Ningún hincha quiere eso. Nadie quiere verse sometido a ese aprieto.

Y, sin embargo, esa es la prueba de fuego para lo que hemos decidido ser. Para determinar lo que tenemos adentro. Nadie elige por mí. Yo soy el que decide. No soy el que decide el qué, pero sí soy el que decide el cómo.

Yo puedo graznar cantitos racistas o llenarme la garganta de cantos por mi club. Yo puedo derribar un alambrado para frenar una goleada en contra, o bancarme como un hombre que me bailen, si es lo que me toca en suerte. Yo puedo atacar a pedradas el micro de los jugadores al grito feroz de “pongan huevos”, o puedo decidir no hacerlo. Puedo destrozar mi estadio si me desborda la humillación, o saber que esa es mi casa, y romperla no me sirve de nada.

Eso lo elijo yo. Yo y cada uno de los hinchas de cada uno de los clubes. Buzz no es un guardián del espacio. Nosotros no definimos los partidos. Buzz no vuela. Nosotros no cabeceamos. Buzz es un juguete. Nosotros somos el tipo de hinchas que elijamos ser, porque elegimos el tipo de personas que decidimos ser.

Porque podemos decidir qué cantamos, qué aplaudimos, qué callamos, qué ignoramos, qué aceptamos, qué tipo de fútbol respetamos.

Y no me vengan con la idiotez del aguante. Aguante no es hacerse el malo. Aguante tienen los que se bancan dos horas de viaje, una popular a casi cien mangos, cuatro cacheos, un partido horripilante, un baño mugriento, un sol inclemente, una hora de espera antes de que abran las puertas, a la salida.
Ningún amor nos garantiza la victoria, ni los campeonatos. Si vienen, que vengan. Felices de nosotros. Pero el fútbol no se trata de ganar. Porque por algo se parece tanto a vivir, a fin de cuentas.

Y si lo nuestro no es volar, pues entonces, caigamos con estilo.

Jugar de 85 (Sacheri)

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Debe ser que me estoy poniendo viejo, y uno de los síntomas de la vejez es resentir los cambios, las novedades, las modificaciones. Seguro que las nuevas generaciones no tienen problemas al respecto. Asumen que las cosas de su tiempo son las naturales, las normales, como si hubieran existido siempre.

Somos los adultos los que no encajamos. Los que nos movemos con categorías perimidas. ¿Siempre habrá sucedido lo mismo? ¿O la velocidad de los cambios de las últimas décadas nos desactualiza a un ritmo pavoroso? A veces me pregunto si la distancia que separa mi mundo del de mis hijos es igual a la que supo diferenciar al mundo de mi padre del mío. Y por lo general me respondo que no. Que el mundo de mi viejo se parecía más a mi mundo, y también al de mi abuelo. Pero ahí está. Hablo de “mi mundo” como si este que habito ahora ya no me perteneciese. O al menos, que no me perteneciese del todo. Como si parte de sus razones, sus lógicas y sus principios me fuesen ajenos.

Como dije al principio, tal vez envejecer es eso. Vivir una distancia creciente, confusa y angustiante entre lo que tenemos dentro y lo que palpamos fuera. De ahí ese resentimiento que a veces destilan los ancianos. Esa mirada esquiva, esos ojos entrecerrados. Esa mueca con un costado de la boca. Ese chasquido de la lengua. Esa nostalgia emparentada con la rabia, con algo que valoramos y que se fue y que se extraña, y que ha venido a ser reemplazado por algo que nos disgusta, cuando no directamente nos agrede y nos subleva.

De modo que lo que voy a decir, lo que voy a escribir, ruego sea tomado con pinzas, como producto de esa desazón, ese despegue doloroso de no entender del todo los nuevos tiempos. Que nadie se enoje. Y que se atribuyan mis criterios a lo que son, desvaríos de un tipo al que el futuro le sienta un par de talles chico, o grande, o le queda mal de hombros, como un traje que heredó de algún pariente con otra contextura. Voy a empezar diciéndolo así “En mis tiempos…” para que quede claro que hasta mi modo de hablar, mi modo de encabezar mi filípica, pertenece a una época caduca. Pues bien, ahí vamos.

En mis tiempos los jugadores de fútbol usaban camisetas con números que iban del 1 al 11. Cosa natural, tratándose del noble deporte del balompié. El arquero, principio de la formación, llevaba el 1. El resto de la numeración no tenía tanta lógica. Hagan la prueba de preguntarle a alguien que no sepa nada de fútbol sobre qué números deben llevar los jugadores de la línea de cuatro. Les dirá que el 2, el 3, el 4 y el 5. Obvio. El sentido común indica que deberían ser correlativos. Sólo la gente del fútbol (los viejos carcamanes, entre los que prefiero contarme) sabrá responderme que el orden es 4 – 2 – 6 – 3. ¿Y eso por qué? Debo confesar que no tengo la menor idea de por qué. Tal vez algún futbolero, más estudioso que yo, o más viejo, podrá darme la razón de ese artificio.

A lo que voy es a que, para un tipo de mi generación, la frase “Fulano juega de 6” tiene un significado claro. Quiere decir que es uno de los defensores centrales, el que se ubica un poco más a la izquierda. Y lo mismo con los mediocampistas, con el 8 – 5 – 10. Estaría dispuesto a aceptar (un poquito dispuesto, tampoco exageremos) que la actual disposición táctica de los equipos complicaría la nomenclatura de los delanteros. El 7 – 9 – 11 era clarísimo en la época en que se jugaba con wines. Ahora, con esta tendencia a jugar con dos delanteros, con uno, con medio y hasta con ninguno, es entendible cierta confusión. Pero tampoco para tanto. Si jugás de delantero de área, que te den la 9. Si jugás por afuera y sos diestro (“derecho”, como se dice en el fútbol), que te den la 7. Y si sos zurdito, la 11.

A lo que voy, señores míos: ¿Qué significa que un fulano cualquiera luzca el 47 en la espalda? ¿Y el 31? ¿Y el 42? No significa nada. Y no significa nada porque si un día estás en la tribuna de tu cancha, y aparece algún jugador desconocido que tenga puesta la casaca, pongamos por caso, 65, vos vas a preguntar, simplemente: ¿El 65 de qué juega? Y la respuesta que te va a dar el tipo que está a tu lado será “Juega de 9”. Listo. Eso será todo. Y vos entenderás que el tipo juega de 9, es decir, como delantero de área. El 65 no te habrá servido de nada. Como tampoco te servirá de nada si te dicen “juega de volante ventilador”, o “rota en tres cuartos con perfil cambiado”. Cómo juega, y qué hace, lo verás después. De entrada, lo que necesitás saber es que juega de 9. Así de simple.

Ahora bien: ¿para qué semejante esfuerzo? ¿Por qué esta necesidad de andar traduciendo un número en otro? ¿Conocen ustedes algún deporte que requiera una traducción semejante? Y ya que estoy en tren de calentarme, sigo un poco más. Y digo: ¿Por qué nos hacemos los modernos si después la camiseta 10 la seguimos reverenciando por el aura especial que conserva? La 10 no se la dan a cualquiera. No, señor. Se la dejan al tipo que más sabe, que suele ser zurdo, que suele ser gambeteador, que es mejor jugador que la mayoría. ¿Y entonces? La 10 significa algo. ¿Y por qué la otra decena no quiere decir nada? Antes, todas las camisetas podían ser usadas por distintos jugadores. Si te tocaba ser titular, te la ponías, si te tocaba ser suplente, pasabas a tener del 12 al 16 (¿había un suplente menos, o yo recuerdo mal?). Pero entonces… ¿por qué hemos cambiado?

Una sospecha aflora a mi mente siniestra. Ahora, al principio de la temporada, le dan un número a cada jugador. Y el jugador lo conservará consigo toda la temporada. Volviendo a nuestro caso, en la de Fulano, a la espalda, luce su apellido, en imprenta mayúscula. Así: “FULANO”. Y debajo, ese ridículo número 65. Y la camiseta del mentado delantero costará bastante más cara que si no dijera nada, o si tuviera un sencillo, modesto e impersonal 9, y gracias.

Agrego otra falacia del fútbol actual: el dichoso asunto del doble 5. ¿Me quieren explicar qué corchos significa un doble cinco protagonizado por dos tipos que tienen a la espalda el 22 y el 23? ¿Por qué llamamos doble cinco a algo que, con propiedad, deberíamos llamar “22,5 x 2”? ¿O resulta que ahora, para recitar una formación, me tengo que aprender un algoritmo?

Veamos otro ejemplo. Un director técnico fuera de sí, con su equipo perdiendo un partido clave, llama a un suplente de los que están calentando a un costado. Le apoya la mano en el hombro y le señala al mediocampista por derecha, y que por azar del fútbol moderno tiene el 37 en la espalda. ¿Qué le dice? ¿Qué instrucciones le da, con las palpitaciones a mil y el hilo de voz que le queda? “Jugame de treinta y siete, pibe”. ¿Eso le dice? ¡No! Le dice “Jugá de 8, tratá de pasar al ataque tocando con el 7, y si podés, tirá algún centro buscando al 9”. Y el suplente, si puede, le hará caso. Listo. Punto. Eso es todo. A otra cosa mariposa. Fin. The end.

Mejor la corto acá, porque me va a subir la presión, o voy a mesarme el poco cabello que me queda. Pero no desvariemos, por favor. Imaginemos, para terminar, la siguiente escena. Pongamos que un periodista ávido de novedades se aproxima a un entrenamiento de inferiores y le pregunta a un pibe de catorce, quince años, cuál es su sueño. ¿Se imaginan, al pibe, con una sonrisa gardeliana y los ojos brillantes, respondiendo que su sueño es jugar de 85 en la Primera de su club? Ni por equivocación, mi amigo. Ni por equivocación. Así que punto. Punto y aparte.

Duérmete niño, duérmete ya (Sacheri)

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Siempre me costó conciliar el sueño. Desde que era muy, pero muy chico. Algún médico con el que consultó mi madre habló de terrores nocturnos, de miedo a la oscuridad y cosas por el estilo. Pero yo siempre sospeché que no. Lo mío nunca fue temor a la oscuridad. O si alguna vez lo fue, en algún momento de mi niñez se transformó, simplemente, en un enamoramiento absoluto con la noche. Me encanta el silencio, la intimidad que generamos con las cosas, el ritmo pausado de la respiración de los otros, los que sí duermen, y construyen sin proponérselo una esfera de soledad que siempre fue capaz de cautivarme.

Alguna vez lo conté en el prólogo de algún libro. Mis viejos me regalaron una lámpara pequeña, de plástico negro, que atornillamos a la cabecera de mi cama. Una cama cucheta de las que se hacían antes, fuerte como un barco. A mi hermano mayor le tocó la de arriba, por supuesto. Lo bueno de la de abajo era que tenía, para mí, forma de vagón de tren. De tren de carga, o de camarote como se veía en alguna película de Abbott y Costello, o en algún capítulo de los Tres Chiflados. Tenía techo, tenía paredes más o menos altas. Y tenía una luz para leer hasta que me venciera el sueño. De todas maneras, a veces me resultaba difícil dormirme. “Pensás demasiado” decía mi madre, y es posible que tuviese razón.

Supongo que a muchos de ustedes, amigos lectores, les habrá sucedido cosa parecida. Y estoy seguro de que a muchos de ustedes, como a mí, algún adulto les habrá sugerido: “¿Por qué no contás ovejitas?”.
Desconozco de dónde viene esa costumbre de contar ovejas para dormir. Imagino, sin demasiada inventiva, que debe provenir de nuestro antiguo acerbo cultural judeo-cristiano de sociedad pastoril, allá lejos, en nuestro remotísimo pasado.

Pero en lo personal, debo confesar que jamás me sirvió para un reverendo pepino. Para empezar, analicemos la propia imagen. Un grupo de ovejas, detrás de una tranquera, esperan para saltarla, de una en una. A medida que saltan (teniendo la precaución de no amontonarse) uno las va numerando, y se supone que va arrebujándose en los brazos de Morfeo. Ahora bien: ¿hay cosa más antinatural e inverosímil que un grupo de ovejas disponiéndose al salto sincronizado de la tranquera? La propia ridiculez del procedimiento nos produce una alarma, una inquietud que nos alerta y nos aleja del sueño. Pero sumemos otro factor: ¿cuántos de nosotros tienen a las ovejas como una imagen familiar y cotidiana? Acá, digo, en plena Área Metropolitana de Buenos Aires. O cuando salís al campo, de vacaciones. La familiaridad de las vacas, no te la discuto. Están por todas partes. Pero, ¿ovejas? Abundaron hasta la década de 1860, pero después, vacas y más vacas, mi amigo. Lo de las ovejas genera una extrañeza, una ajenidad, como si me dijeras: “para dormirte, contá chanchos haciendo una competencia olímpica de salto en largo”. Y que me disculpen los amantes del folclore onírico.

Lo que sí me sirve, lo que sí me gusta, es otro procedimiento, del que alguna vez hablé en el pasado, pero no viene mal reflotarlo: si me cuesta conciliar el sueño, una buena manera de tranquilizarme consiste en meter goles de tiro libre. Eso sí es una actividad sedativa, relajante, preparatoria de un descanso reparador.

Ahora, sin costo alguno, y si me permiten, paso a dar las directivas básicas del asunto.
Para empezar, debe el lector organizar mentalmente el escenario. Evítense las multitudes. Estas pueden provocarle mucha adrenalina, mucha energía y todo lo que usted quiera, pero si se va a imaginar pateando tiros libres delante de cincuenta mil fulanos, me va a levantar un nivel tan alto de ansiedad que después usted no se me duerme ni por equivocación, mi amigo. De manera que no. Me evita el público. No me ponga esa cara. Si quiere situar su fantasía en su cancha, esa cancha que usted tanto quiere porque es la de su equipo, vaya y pase. Pero por lo menos me vacía las tribunas. De todos modos, y como me siento un poco responsable del experimento, voy a permitirme hacer una sugerencia. Búsquese una cancha bien chúcara, de esas que abundan en los campos de deportes de los sindicatos y en los clubes de pueblo. Tiene que tener arcos. Eso sí. Los necesitamos. Pero no nos hacen falta tribunas. Ni alambrado. Ni red. Bueno, lo de la red es opcional. Lo dejo a su criterio. Pero yo digo que, cuanto más cimarrona la cancha, mejor. De esas con poco pasto concentrado en las esquinas, y de tierra pelada y muy apelmazada en la zona central. De esas en las que las líneas de cal son apenas un recuerdo borroso (y nunca mejor empleado el adjetivo ese de “borroso”), porque las repintan cada muerte de obispo.

Elíjase el balón. Eso lo dejo, otra vez, a criterio del usuario. Si quiere me utiliza un balón nuevo, reluciente, de estreno. Si quiere, el balón oficial de la Champions League de este año. Allá usted. Si prefiere, la pelota mugrosa que usted y sus amigos supieron descascarar cuando eran chicos. Si lo desea, algo intermedio, ni tanto ni tan poco. Eso sí, ya que está, asegúrese de que tenga buen peso, buena estampa para cuando usted le pegue.

A continuación, elija el punto desde el cual ejecutar el tiro. Mi sugerencia, un metro atrás de la medialuna del área, un poco a la izquierda o a la derecha, según elija usted perfilarse de zurdo o de diestro.

Ahora tómese su tiempo. Elíjame bien dónde sitúa el balón. No me lo ubique en un pozo, porque de lo contrario va a raspar el piso y el tiro libre va a ser una porquería. Tampoco en una montañita tan estrecha que deba regresar cinco veces, interrumpiendo los pasos para tomar carrera, nada más que a volverla a su sitio. Es decir, elíjame un sitio alto y parejo. Si tiene pasto, mejor, siempre y cuando tenga cuidado de que no sea uno de esos yuyos chatos que se abren como una flor verde y áspera, porque parecen pasto, pero no son, y, en una de esas, me termina con un esguince, Dios no lo permita. De todos modos, tenemos tiempo. Afuera de nosotros lo único que hay es la noche. Y adentro, el tiro libre.

Algo importante, que hasta ahora no le dije. No necesitamos barrera. Porque en realidad, no necesitamos rivales. Ni arquero, mire lo que le digo. De manera idéntica, tampoco hay compañeros suyos, ahí. El asunto es entre la pelota, el arco y usted. Usted, como es futbolero, sabe de qué modo tiene que salir la pelota, a qué altura, a qué velocidad. Usted sabe que tiene que ir bien cerca del ángulo superior, o abajo, de sobrepique. O si va a tirar al primer palo, al palo del arquero, para sorprender, tiene que ser un tiro recto, lleno, bien con el empeine, un zapatazo capaz de desatar la perplejidad y de vencer las manos.

El futbolero sabe todas esas cosas. Por eso yo propongo prescindir de rivales y compañeros. Muchos de nosotros usamos el fútbol para muchas cosas importantes. Por ejemplo, para conocernos a nosotros mismos. Y eso no tiene nada que ver con los demás. Y que ningún trasnochado me venga con que el fútbol es un juego colectivo. Ya lo sé, hombre, ya lo sé. Pero no es de eso de lo que estoy hablando. Hay una parte del fútbol que se comporta igual que ciertos rincones de nuestra alma de hombres: es inaccesible para cualquiera que no sea uno mismo.

No sé si queda, entonces, claro el escenario. Usted elige si es de noche o es de día. Si llueve o hay sol. Si hay viento o si no se mueve una gota de aire. Elige usted. Pero elija. Tome los pasos de carrera que considere necesarios. Baje un poco el mentón y mire la pelota. Ahora es el momento de decidir. Pero que no se le note en la cara, por lo que más quiera. Es un proceso absolutamente íntimo y secreto. Pero debe decidir cuántos pasos, qué violencia, si cara interna o tres dedos o el cuerpo encorvado a lo Chivo Pavoni y el pie lleno de tiro libre.

Eso lo decide usted, amigo mío. Como decide dónde termina la pelota. Después, eso sí, le pido que no se apresure. Se me queda un segundo con las manos en la cintura, pensando en lo que hizo. En lo que hizo bien y en lo que hizo mal. Cuando concluya, sí lo dejo caminar hasta detrás del arco, donde quedó la pelota, tal vez en medio del yuyal. Ojalá no se le haya ido demasiado para el lado de las cañas. Y si es así, paciencia.

Después, me repite el procedimiento. Si quiere, desde el mismo lugar. O si prefiere, se busca otro. A medida que reitera los disparos, elija en qué fijar la mirada. En una de esas, se queda fijo en su pie impactando la pelota. O prefiere, en cámara lenta, la pelota viajando hacia el arco, con ese efecto sutil que usted supo imprimirle. U opta por dejar los ojos fijos en la parte superior del palo derecho, ahí donde está medio oxidado, para no perder detalle cuando la pelota impacte en él, pero apenas un rebote, lo justo para volver a su tiro libro absolutamente in-a-ta-ja-ble, como decían los relatores de antes.

Hágame caso. En su próximo insomnio, patéese unos cuantos tiros libres. Se va a divertir muchísimo más que llevando la cuenta de los saltos insulsos de una manada de rumiantes con poco que hacer en esta vida.
No le garantizo que se duerma. Pero el fútbol siempre nos sirve para algo. Aunque a veces desconozcamos para qué.

Buenas noches, querido lector. Y que sueñe con los angelitos.

Tirate a la derecha (Sacheri)

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Dueños de nuestros actos. Así nos gusta sentirnos, al menos en esta cultura occidental en la que, mal que mal, nos desenvolvemos. Preferimos vernos como seres racionales, pensantes, capaces de tomar decisiones. No estamos convencidos, como los antiguos griegos, de que el destino es una fuerza indomable que obedece al capricho de los dioses y juega con nuestras vidas a su antojo. En otras palabras, nos gusta pensar que nuestros actos edifican de un modo u otro nuestras vidas. Que nuestras decisiones, nuestras omisiones, aun nuestras dudas, configuran lo que habrá de sucedernos. No significa esto que neguemos la existencia del azar. Puede que no. Puede que aceptemos que la suerte –o su ausencia– forma parte del conjunto. Pero no tenemos el fatalismo de sentir que nuestras vidas son ajenas a nuestros impulsos y nuestras acciones. Al contrario. Lo que nos sucede es, al menos en parte, consecuencia de nuestros actos. Y, sin embargo, hay una esfera de la vida que para muchos de nosotros reviste una importancia casi capital sobre la que no tenemos prácticamente injerencia ninguna: el fútbol.

No hablo del fútbol chúcaro en el que muchos de nosotros gastamos lo poco que nos queda de oxígeno y articulaciones. El fútbol amateur sí nos tiene como protagonistas. Allí sí, lo que hacemos determina los resultados. Lo que hacemos o (en la mayoría de los casos) lo que no somos capaces de hacer con la pelota. Pero hay otro fútbol, que nos importa tanto como este, en el que no tenemos “ni arte ni parte”, como diría mi madre, que sabe un montón de refranes y expresiones castizas. Hablo del fútbol profesional. Del fútbol como hinchas.

Bien mirada, la situación reviste una crueldad del tamaño de un portaviones. Una vez que hemos elegido un club, una camiseta, ya no hay vuelta atrás. No importa por qué la hemos elegido, si por herencia, por un regalo oportuno de un tío canchero, por una campaña afortunada de tal o cual institución o hasta por oposición al legado que se nos quiere imponer. Para el caso da igual. Hay un momento en nuestras vidas en el que ya no podemos cambiar. No queremos cambiar. No vamos a cambiar. La fidelidad que hemos construido, aunque pueda haber tenido en su origen motivos futbolísticos, pronto deja de tenerlos. Me explico mejor. Pongamos que me hice hincha del equipo Equis porque se coronó campeón después de una campaña memorable en la que desplegó un juego despampanante. El equipo Equis no va a jugar así para siempre. Puede suceder que el año próximo los mejores jugadores emigren al fútbol español, brasileño, ucraniano o uzbeko, donde ganarán mucho más dinero que en nuestra noble patria. Y que el lugar que dejan vacante esos nobles prohombres sea ocupado por una manga de palurdos, torpes percherones lastimeros que sepan de fútbol lo que yo sé de química molecular (que es nada, aclaro). ¿Acaso voy a renunciar a mi fidelidad por Equis? No. Ni se me cruzará por la cabeza. Seguiré hinchando por esa camiseta, independientemente de quienes la vistan y de que tan horriblemente jueguen.

Y mi humor cotidiano tendrá mucho que ver con cómo les vaya el fin de semana. Y la materia de mis insomnios. Y la ternura de mis esperanzas. Es verdad que, salvo que yo sea más estúpido que la media, seguiré considerando que hay cosas más importantes que el equipo Equis. Pero los avatares de su desempeño teñirán, como una pátina, un esfumado, esas otras cosas más importantes. Si las cosas importantes de mi vida van mal, el razonamiento será: “No me sale una, pero por lo menos Equis anda bien”. Y si las cosas de mi vida marchan bien, tal vez el diálogo íntimo diga: “Es cierto que mi vida camina bárbaro, y, sin embargo, a Equis le está yendo para el traste”. Ahí estará esa pátina, ese telón de fondo, esa especie de luz de cielo límpido o nublado que teñirá el resto de los colores.

Y no hay nada –repito–, NADA que podamos hacer al respecto. Nosotros no jugamos en Equis. No somos dirigentes de Equis. No formamos parte del cuerpo técnico del plantel profesional. Como mucho vamos a la cancha, siempre y cuando dispongamos de unos cuantos mangos, y la cancha no nos quede a quinientos kilómetros (cosa que acontece mucho más a menudo de lo que muchos porteños gustan de pensar). Y ahí estamos nosotros, los hinchas de Equis. Con mucho para desear, con mucho para padecer, con mucho para perder, con mucho para añorar, pero con NADA para hacer.

Y en ese terreno fértil que queda a mitad de camino del amor, de la inacción y de la impotencia, surgen las cábalas. Esas fantochadas, esas burdas elucubraciones inútiles que casi todos los futboleros fabricamos en la necesidad de sentir que sí, que sí tenemos parte, que sí hay algo que depende de nosotros en este entuerto.

Detengámonos por un instante, amigos lectores. Todos. Todos nosotros, futboleros y cabuleros como somos. Usted amigo, sí usted, sáquese ese ridículo sombrerito tipo Piluso que utiliza desde que Chacarita salió campeón en el 69. Lárguelo, le digo. O usted, amiga. Sí, a usted le hablo, señora. Quítese ese colgante de cuernitos que usa desde que Mostaza Merlo sacó campeón a la Academia en 2001. Los dos de allá, los del fondo, los de la camiseta de Boca. Pongan para lavar de una buena vez esas camisetas que usan desde que Bianchi ganó el primer torneo, allá por el 98. Sí, esas que tienen la banda amarilla bien ancha. Y ahora los demás. Largando los amuletos. Despacio. Pongamos las manos donde el resto pueda verlas. Lo mismo con los sillones, sillas, mecedoras y banquitos. Esos que, según ustedes, les garantizan el triunfo, porque vaya a saber en qué año, sentados ahí, ganaron tal o cual partido memorable. Ahora las radios portátiles. Sí, por favor. No se resistan. Las radios también. Esas que tienen tantos años que consumen más que un Ford Fairlane. Esas que ahora no pueden llevar a la cancha porque cada pila puede convertirse en un proyectil asesino de medio kilogramo. Ya sé que con esa radio, y con ninguna otra, escucharon la vuelta olímpica que les contó Fioravanti, Muñoz o Víctor Hugo. Por último, los que cultivan el género de “Cábala-promesa”. No se hagan los giles. No me pongan carita de que no entienden. Vamos, que no tengo todo el día. Hablo de esos que prometen en silencio tal o cual conducta ridícula, o dificultosa, o ridícula y dificultosa, con tal de que su equipo gane. ¿Ejemplo? No se hagan los giles. ¿Insisten? Bien. Ahí va uno: “Si mi equipo gana el clásico, no voy ni siquiera a probar la picada de los viernes durante cuatro meses”. ¿Queda claro? Esa estupidez o cualquier otra. Bien.

Y ahora, que todos nos hemos despojado de las cábalas. Pensemos. ¿Qué ha cambiado? ¿En qué puede influir que yo vaya a la cancha ataviado siempre con el mismo calzoncillo? ¿En qué puede modificar el destino de mi equipo el hecho de que yo, antes de cada fecha, comulgue en la misa de siete de los viernes? ¿Qué influencia puede tener, sobre los innumerables eventos de un partido, que yo me bese el codo izquierdo en cada ataque de los rivales? ¿Qué injerencia posee, sobre el desempeño del equipo, mi ingesta de salamín?

No sirve de nada. No modifica nada. No cambia nada. Y, sin embargo, los futboleros necesitamos fantasear con que sí, con que conservamos algo de control, con que algo que hagamos, o que digamos, o que establezcamos, como sumos sacerdotes de una religión que únicamente nosotros comprendemos, obrará el milagro de poner a esos fulanos a jugar al fútbol como deben.

Ahora, mientras busco ponerle el punto final a esta columna, me asalta un recuerdo. Año 1980, 1981, no estoy seguro. Tribuna popular local de la cancha de River. Mi hermano me ha llevado a ver a su equipo. No cabe un alfiler. No me acuerdo contra quién juegan los millonarios. Pero sí me acuerdo de que, con el partido 0 a 0, el árbitro cobra un penal para los visitantes en el arco que da hacia donde estamos nosotros. Justo detrás de mí, también de pie, hay un anciano. Y el viejo murmura, mientras el Pato Fillol se agazapa: “Tirate a la derecha, Pato. Tirate a la derecha”. Sobreviene el penal. Y el Pato ataja el disparo, arrojándose hacia su lado derecho. El viejo, jubiloso, repite una vez y otra que el Pato lo escuchó. No lo dice en sentido figurado. Lo dice y lo repite hasta el cansancio (cansancio ajeno, de los que estamos cerca del viejo, porque él continúa reiterándolo, feliz e imperturbable) convencido de que si River no va perdiendo es gracias a él, a su pálpito apenas murmurado, pálpito que de un modo mágico e inexplicable ha sobrevolado miles de cabezas, la bandeja inferior de la tribuna Almirante Brown, la pista de atletismo, la hilera de fotógrafos y bomberos, hasta aterrizar en la renegrida cabellera del Pato Fillol y convencerlo de que el penal era justo ahí, abajo y a la derecha.

En fin, basta por hoy. A ver usted, el de Chacarita. No se olvide el gorro tipo Piluso. ¿De quiénes eran estas dos camisetas de Boca? Bien, aquí las tienen. Acá me queda una radio portátil sin dueño… De nada. Retirémonos en orden. Y sí, sigamos con nuestras cábalas. ¿O acaso el fútbol no necesita, también, de nuestra perpetua inocencia?

Lecciones de piano (Sacheri)

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Cuando estaba en segundo año del secundario se me ocurrió convertirme en pianista para enamorar a las chicas. Debo confesar que en aquella época yo era un tanto proclive a los proyectos faraónicos. Me dejaba llevar con facilidad por la fantasía, y compensaba mis numerosas inseguridades imaginando un futuro –cercano, tangible, palpable– en el que lograba alcanzar metas heroicas y complicadas. Si lo pienso a la luz de la madurez, creo advertir cierta ingenuidad en algunos de esos proyectos, cierta cándida confianza en que, consiguiendo “ALGO”, logrando “ESO”, las barreras que se alzaban entre la felicidad y mi persona iban a derrumbarse con júbilo y con estrépito. No temo que el lector me acuse de simplote y facilista. Y no lo temo porque yo mismo me acuso de ambas cosas.

Esta tendencia a confiar en hazañas de dudoso mérito, que me abriesen de par en par el porvenir, puedo rastrearla desde mi más tierna infancia. Recuerdo, por ejemplo, que en la Nochebuena de 1974 me obligué a dar una vuelta manzana completa, saltando sobre el pie derecho, bajo la consigna de “si no me caigo en toda la vuelta, Papá Noel me va a traer el revólver de cebita que le pedí”. No sé si fui capaz de la proeza, o si en algún momento cambié de pie de apoyo. Pero el desafío rindió sus frutos, porque el gordo de traje polar se portó de maravillas esa noche y depositó, sobre el falso abeto del comedor, un revolver de seis alvéolos que metía un batifondo de exterminio en cada disparo.

Cuando llegué a la adolescencia mantuve la costumbre de esos íntimos desafíos, pero cambió la materia: ya no me interesaban los revólveres a cebita, sino el amor de las mujeres. Sin ir más lejos, me pasé buena parte de séptimo grado planificando el ingreso al Liceo Naval. No lo hice porque me interesara la carrera militar, sino porque estaba convencido de que, vestido con el uniforme de cadete, ninguna jovencita de Castelar iba a resistirse a enamorarse de mí hasta la más recóndita de sus células. Finalmente el proyecto del Liceo no prosperó (no me preocupaban tanto los exámenes de ingreso como la dieta para bajar de peso que debería seguir si quería superar la prueba física). Pero me quedó esa especie de vicio por asociar una epopeya descabellada con el amor inminente de las mujeres de mis sueños. Y así es como, en segundo año del secundario, alumbré la teoría de que los poetas y los músicos tienen a las mujeres comiendo de la palma de su mano.

Según mi mamá, yo tenía un oído musical privilegiado. Y la imagen de mí mismo, agazapado sobre el instrumento, enérgico, concentrado, sentado sobre el alto taburete, el ceño fruncido, un mechón rebelde cayéndome sobre la frente, me seducía de tal modo que no podía concebir que a las chicas no les sucediera lo mismo.

Cuando le conté a mi madre mis proyectos musicales ella saltó de alegría. Claro que mantuve en secreto que el fin último de mi futura carrera de concertista era levantar minas. Me pareció mejor que creyera que lo mío era puro amor al arte. Y mi madre reflotó su hipótesis de mi privilegiado oído musical y prometió averiguar con las vecinas para que le recomendaran una profesora.

Unas semanas después yo me encontraba, un martes a la hora de la siesta, frente a la puerta de la que sería mi profesora de piano. No recuerdo su nombre, pero sí que era alta, de rasgos severos, ojos claros y una edad indefinida entre los sesenta y los doscientos veinte años. Su casa olía a comidas que en mi casa no se comían, o a una cera distinta para los pisos. O a las dos cosas. El piano estaba en el living de su casa y yo, que entraba por la puerta de la cocina, debía atravesar varias habitaciones y calzarme los patines al llegar a la sala, porque los pisos estaban encerados con paciencia de relojero.

Las primeras clases anduvieron bien. Versaron sobre ponerle un número a cada dedo, ubicar las siete octavas que tenía ese piano, aprender a ligar las notas en largas escalas ascendentes y descendentes, con la mano derecha en las escalas agudas y con la mano izquierda en las escalas graves y así sucesivamente. Lo cierto es que aprendía rápido, hasta el punto de que llegué a sospechar que tal vez mi mami, con ese desmesurado elogio de progenitora había acertado. El único motivo de inquietud lo tuve una tarde en la que mi profesora me señaló un magullón a medio cicatrizar que yo tenía cerca del codo izquierdo. Con ojos entrecerrados de sospecha me preguntó qué me había pasado. Evitando mayores precisiones, respondí “Gimnasia”, con ese laconismo que me caracterizaba a principios de la década del 80. La profesora frunció un poco los labios, aceptó mis dichos y murmuró algo así como “Cuidado con esos dedos, Sacheri. Cuidado con esos dedos”.

Yo tragué saliva y continué con mis escalas, bajo la atenta mirada de la pedagoga. Me cuidé bien de decir, porque podía ser chico y tímido, pero no idiota, que en realidad me lo había hecho jugando al fútbol y jugando como arquero, que era lo que yo hacía en esa época. Creo que alguna vez he comentado algo al respecto, de manera que no los voy a aburrir. El hecho es que pasé la adolescencia bajo los tres palos, supliendo con arrojo, reflejos y voluntad lo que me faltaba de talento. Tal vez para cualquier persona con dos dedos de frente, ser arquero y ser pianista eran ocupaciones antitéticas. Pero yo no estaba dispuesto a elegir. Una me gustaba mucho. Y a la otra la consideraba la llave maestra para seducir mujeres, según expliqué al principio. De manera que no iba a permitir que me vinieran con disyuntivas.

En alguna cena familiar mi madre había deslizado que, tal vez, mi carrera de pianista no era del todo compatible con mi puesto en la cancha. Pero yo le aseguré que siempre atajaba con guantes (era verdad), que me cuidaba mucho las manos (era mentira), que puesto a elegir entre evitar un gol y preservar el físico siempre optaba por lo segundo (era más mentira todavía) y que me importaba mucho más aprender piano que jugar al fútbol (era tan mentira que ahora me da mucha vergüenza reconocerlo, mamá, perdoname). Pero ¿qué adolescente no se siente un poco, o “un mucho”, omnipotente? Terminé segundo año y entré a tercero. Y porque estaba pegando el estirón, o porque el número de granos en mi cara tendía a disminuir, o porque mi cuerpo estaba dejando de asemejar un pequeño barril de ron de barco pirata o porque sí, las chicas empezaban a considerarme, al menos, un ser humano al que se podía saludar y con el que se podía mantener una conversación. Claro que yo lo atribuía, sin demasiado basamento científico, a mi más que promisoria carrera como concertista. La verdad es que me gustaba tocar el piano, aunque me aburría sobremanera tener que practicar una vez, y otra vez, cada uno de los ejercicios. En mi casa, por supuesto, no teníamos piano, y yo tenía que ir a practicar a lo de la profesora. La mujer no ponía la menor objeción a que yo ensayara en su casa. El problema es que ella podía oírme perfectamente desde la cocina. Y más de una vez, cuando después de aporrear durante un buen rato las teclas blancas y negras me disponía a hacer mutis por el foro, la buena señora me frenaba en seco, fruncía el ceño, detenía el empanado de las milanesas sobre la mesada de la cocina y con un sucinto “Falta práctica, Sacheri” me devolvía al ejercicio de Schumann.

Y así marchaba la vida, conmigo pasando a cuarto año, cuando tuve la mala fortuna de jugar ese partido de morondanga, en la clase de Gimnasia, contra los de quinto tercera. Si algún profe lee esta columna le ruego que no me corrija eso de “Gimnasia”. Ya sé que la materia se llama Educación Física. Pero el profesor petiso, morocho y haragán que debía darnos clase en el Dorrego, en aquellos años, no daba nada, salvo lástima. Así que dejémoslo en Gimnasia y gracias. Nos tiraba una pelota de fútbol para que nos masacrásemos sanamente entre cuarenta en una cancha de quince por quince, y se retiraba a descansar a un costado.

Y ahí, en ese partido tonto, uno de esos cotejos que no valen nada, una tarde de otoño que más me hubiera servido quedarme en mi casa, no tuve mejor idea que arrojarme en medio de un revoleo de patas a embolsar un centro rasante. Hasta ahí, todo normal. Pero quiso mi mala estrella que uno de los rivales, aunque la pelota descansaba mansita entre mis manos, me pusiera una patada feroz en la mano derecha. Ustedes no pueden saberlo, pero detuve durante veinte minutos la escritura de esta columna intentando recordar el nombre del imbécil. Sería una dulce venganza escracharlo en las páginas de El Gráfico. Pero por más esfuerzo que hago, no lo consigo. Baste entonces aclarar que era gordito, con pecas, estatura mediana, pésimo jugador. Ojalá te lleguen mis maldiciones, turro. Ojalá que sí. Pero no nos vayamos de tema. No creo que el fulano me haya pegado de mala leche. Calculo que lo hizo de puro imbécil. Y pasó lo que tenía que pasar. Mi dedo meñique derecho hizo un sonido raro, como “chack”, o como “toc”, y me produjo un dolor de incendio, y yo pegué un alarido de rabia y de miedo, porque me imaginé que acababa de fracturarme el dedo.

El profesor, viendo peligrar su descanso, se acercó a ver qué había pasado. Me palpó la mano con aires de entendido y diagnosticó “No tenés nada, pibe”. Y siguió el partido. En los días siguientes, mi dedo meñique fue tomando un aspecto monstruoso. Como si tuviera vida propia, aumentó su tamaño hasta un diámetro bastante superior al de mi pulgar, perdió toda movilidad y adquirió una tonalidad morada con vetas de verde topacio y azul volcánico. Cumplida una semana no quedó más remedio que asistir al hospital, y la radiografía no dejó dudas: fractura desplazada de primera falange del meñique derecho. Lo de “desplazada” es casi un eufemismo: los pobres huesos de mi pobre dedo quedaron formando la señal de “camino bifurcado”, pero en blanco sobre negro radiográfico, en lugar de los tradicionales negro y amarillo de los carteles de Vialidad Nacional.

Por supuesto, me enyesaron. Y por supuesto, mi profesora me recibió con el rostro consternado. Yo supuse que iba a decirme “No te preocupes, Sacheri, volvé cuando te saquen el yeso”. Pero lo que me dijo fue “Qué problema, Sacheri. En fin, vamos a aprovechar para practicar solfeo”. Y yo, que había pensado que el infierno era el castigo a los pecadores una vez fallecidos, me encontré alzando la mano sana en un rítmico zarandeo para marcar el compas de las interminables cadencias de sol-fa-si-do-do-do, fa-si-do, fa-si-sol, o cosa por el estilo.

En los pocos descansos que la prusiana disciplina de mi tutora consideraba menester administrarme, me urgía a abandonar la práctica del fútbol. “Es así, Sacheri, el fútbol o el piano”. Yo la escuchaba, sumiso, sin atreverme jamás a confesarle que el accidente en cuestión me había sucedido jugando de arquero. Confesarle eso habría sido casi como ponerme de pie sobre el taburete y aliviar mis necesidades sobre su piano, tal el tamaño de la afrenta. Mejor el silencio. El silencio y la paciencia. Que al fin y al cabo, lo único grave era esa tortura del solfeo.

Pero quiso mi mala fortuna que nos tocase jugar un desafío contra cuarto octava, un sábado de esos. Por supuesto, yo no tenía la menor intención de perdérmelo, aunque tuviese que jugar de defensor o mediocampista. De manera que ahí me fui, con mi yeso, al mejor estilo René van de Kerkhof en la final del 78, y guai de que me dijeran algo. Pero cuando nuestro arquero suplente se comió un gol pavote no pude con mi impaciencia y retorné a mi puesto natural. A mis compañeros les pareció lo más normal del mundo, y acordamos que alguno se mantuviera cerca para despejar los rebotes, porque con el yeso hasta el codo no iba a poder embolsar el balón.

Y ahí estuvo el problema. En lo de embolsar. Para tirarme al piso el yeso no era un estorbo tan grande, si uno tenía la precaución de caer sobre el otro brazo o sobre el codo de ese. Pero al no poder flexionar la muñeca ni los dedos, no tenía manera de aferrar la pelota. Casi todo el partido la cosa anduvo. De hecho, lo terminamos ganando con cierta comodidad. Pero en un centro lastimero que estos tipos tiraron a la desesperada no tuve mejor idea que ir con las dos manos arriba, con la idea de descolgar el centro al mejor estilo Carlitos Goyén (el arquero del Rojo en esos años). Pero como no podía doblar una mano se ve que me taré y la otra no me respondió. El caso es que la pelota me pegó, de punta, en el dedo mayor de la mano izquierda. Era una pelota dura, pesada, que encima estaba muy inflada. Y mi dedo medio de la mano izquierda soltó un siniestro “chack”, o tal vez “toc”, que me erizó los pelos de la nuca.

Y yo, mientras en el piso me retorcía de dolor (me retorcía, pero no me podía agarrar la mano herida con la otra mano, porque la tenía enyesada), me retorcía también de pánico pensando cómo iba a decirle a mi vieja que no sólo la había desobedecido en cuanto a jugar al fútbol enyesado, sino que había jugado al arco. Y si sobrevivía a la tempestad de la furia materna, me quedaba el tifón de la cólera de la profesora de piano, cuando advirtiera que no me quedaban brazos no digamos para tocar las teclas, sino ni siquiera para alzar durante el sol-fa-si-la-sol del maldito solfeo.

Esta vez no demoramos una semana en ir al hospital. Con mi dedo medio izquierdo ya en dimensiones de morcilla (y color al tono, por supuesto) enfilamos otra vez para el Santojanni. El médico me miró con conmiseración. Supongo que su mirada quería decir “Todo imbécil puede ser aún más imbécil”, y me dio la orden para la radiografía. La buena noticia era que mi dedo mayor izquierdo no estaba fracturado, aunque tenía un esguince de Padre y Señor nuestro. La mala nueva fue que, de todas maneras, iban a enyesármelo.

Salí del hospital sintiéndome un robot miserable, caminado con las dos manos enyesadas, y anticipándome a las burlas que mis amigos iban a dedicarme. No sólo parecía un Playmobil, sino que mi dedito mayor apuntaba al horizonte en un ademán lleno de procacidad. Pero lo peor no iba a ser la burla de mis amigos.

Lo peor fue presentarme en lo de mi profesora de piano. Cuando toqué la puerta (calculo que apreté el timbre con el codo) ella salió al porche, me miró de hito en hito, abrió muy grandes esos ojos fríos que tenía, y me soltó un discurso directo y conciso. “Sacheri, te dije que era el piano o el fútbol.”
Yo sabía que me iba a encontrar con esas palabras. O con otras muy parecidas a esas. Por eso me adelanté, le pedí disculpas y le tendí como pude, con la torpeza de mis dos manos enyesadas, los billetes para pagar las clases de ese mes. La saludé, me di vuelta, salí a la vereda y no volví nunca más.
Un par de semanas después me sacaron el primero de los yesos. Por supuesto que le prometí a mi madre que no iba a jugar al fútbol hasta que me sacaran al segundo. Y por supuesto mentí. Eso sí, me mantuve lejos del arco hasta que terminaran de desenyesarme.

Al final de todo el asunto, el dedo meñique de mi mano derecha mantuvo, desde entonces, una extraña deformación a la altura de la rotura. El otro dedo, por suerte, sanó sin dificultad. Pocos años después dejé el arco definitivamente, para aventurarme en el caos feliz del mediocampo. De todas maneras, mi madre sigue diciendo, para mi pública vergüenza, que debí haber seguido estudiando piano, porque tenía un oído musical privilegiado. Y yo, como en el fondo soy un niño bueno, prefiero callar la verdad, y darle la razón.
En cuanto a la tarea de enamorar mujeres, verdadero motor de toda mi aventura como concertista, siguió siendo una tarea ardua, compleja, y raramente coronada por el éxito. ¿Será por eso que terminé dedicándome a la escritura?

Cállate, gordo (Sacheri)

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La cancha del Rayo Vallecano tiene un aire a la de Argentinos Juniors. Está en un barrio, lejos del centro de Madrid, y las calles aledañas son tranquilas. Además, tiene tribunas sólo en tres lados de la cancha. Siguiendo con la comparación con la cancha del Bicho, en lugar de la calle San Blas y sus árboles lo que hay es un paredón y un edificio, y la gente se asoma a los balcones a mirar el partido. Y en eso se parece a la de Ferro. Qué cosa, eso de que uno siempre compara con lo que conoce.

Desde el centro de Madrid se llega en subte. Como quien va desde Plaza de Mayo hasta Caballito, estación más, estación menos. Subo las escaleras tratando de acostumbrarme a los ruidos, a los olores. No son los míos, claro. Faltan las humaredas de los puestos de choripán y el ruido de los bombos. Sin embargo, hay mucha gente en los alrededores del estadio. Toman cerveza en un par de bares y kioscos que están en la vereda de enfrente. Están llenos de gente, y eso me llama la atención, porque en la Argentina, para evitar los robos, los negocios cierran las rejas y atienden a través de ellas. Pero ahí, no. Entro a comprar una Coca de medio litro, para ver el asunto más de cerca. Me cuesta un euro, es decir, seis mangos. Bastante mejor que los quince que te cobran por un vaso de gaseosa adulterada en las canchas nuestras.

El Rayo juega contra el Real Madrid, y me cruzo con hinchas de los dos equipos. La proporción de camisetas es, más o menos, nueve del Rayo por cada una del Real. Van y vienen, despreocupados, alrededor de la cancha, mezclados, sin agredirse ni nada.

Me quedo quieto un rato para apurar la Coca, porque supongo que me harán tirar la botella antes de entrar, en el cacheo. A mi lado hay una señora mayor, de unos setenta años. Trajecito sastre, zapatos de taco, cartera haciendo juego. Combato mi timidez y le pregunto si va a ver el partido y me dice que sí, que no falta nunca. Y mirando con un poco más de atención, veo que hay mucha gente mayor, diseminada por ahí, esperando para entrar. Evidentemente, ir a la cancha no es un entretenimiento de riesgo, destinado especialmente a la gente joven apta para los apretujones, las corridas y los empellones de la Guardia de Infantería. A la cancha del Rayo va cualquiera. Incluso un adolescente japonés que llega, colgada del cuello, una cámara fotográfica con un teleobjetivo de treinta centímetros, que debe costar una fortuna equivalente a los alimentos necesarios para paliar el hambre mundial por varios meses. Me siento un poco tonto, yo que dejé el anillo de casado y el reloj en el hotel, por miedo a los choreos.

En la puerta de acceso me aguarda otra sorpresa. No hay cacheo. Una señora mayor me corta el talón de la entrada y me pide, eso sí, que deje el tapón de la gaseosa en un cesto de basura. Me excuso y me dispongo a apurar lo que me queda de líquido y me explica que no hace falta. Insiste con que simplemente le quite la tapa, que con eso es suficiente.

Subo las escaleras hasta la platea alta. Qué cosa. Eso de subir los escalones grises de cemento y, de repente, toparse con el verde furioso de una cancha de fútbol que refulge con el último sol de la tarde. Eso es igual de lindo en cualquier cancha, en cualquier país del mundo, me parece.

Fila cinco, asiento cuatro. Ahí me voy, ahí me encuentro, ahí me siento. En la popular, en cambio, la gente espera el partido de pie, sin hacer caso de las butacas. Tuve un largo debate íntimo, antes de sacar la entrada, el día anterior, sobre si sacar una popular o una platea. 40 euros la popu. 60, 75 y 80, las plateas. Descartadas rápidamente las más caras, hago la conversión correspondiente. 240 mangos la popu, 360 la platea alta. Me dije que muy pocas veces en la vida –tal vez nunca más– iba a tener la chance de ver un partido de fútbol en Europa. En un rapto de inconsciencia compré la platea. Puesto a elegir entre ver el calor de la hinchada, “los ultras” como les dicen allá, y ver mejor a esas superestrellas del Real, opté por la segunda opción. Estoy viejo, supongo.

Ahora, ya sentado en mi butaca, y resignados mis trescientos sesenta mangos, presto atención a los cantos. En general son más “recitados” que cantos. Sueltan una frase, hacen palmas, sueltan otra, palmas otra vez, para llevar el ritmo. De repente, me emociono al reconocer un cantito argentino. Es ese con música de Sergio Denis, cuyo estribillo dice algo así como “hoy querida mía, hagamos el amor con alegría”, y que es un hit perpetuo de las canchas nuestras. “Te quiero tanto”, se llama la canción. En Vallecas, la cantan con un “Vamos, Rayo, vamos, ustedes pongan huevos, que ganamos”, etc. Y yo no puedo evitar cierto orgullo argentino por nuestra influencia en la lírica mundial.

Los dos equipos hacen el calentamiento previo sobre el césped, media cancha para cada uno. Mensaje de texto de mi hijo, pidiéndome que le saque fotos a Cristiano Ronaldo. Como mi teléfono celular es de la época de la guerra de Troya, por más que enfoco y aplico el zoom, obtengo una imagen pésima, borrosa, en el fondo de la cual hay una manchita con dos piernas. Una pena, esta tecnología. Me vendría bien una cámara como la del japonés de más temprano, me lamento.

Cuando los jugadores del Madrid se encaminan al túnel para cambiarse, algunos hinchas del Rayo se aproximan a gritarles un poco. Pero no hay manga, ni alambrado, ni escudos policiales. Un par de gritos y listo.

Los equipos salen juntos para el partido. De nuevo los del Rayo cantan la de Sergio Denis. Alzo el cogote para mirar alrededor. Casi toda la gente que me rodea tiene camisetas o bufandas del Rayo Vallecano. La voz del estadio recita las formaciones. Silbidos para los del Madrid, acentuados cuando lo nombran a Mourinho. Dos palmadas cortas y rítmicas después de cada apellido de los locales. Di María es titular e Higuain va de suplente. El Chori Domínguez juega de arranque con los de Vallecas.

El partido empieza parejo, y yo opto de inmediato, a la hora de aplaudir, por el Rayo. Un poco por esta tendencia que uno tiene por simpatizar con el más débil. Y otro poco para llevarle la contra a mi hijo, con quien empezamos una fuerte polémica a través de los mensajes de texto. El Chori distribuye juego en el mediocampo. Pone un par de pases profundos para un delantero alto, jovencito, con pinta de rústico. Alonso está bien plantado de cinco en el Madrid. Cristiano espera bien pegado a la raya, apenas más allá de la línea del mediocampo. En un par de piques, lo deja pagando al marcador de punta. Mala señal, me digo, porque ya estoy convertido en un hincha del Rayo. Me reprendo por semejante toma de partido. Debería estar preocupado por Independiente, que no levanta cabeza y que viene de empatar con Quilmes. De hecho, seguiré preocupado por el Rojo, pero encima le sumo la preocupación inútil de que, con Di María, Cristiano se hace un picnic con el 4 y con el 2.

Dicho y hecho. A los quince minutos, Ronaldo manda un pase profundo por la banda izquierda, desborde de Di María frente al marcador de punta que queda con las piernas hechas una trenza, Benzema la toca a la red y uno a cero.

Tengo un sobresalto cuando el gordo que está sentado a mi derecha salta de su butaca y festeja el gol del Madrid. Lo grita y se abraza con su vecino. “Callate, gordo”, me digo para mis adentros. A ver si la cosa se pone brava y termino cobrando. Pero no pasa nada. Más allá, otro grupito festeja. Unas filas arriba, otros más. La gente del Rayo ni mosquea. Sacude la cabeza, sí, contrariada. Mi vecino de la izquierda se queja de lo lento que es el marcador de punta. Coincido con él, un poco porque sí y un poco para que advierta, por mi lamento, que no tengo nada que ver con el gordo que le acaba de festejar el gol en la cara. Que nunca está de más ser precavido, me digo. No tardo en recibir las burlas de mi hijo, que me gasta desde casa, en nuestro perpetuo conflicto Real Madrid–Barcelona.

El Rayo busca el empate. El Chori conduce. ¿Es impresión mía, o aún este equipo modesto y pequeñito de las afueras de Madrid intenta jugar con la pelota contra el piso y buscando a un compañero? Lo comparo con el dolor de ojos que me provoca, en general, el fútbol nuestro. Y como no quiero convertirme en el típico argentino envidioso de lo que en la patria no se encuentra, no sigo con esa línea de pensamiento.

El Madrid mete un par de contras terroríficas, pero el arquero resuelve bien. El gordo del Madrid sigue festejando cada avance, y yo sigo pidiéndole tácitamente que se calle y se quede sentado, porque sospecho que tarde o temprano va a agotar la paciencia de los locales. Casillas resuelve un entrevero en el área y termina el primer tiempo. Mi hijo, que me tiene definitivamente alquilado, sigue gastándome por mensaje de texto. Me prometo, al volver a Buenos Aires, secuestrarle el celular por tiempo indefinido.
Cuando los equipos vuelven a la cancha para la segunda mitad, un nene de diez, doce años, se pone de pie para aplaudir a Cristiano Ronaldo. Es gordito, flequilludo, con cara de pocas luces. Candidato a que lo gasten, a que lo manden callar, a que le digan algo por esa devoción por el odiado ídolo visitante. Pero no pasa nada. Otra vez, y van cincuenta, no pasa nada. Los cientos de hinchas del Rayo aceptan que el pibe es del Madrid y que tiene ganas de aplaudir a su héroe. Y cada cual sigue en lo suyo.

En la popular, los “ultras” despliegan una pancarta criticando a Esperanza Aguirre, hasta hace unos días alcaldesa de Madrid. Ella es de derechas, y Vallecas es un barrio socialista.

El Rayo sigue buscando, tiene un par de aproximaciones, y el Madrid se para de contra. En una de esas contras, el árbitro cobra un penal dudosísimo. La gente del Rayo se indigna de pie. El gordo festeja por anticipado, también de pie. Cristiano lo patea con clase y pone el dos a cero. El gordo vocifera. Ahora sí, me digo. Ahora lo embocan. Y de paso, me ligo un par de piñas de rebote. “Así, así gana el Madrid”, corea la hinchada del Rayo, denunciando la prepotencia de los ricos. Pero lo gritan hacia la cancha, hacia el equipo vestido de blanco. No se lo gritan al gordo. Y el gordo, por su parte, no se indigna con el grito. Cada cual hace lo suyo, es decir, lo que quiere y lo que tiene ganas, y lo que siente y le sale.

Al Madrid le anulan un gol. El Gordo se queja. Mi vecino de la izquierda, con su bufanda del Rayo, le explica que estuvo bien anulado. El gordo insiste. El otro también. Sacuden la cabeza, y dan por zanjada la discusión. Por supuesto no van a ponerse de acuerdo. Pero, otra vez, no pasa nada. Son dos tipos mirando el mismo partido, separados por una butaca –ocupada por un pelado argentino que, en esto sí, les tiene una envidia desbocada–. Y pueden hablar de fútbol y seguir mirando.

La gente del Rayo sigue alentando. Gritan “se puede”, entre palmas, como hacen ellos. El Chori se va reemplazado y aplaudido. Mi hijo me gasta por lo bien que Cristiano pateó el penal. Nobleza obliga, le contesto que tiene razón.

Entra Higuain. Con espacios, Cristiano refuerza el picnic por el lado izquierdo. Le sirve un gol hecho al Pipita, que le pega desviado. Cristiano se da vuelta, hace un gesto de fastidio con los brazos. “Lo manda en cana”, digamos, y yo me anoto una razón más para que el virtuoso portugués me caiga un poco peor cada día. Tres minutos después se da la inversa. Centro bajo del Pipita, y Cristiano con todo el arco libre la hace rebotar en el palo. Higuain lo aplaude, de todos modos. Bien, Pipita. Enseñelé, a ese maleducado.
Los del Rayo aprovechan la chambonada de Cristiano. Al unísono, le gritan “Ton... to. Ton... to”, con un ritmo una sincronización envidiable. Diez, doce veces. Después lo cambian por “Tris... te. Tris... te”. Otra decena. Al final, para mi alegría, lo cambian por “Me... ssi. Me... ssi”. Me apresuro a mensajearle la circunstancia a mi hijo. Algo de revancha, después de todo.

Termina el partido y los del Rayo aplauden. Los del Madrid se incorporan, satisfechos. En cinco minutos se vacían las tribunas. Claro, acá no hace falta que la policía encierre a los locales, como si fueran bestias de la selva, para alejar y poner a salvo a los visitantes.

Me tomo el subte donde están, naturalmente, todos mezclados. Y no puedo evitar cierta envidia del modo en que esta gente convive y se tolera. Y la tristeza de que nosotros no sepamos hacerlo.
Corrijo. En realidad no es que no sepamos. Alguna vez supimos. Hace veinte años la gente podía convivir en una tribuna. Y gritar los goles. Y salir de la cancha al mismo tiempo. Y mezclarse afuera del estadio, antes y después de los partidos. Pero lo perdimos. En algún momento, por imbéciles, nos convencimos de que el amor era “el aguante”, y que el único trato que merece el que es distinto es la burla, la violencia y del desprecio.

No me interesa que las canchas argentinas tengan la asepsia de los quirófanos, ni que la gente mire los partidos con la admiración circunspecta del público de la ópera. Pero sí quiero ir a una cancha donde las señoras grandes puedan ir con tacos y con cartera, y los pibes puedan aplaudir al que se les dé la gana, y pueda cruzarme con los policías sin temor a un bastonazo nacido de la desconfianza o el resentimiento.
Si fuese así, si fuésemos capaces de convivir como gente, me banco cualquier cosa. Hasta el vaso de gaseosa aguada a quince mangos. Hasta esos matungos que te hacen doler los ojos, porque no pueden poner dos pases seguidos. Hasta esas sucesiones de ocho cabezazos y catorce despejes a dividir, mirá lo que te digo.

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