La cancha del Rayo Vallecano tiene un aire a la de Argentinos Juniors.
Está en un barrio, lejos del centro de Madrid, y las calles aledañas son
tranquilas. Además, tiene tribunas sólo en tres lados de la cancha.
Siguiendo con la comparación con la cancha del Bicho, en lugar de la
calle San Blas y sus árboles lo que hay es un paredón y un edificio, y
la gente se asoma a los balcones a mirar el partido. Y en eso se parece a
la de Ferro. Qué cosa, eso de que uno siempre compara con lo que
conoce.
Desde el centro de Madrid se llega en subte. Como quien va desde Plaza
de Mayo hasta Caballito, estación más, estación menos. Subo las
escaleras tratando de acostumbrarme a los ruidos, a los olores. No son
los míos, claro. Faltan las humaredas de los puestos de choripán y el
ruido de los bombos. Sin embargo, hay mucha gente en los alrededores del
estadio. Toman cerveza en un par de bares y kioscos que están en la
vereda de enfrente. Están llenos de gente, y eso me llama la atención,
porque en la Argentina, para evitar los robos, los negocios cierran las
rejas y atienden a través de ellas. Pero ahí, no. Entro a comprar una
Coca de medio litro, para ver el asunto más de cerca. Me cuesta un euro,
es decir, seis mangos. Bastante mejor que los quince que te cobran por
un vaso de gaseosa adulterada en las canchas nuestras.
El Rayo juega contra el Real Madrid, y me cruzo con hinchas de los dos
equipos. La proporción de camisetas es, más o menos, nueve del Rayo por
cada una del Real. Van y vienen, despreocupados, alrededor de la cancha,
mezclados, sin agredirse ni nada.
Me quedo quieto un rato para apurar la Coca, porque supongo que me harán
tirar la botella antes de entrar, en el cacheo. A mi lado hay una
señora mayor, de unos setenta años. Trajecito sastre, zapatos de taco,
cartera haciendo juego. Combato mi timidez y le pregunto si va a ver el
partido y me dice que sí, que no falta nunca. Y mirando con un poco más
de atención, veo que hay mucha gente mayor, diseminada por ahí,
esperando para entrar. Evidentemente, ir a la cancha no es un
entretenimiento de riesgo, destinado especialmente a la gente joven apta
para los apretujones, las corridas y los empellones de la Guardia de
Infantería. A la cancha del Rayo va cualquiera. Incluso un adolescente
japonés que llega, colgada del cuello, una cámara fotográfica con un
teleobjetivo de treinta centímetros, que debe costar una fortuna
equivalente a los alimentos necesarios para paliar el hambre mundial por
varios meses. Me siento un poco tonto, yo que dejé el anillo de casado y
el reloj en el hotel, por miedo a los choreos.
En la puerta de acceso me aguarda otra sorpresa. No hay cacheo. Una
señora mayor me corta el talón de la entrada y me pide, eso sí, que deje
el tapón de la gaseosa en un cesto de basura. Me excuso y me dispongo a
apurar lo que me queda de líquido y me explica que no hace falta.
Insiste con que simplemente le quite la tapa, que con eso es suficiente.
Subo las escaleras hasta la platea alta. Qué cosa. Eso de subir los
escalones grises de cemento y, de repente, toparse con el verde furioso
de una cancha de fútbol que refulge con el último sol de la tarde. Eso
es igual de lindo en cualquier cancha, en cualquier país del mundo, me
parece.
Fila cinco, asiento cuatro. Ahí me voy, ahí me encuentro, ahí me siento.
En la popular, en cambio, la gente espera el partido de pie, sin hacer
caso de las butacas. Tuve un largo debate íntimo, antes de sacar la
entrada, el día anterior, sobre si sacar una popular o una platea. 40
euros la popu. 60, 75 y 80, las plateas. Descartadas rápidamente las más
caras, hago la conversión correspondiente. 240 mangos la popu, 360 la
platea alta. Me dije que muy pocas veces en la vida –tal vez nunca más–
iba a tener la chance de ver un partido de fútbol en Europa. En un rapto
de inconsciencia compré la platea. Puesto a elegir entre ver el calor
de la hinchada, “los ultras” como les dicen allá, y ver mejor a esas
superestrellas del Real, opté por la segunda opción. Estoy viejo,
supongo.
Ahora, ya sentado en mi butaca, y resignados mis trescientos sesenta
mangos, presto atención a los cantos. En general son más “recitados” que
cantos. Sueltan una frase, hacen palmas, sueltan otra, palmas otra vez,
para llevar el ritmo. De repente, me emociono al reconocer un cantito
argentino. Es ese con música de Sergio Denis, cuyo estribillo dice algo
así como “hoy querida mía, hagamos el amor con alegría”, y que es un hit
perpetuo de las canchas nuestras. “Te quiero tanto”, se llama la
canción. En Vallecas, la cantan con un “Vamos, Rayo, vamos, ustedes
pongan huevos, que ganamos”, etc. Y yo no puedo evitar cierto orgullo
argentino por nuestra influencia en la lírica mundial.
Los dos equipos hacen el calentamiento previo sobre el césped, media
cancha para cada uno. Mensaje de texto de mi hijo, pidiéndome que le
saque fotos a Cristiano Ronaldo. Como mi teléfono celular es de la época
de la guerra de Troya, por más que enfoco y aplico el zoom, obtengo una
imagen pésima, borrosa, en el fondo de la cual hay una manchita con dos
piernas. Una pena, esta tecnología. Me vendría bien una cámara como la
del japonés de más temprano, me lamento.
Cuando los jugadores del Madrid se encaminan al túnel para cambiarse,
algunos hinchas del Rayo se aproximan a gritarles un poco. Pero no hay
manga, ni alambrado, ni escudos policiales. Un par de gritos y listo.
Los equipos salen juntos para el partido. De nuevo los del Rayo cantan
la de Sergio Denis. Alzo el cogote para mirar alrededor. Casi toda la
gente que me rodea tiene camisetas o bufandas del Rayo Vallecano. La voz
del estadio recita las formaciones. Silbidos para los del Madrid,
acentuados cuando lo nombran a Mourinho. Dos palmadas cortas y rítmicas
después de cada apellido de los locales. Di María es titular e Higuain
va de suplente. El Chori Domínguez juega de arranque con los de
Vallecas.
El partido empieza parejo, y yo opto de inmediato, a la hora de
aplaudir, por el Rayo. Un poco por esta tendencia que uno tiene por
simpatizar con el más débil. Y otro poco para llevarle la contra a mi
hijo, con quien empezamos una fuerte polémica a través de los mensajes
de texto. El Chori distribuye juego en el mediocampo. Pone un par de
pases profundos para un delantero alto, jovencito, con pinta de rústico.
Alonso está bien plantado de cinco en el Madrid. Cristiano espera bien
pegado a la raya, apenas más allá de la línea del mediocampo. En un par
de piques, lo deja pagando al marcador de punta. Mala señal, me digo,
porque ya estoy convertido en un hincha del Rayo. Me reprendo por
semejante toma de partido. Debería estar preocupado por Independiente,
que no levanta cabeza y que viene de empatar con Quilmes. De hecho,
seguiré preocupado por el Rojo, pero encima le sumo la preocupación
inútil de que, con Di María, Cristiano se hace un picnic con el 4 y con
el 2.
Dicho y hecho. A los quince minutos, Ronaldo manda un pase profundo por
la banda izquierda, desborde de Di María frente al marcador de punta que
queda con las piernas hechas una trenza, Benzema la toca a la red y uno
a cero.
Tengo un sobresalto cuando el gordo que está sentado a mi derecha salta
de su butaca y festeja el gol del Madrid. Lo grita y se abraza con su
vecino. “Callate, gordo”, me digo para mis adentros. A ver si la cosa se
pone brava y termino cobrando. Pero no pasa nada. Más allá, otro
grupito festeja. Unas filas arriba, otros más. La gente del Rayo ni
mosquea. Sacude la cabeza, sí, contrariada. Mi vecino de la izquierda se
queja de lo lento que es el marcador de punta. Coincido con él, un poco
porque sí y un poco para que advierta, por mi lamento, que no tengo
nada que ver con el gordo que le acaba de festejar el gol en la cara.
Que nunca está de más ser precavido, me digo. No tardo en recibir las
burlas de mi hijo, que me gasta desde casa, en nuestro perpetuo
conflicto Real Madrid–Barcelona.
El Rayo busca el empate. El Chori conduce. ¿Es impresión mía, o aún este
equipo modesto y pequeñito de las afueras de Madrid intenta jugar con
la pelota contra el piso y buscando a un compañero? Lo comparo con el
dolor de ojos que me provoca, en general, el fútbol nuestro. Y como no
quiero convertirme en el típico argentino envidioso de lo que en la
patria no se encuentra, no sigo con esa línea de pensamiento.
El Madrid mete un par de contras terroríficas, pero el arquero resuelve
bien. El gordo del Madrid sigue festejando cada avance, y yo sigo
pidiéndole tácitamente que se calle y se quede sentado, porque sospecho
que tarde o temprano va a agotar la paciencia de los locales. Casillas
resuelve un entrevero en el área y termina el primer tiempo. Mi hijo,
que me tiene definitivamente alquilado, sigue gastándome por mensaje de
texto. Me prometo, al volver a Buenos Aires, secuestrarle el celular por
tiempo indefinido.
Cuando los equipos vuelven a la cancha para la segunda mitad, un nene de
diez, doce años, se pone de pie para aplaudir a Cristiano Ronaldo. Es
gordito, flequilludo, con cara de pocas luces. Candidato a que lo
gasten, a que lo manden callar, a que le digan algo por esa devoción por
el odiado ídolo visitante. Pero no pasa nada. Otra vez, y van
cincuenta, no pasa nada. Los cientos de hinchas del Rayo aceptan que el
pibe es del Madrid y que tiene ganas de aplaudir a su héroe. Y cada cual
sigue en lo suyo.
En la popular, los “ultras” despliegan una pancarta criticando a
Esperanza Aguirre, hasta hace unos días alcaldesa de Madrid. Ella es de
derechas, y Vallecas es un barrio socialista.
El Rayo sigue buscando, tiene un par de aproximaciones, y el Madrid se
para de contra. En una de esas contras, el árbitro cobra un penal
dudosísimo. La gente del Rayo se indigna de pie. El gordo festeja por
anticipado, también de pie. Cristiano lo patea con clase y pone el dos a
cero. El gordo vocifera. Ahora sí, me digo. Ahora lo embocan. Y de
paso, me ligo un par de piñas de rebote. “Así, así gana el Madrid”,
corea la hinchada del Rayo, denunciando la prepotencia de los ricos.
Pero lo gritan hacia la cancha, hacia el equipo vestido de blanco. No se
lo gritan al gordo. Y el gordo, por su parte, no se indigna con el
grito. Cada cual hace lo suyo, es decir, lo que quiere y lo que tiene
ganas, y lo que siente y le sale.
Al Madrid le anulan un gol. El Gordo se queja. Mi vecino de la
izquierda, con su bufanda del Rayo, le explica que estuvo bien anulado.
El gordo insiste. El otro también. Sacuden la cabeza, y dan por zanjada
la discusión. Por supuesto no van a ponerse de acuerdo. Pero, otra vez,
no pasa nada. Son dos tipos mirando el mismo partido, separados por una
butaca –ocupada por un pelado argentino que, en esto sí, les tiene una
envidia desbocada–. Y pueden hablar de fútbol y seguir mirando.
La gente del Rayo sigue alentando. Gritan “se puede”, entre palmas, como
hacen ellos. El Chori se va reemplazado y aplaudido. Mi hijo me gasta
por lo bien que Cristiano pateó el penal. Nobleza obliga, le contesto
que tiene razón.
Entra Higuain. Con espacios, Cristiano refuerza el picnic por el lado
izquierdo. Le sirve un gol hecho al Pipita, que le pega desviado.
Cristiano se da vuelta, hace un gesto de fastidio con los brazos. “Lo
manda en cana”, digamos, y yo me anoto una razón más para que el
virtuoso portugués me caiga un poco peor cada día. Tres minutos después
se da la inversa. Centro bajo del Pipita, y Cristiano con todo el arco
libre la hace rebotar en el palo. Higuain lo aplaude, de todos modos.
Bien, Pipita. Enseñelé, a ese maleducado.
Los del Rayo aprovechan la chambonada de Cristiano. Al unísono, le
gritan “Ton... to. Ton... to”, con un ritmo una sincronización
envidiable. Diez, doce veces. Después lo cambian por “Tris... te.
Tris... te”. Otra decena. Al final, para mi alegría, lo cambian por
“Me... ssi. Me... ssi”. Me apresuro a mensajearle la circunstancia a mi
hijo. Algo de revancha, después de todo.
Termina el partido y los del Rayo aplauden. Los del Madrid se
incorporan, satisfechos. En cinco minutos se vacían las tribunas. Claro,
acá no hace falta que la policía encierre a los locales, como si fueran
bestias de la selva, para alejar y poner a salvo a los visitantes.
Me tomo el subte donde están, naturalmente, todos mezclados. Y no puedo
evitar cierta envidia del modo en que esta gente convive y se tolera. Y
la tristeza de que nosotros no sepamos hacerlo.
Corrijo. En realidad no es que no sepamos. Alguna vez supimos. Hace
veinte años la gente podía convivir en una tribuna. Y gritar los goles. Y
salir de la cancha al mismo tiempo. Y mezclarse afuera del estadio,
antes y después de los partidos. Pero lo perdimos. En algún momento, por
imbéciles, nos convencimos de que el amor era “el aguante”, y que el
único trato que merece el que es distinto es la burla, la violencia y
del desprecio.
No me interesa que las canchas argentinas tengan la asepsia de los
quirófanos, ni que la gente mire los partidos con la admiración
circunspecta del público de la ópera. Pero sí quiero ir a una cancha
donde las señoras grandes puedan ir con tacos y con cartera, y los pibes
puedan aplaudir al que se les dé la gana, y pueda cruzarme con los
policías sin temor a un bastonazo nacido de la desconfianza o el
resentimiento.
Si fuese así, si fuésemos capaces de convivir como gente, me banco
cualquier cosa. Hasta el vaso de gaseosa aguada a quince mangos. Hasta
esos matungos que te hacen doler los ojos, porque no pueden poner dos
pases seguidos. Hasta esas sucesiones de ocho cabezazos y catorce
despejes a dividir, mirá lo que te digo.