El
primero que lo vio fue el Pájaro. Estaba sentado sobre una de las
barandas de la Rambla Catalunia, mirando hacia la calle, de espaldas al
río, y empezó a reírse
¡Mirá quién viene allá, Agu! – alertó, divertido --¡No me digás que ya se volvió el pelotudo!
Agustín se incorporó y frunció el ceño, mirando hacia la vereda de enfrente, hacia la zona de la bajada Puccio.
--¿Dónde?—preguntó--. ¿Quién viene?—le transpiraba mucho la nariz,
como si golpear las alpargatas contra el piso para sacarles la arena que
se le había deslizado adentro mientras cruzaban la playa le hubiese
representado un esfuerzo inaudito.
-- El Faca, boludo…
--¿El Faca?—empezó a reírse también el Agu, buscando con la vista
las dos alpargatas suspendidas en el aire sostenidas por los talones--.
¡No me jodás!¡Se volvió el boludo!—en seguida lo buscó al Pachu, para
avisarle. El Pachu estaba un poco más allá, siempre un poco ausente,
menos entusiasta, observando una moto estacionada.
¡Faca!—llamó el Pájaro, agitando los dos brazos en el aire, sin
bajarse de la baranda. El Faca, alto, desgarbado, con una malla
multicolor demasiado amplia para su físico, lo vio y cruzó a grandes
zancadas, la sonrisa ancha, gambeteando los autos que pasaban
lentamente.
Agustín salió a su encuentro, calzándose de apuro, abriendo los
brazos de forma aparatosa. El Pájaro saltó de la baranda la calle y
también se acercó, despegándose del culo la malla aún mojada. Incluso
Pachu vino, lento, con una sonrisa torcida en la boca. Abrazaron al
Faca, le pegaron algunas palmadas dolorosas en la espalda, unas cuantas
trompadas en los antebrazos, riéndose a los gritos y puteando
generosamente.
--¿Qué hacían, loco? – preguntó el Faca.
--¿Vos que hacés, boludo? –replicó el Pájaro--. ¿Ya te volviste?
--No…--metió su bocadillo el Pachu--. Si está todavía en Brasil…
--¿No te ibas a quedar como veinte días?
--Me volví, boludo, me volví—se reía, casi tristemente el Faca--. No aguanté y me volví, no me la bancaba allá…
--Pero te fuiste…--el Agu contó con los dedos—el jueves…¿el jueves te fuiste?
--¿Cuatro días estuviste?—se asombró el Pájaro.
--El miércoles me fui. Al día siguiente del partido.
--Semejante viaje para estar seis días nada más…
--¿Te fuiste en avión?—preguntó más interesado el Pachu.
--¿Qué en avión?—se contorsionó en Faca --.¿Estás en pedo vos? En Bondi me fui, con el Omar me fui.
--Tuviste dos días de viaje, entonces, por lo menos…
--¡Más!—exageraba el Faca--. ¿Qué sé yo? Como mil días estuve
viajando, para colmo al bondi no le andaba bien el aire acondicionado.
--¿Y por qué te volviste, boludo?—apuró el Pájaro--. ¿No te gustó allá, se te terminó la guita, qué te pasó?
--Me vine, boludo, no me la aguantaba – se puso serio el Faca --. Quería estar acá. Allá iba a ser mucho peor…
--¿Por qué te parece que se volvió?—preguntó sobrador el Pachu.
--El partido, nabo – aclaró Agustín--. ¿Por qué otra cosa iba a ser?
--El partido, Pájaro – Faca le pegó una trompada casi en el hombro al Pájaro.
--¿No me digás que te viniste por el partido? – lo midió Pájaro.
--¡Y claro, loco, qué te parece!¡Cuándo mierda vamos a llegar a otra final de la Conmebol, nabo!—gesticuló Faca.
--¡Eso es un canalla, carajo! – vitoreó Agustín, dando grandes vueltas por la vereda, exultante --.¡Vamos, Faquita, todavía!
El Pájaro los miró con conmiseración. Enarcó las cejas.
--Mirá si yo me voy a venir de Florianópolis para verlo a Central
por más final que sea… Con las playas de allá, la caipirinha, las
garotas de allá…
--¿Las garotas? – frunció la cara, escéptico, el Faca--. No te dan
bola, forro. Te ven que sos un pirincho, que no manejás una moneda y te
escupen en la cara…
--¿Y cómo se dan cuenta de que vos no tenés un mango si estás en
malla, boludo?—se rió el Pájaro --.¿O vos te bañás en calzoncillo?
--Se dan cuenta, Pájaro, son bichas esas minas, se apiolan…
--Vos tenés que robar con el físico, Faquita – dijo muy serio el Pachu.
--El Omar, al toque, el primer día que fuimos a la playa – contó
Faca – se levantó una negrita, que era un mono, boludo. Un mono era esa
mina, te juro, de cuarta la mina, y tenía un olor a rancio que no se
soportaba…
--¿Y qué hizo el Omar, se quedó o se vino con vos?
--Se quedó, se quedó. Para él no había problema. Si es lepra.
¿Sabés como me gastó? Toda la semana me gastó. Además me reputío parejo
porque yo me venía.
--Lo dejaste en banda.
--Y que querés, no me la bancaba. Ayer a la mañana ya me agarró una
desesperación por venirme… Después de todo, escuchame… ¿Cuántos
partidos de mierda hemos ido a ver, incluso cuando Central estaba en el
descenso, contra cualquier choto desconocido? ¡Mirá si no voy a ir
ahora!
--Pero no había que remontar un cuatro a cero abajo como esta vez,
forro, no te olvidés de eso – lo trajo a la realidad el Pájaro,
pragmático.
--¿Y qué importa? – se encogió de hombros el Faca --. Lo mismo hay
que ir a la cancha. Por lo menos para demostrarles a los lepras que no
somos pechofríos como ellos, que podemos llenar el estadio aunque nos
hallan cagado a goles…
--Ojo que ahora ellos se la bancan mucho, ¿eh? – advirtió el Agu,
serio, como quien revela algo que no debe ventilarse. Mi viejo dice que
ya no es como antes.
--Antes no llenaban ni la bandeja de arriba.
--Eso me decía el Omar, loco. ¡Qué insoportable que estaba ese hijo de puta!
--Eso te pasa por viajar con leprosos.
--Oíme -- dijo el Agu --, ¿por qué no vamos a un lugar a la sombra, que aquí hace un calor de cagarse?
--Crucemos a la isla y nos tomamos una sangría – propuso Faca.
--Dejame con la isla, es un quilombo la isla – Pachu fruncía la cara, como con asco.
--Hay mucho careteo.
--Pero están las mejores diosas.
--Tenés que tener lancha para levantar algo allá.
--¿Tanto han cambiado las cosas mientras yo estuve en Florianópolis, che? – frunció las cejas el Faca.
--Vamos al bolichito de enfrente – señaló el Agu --. Nos tomamos una cerveza. ¿Trajiste guita, no Faca?
--Ni un mango. Le dejé casi toda mi guita al Omar. Me dio no sé qué haberlo cagado y se la dejé a él.
--¿Será posible con este pendejo? – resopló el Pájaro--.Cuando ya
creíamos que nos lo habíamos sacado de encima, se vuelve y encima hay
que aguantarlo con la cerveza.
El Faca le pegó una patada en el culo.
--Así le va a pegar el Polillita mañana, forro, cuando meta el quinto.
Iban cruzando la avenida de doble mano, sorteando los autos,
algunas motocicletas en extremo ruidosas, los chicos pedigüeños que
acomodaban los autos, algún fisioculturista bronceado y con vincha flu
que llevaba su kayac al hombro y los innumerables perros de los pocos
ranchos que quedaban en la barranca. Se sentaron alrededor de una mesa
de un chiringuito nada sofisticado y pidieron dos porrones. El Pachu,
que se había enrollado la remera en la cabeza a título de turbante
protector, puteaba porque se había dejado un par de billetes guardado en
el bolsillo de la malla cuando se metió al río.
--Te digo que yo le tengo fe a Central para mañana – meneó la
cabeza el Faca, la mandíbula sacada hacia delante--. No sé, yo le tengo
fe.
Los otros se rieron.
--Y,,, -- analizó el Agu--, con algo te tenés que dar manija para
justificar el haberte venido como veinte horas en bondi desde
Florianópolis. Porque si lo pensas fríamente te tenés que matar.
--Los negros arrugan, Agu—dijo el Pachu, mirando para otro lado --.
Arrugan los negros. Cuando salen de Brasil se cagan en las patas.
Esperá que aparezcan por el túnel del Gigante, y vean las banderas, y
vean las tribunas, y las bengalas, y las bombas de estruendo, y les va a
agarrar un cagazo que ni te cuento.
--Oíme, Pachu – dijo el Pájaro --, estamos hablando del Mineiro,
boludo. No estamos hablando de Deportivo Pedal de Perú, ni de Argentino
Morning Star. Estos negros tienen un estadio más grande que el nuestro y
están recontraacostumbrados a jugar frente a setenta mil personas. ¿O
qué te creés? No son como los otros equipos chotos de la Conmebol. Éste
es un equipo en serio.
--Se cagan – insistió, blindado, el Pachu.
--Mirá – dijo el Pájaro--. ¿Yo sabés por qué voy? Por los
muchachos, viejo. Se han roto el culo todo el campeonato sin que le
paguen un mango, han llegado a la final de la Conmebol…
--Por el Negro Palma – aprobó el Agu.
--Y por lo que decía el Faca – completó el Pájaro--. Para que los
leprosos no digan después que nos borramos cuando la mano viene jodida,
por eso.
--Uy, vos no sabés cómo estuvieron los lepras acá – el Agu reclamó
la atención de Facundo--. Vos te salvaste porque te fuiste a Brasil.
--Yo huí, rajé, me hice humo – se rió nervioso Facundo.
--Porque viste que ellos se habían quedado bien en el molde durante
toda la Conmebol. Que era una Copa de mierda, que era una bosta de
torneo y todas esas cosas, decían…
--Tenían razón—admitió el Pachu.
--Tenían razón, pero cuando perdimos con Mineiro allá en
Brasil…¡ahí aparecieron todos! ¡Ahí aparecieron todos os hijos de
puta!—Agustín se adelantó en su asiento como impulsado por un resorte,
imprevistamente furioso y señalando hacia sus espaldas con el dedo
pulgar, como si allí atrás estuvieran ellos.
--¡Cómo nos gastaron los guachos!—se agarró la cabeza el Pájaro--.
Que no le habíamos ganado a nadie, que apenas cuando jugábamos contra un
equipo más o menos ya éramos boletas… Vos no sabés…
--No me jodás – el Faca se mordía el labio inferior, como
apesadumbrado por su propia deserción --. Me imagino, me imagino, loco.
--Y esperate mañana a la noche—el Agu levantó su mano derecha en el
aire como advirtiendo que aún no se había sufrido lo peor--. Esperate
mañana a la noche apenas termine el partido porque van a salir a
festejar, van a salir a festejar mañana a la noche…
--Ya dicen que se van a reunir en el Monumento…
--El tío de Luis, que es lepra fanático, ya le dijo a Luis que se
van con la radio al Monumento desde que empiece el partido, a esperar el
final…
--Y…ésa de Vesco brindando con champán en Córdoba y Corrientes la
tienen acá—recordó el Pájaro tocándose el cuello con el pulgar y el
índice de la mano derecha.
--Cuando ellos perdieron la final de la Libertadores – aprobó con la cabeza el Faca--. El penal de Gamboa.
Se quedaron en silencio. Una ominosa angustia había caído sobre el
grupo pese al ambiente distendido que los rodeaba, de chicas en bikini,
familias haciendo picnic, bocinazos desde los coches que circulaban por
la Rambla Cataluña.
--Hay que hacer algo, loco – no se resignaba el Faca.
--¿Y qué vas a hacer, boludo? La única que nos queda es ir a gritar
y a armar quilombo en la cancha y nada más. Para que se asusten los
negros.
--Ir esta noche a armar quilombo frente al hotel de ellos, boludo. Eso hay que hacer, para que no apoliyen.
--¿Dónde están?
--En el Riviera.
--Duermen dos horas más a la mañana y se acabó la joda, boludo – desestimó práctico el Pájaro.
--No. Otra cosa – se restregó las manos el Faca--. Alguna brujería, algo de eso.
--A los brasileños, justamente – se río Agustín --, que son los
reyes de la macumba. ¿Te pensás que no habrán sacrificado más de
doscientas gallinas para cagarnos bien cagados esos hijos de puta? ¿No
viste esos documentales sobre brujería, vos?
--¿No agarran el Discovery Channel en tu casa, forro?
--Qué sé yo – se frotó las mejillas el Faca--. Te juro que estoy
desesperado. Ustedes jodan pero si yo pudiera ponerme a llorar, me
ponía.
--Ah… ¿Y vos te pensás que yo no?—se adhirió imprevistamente emocional el Pachu.
Volvieron al silencio cortado de tanto en tanto por algún lamento
futbolístico, como preguntarse por qué no se habrían vuelto del Mineiro
con algún gol en contra menos, un tres a cero, sin pedir mucho, para
albergar alguna mínima y pequeña esperanza en el partido revancha.
--Solamente un milagro, loco – se estiró el Pájaro, desperezándose sobre la silla de metal.
--¿Y la iglesia?—preguntó, entonces, el Faca, casi tímidamente, como avergonzado de su debilidad.
--¿Qué iglesia? – respondió el Pájaro, no obstante respetuoso.
--La iglesia, la iglesia – abrió los brazos, el Faca, --. Ir a la iglesia, rezar, prometer algo.
Lo miraron.
--Mi abuela… -- se apresuró a argumentar el Faca, alentado por el
silencio condescendiente de sus amigos – decía que ella siempre le pedía
cosas a la Virgencita y que la Virgencita nunca le fallaba…
--Así le fue a tu abuela. Se cagó muriendo.
--¡Yo digo, boludo! – se envenenó el Faca--.¡Por lo menos propongo algo, ustedes no dicen un carajo, no se les ocurre nada!
--También vos proponés cada pelotudez…
--Hay que admitir que lo de l iglesia es un clásico – reflexionó
Agustín--. No al pedo es una institución que se ha mantenido tanto
tiempo.
--No al pedo va tanta gente – se unió Pachu.
--O hacer alguna promesa – terció el Pájaro.
--Después las promesas no se cumplen – desestimó Agustín--. Si se
pierde, pierden las promesas. Y si se gana, ganan los jugadores;
entonces no les das pelota…
--Este pendejo… -- el Pachu señaló al Faca – hizo la promesa de que
si le ganábamos a Ñuls no se iba a hacer más la paja durante dos meses y
no la cumplió. A los dos días ya estaba…-- Pachu cerró el puño derecho
como quien toma un cilindro y lo meció en el aire, subiendo y bajando.
--¿Qué perdemos, boludo? – insistió el Faca, sin prestar atención al Pachu--. Vamos a pedirle a la Virgencita…
Se quedaron en silencio. El Pájaro se toqueteaba un granito de la frente, los ojos perdidos en el verdor de la isla.
--¿De que otra forma podemos ayudar, si no? – apuró el Faca.
--¿Hay que pagar para ir a la iglesia? – preguntó Agu.
--¿Entrada, decís vos?
--No sé, algo así, yo nunca fui.
--Si – lo miró despectivo Pachu --. Tenés populares y plateas altas. Sacá de las que están detrás del confecionario.
--¡Qué querés, boludo, no fui nunca!
--Yo fui cuando era muy chico – dijo Agustín --. Me llevaba mi vieja todos los domingos. Tomé la comunión también.
--Entonces sos cristiano, es como ser socio, digamos. Podemos entrar con vos.
--Yo la única vez que fui – espació las palabras Pachu – me tiraron agua en la cabeza y no fui más. Cuando me bautizaron.
Se rieron un poco. Pero Faca seguía serio.
--Yo voy a ir, boludo – anunció--. Voy a ir y le voy a pedir que mañana le ganemos cuatro a cero a esos negros de mierda.
--Pedile que ganemos en los penales también, forro.
--Y vamos todos – sorprendió el Pájaro, que parecía el más reacio.
--Mirá si nos ven—dijo el Agu.
--¿Si nos ven qué tiene? Estamos yendo a una iglesia no a un prostíbulo.
--Por eso mismo. Mirá si nos ven las pendejas de la Facu.
--Vamos todos, boludo – se afianzó el Faca--. Mientras más tipos
sean los que piden algo, más bola les van a dar, eso es seguro.
--¿Pero vos creés que esa Virgencita hace una encuesta de opinión, un análisis del mercado? Vos estás muy confundido, pendejo.
--¿Y se puede ir así?—el Pájaro miró el fibroso estómago desnudo, la malla casi hasta las rodillas, las ojotas.
--Mirá si vas a ir así, forro. Tenés que ponerte algo.
--¿Los hindúes no van así, no andan en taparrabos, casi en bolas?
--Son otra religión, querido.
--Vamos ahora a la tardecita – elevó la voz eufórico el Faca,
entusiasmado por el inesperado respaldo de sus amigos. ¿A qué hora nos
juntamos?
Se pararon, reuniendo los billetes y monedas para pagar la cerveza.
--Éstos están en pedo – casi gritó el Pájaro --. Yo, en la iglesia.
Facundo lo abrazó, medio de costado, en un gesto afectuoso que más parecía un recurso para inmovilizarle los brazos.
--Va a dar resultado, Pájaro, va a dar resultado. Dios nos va a ayudar. ¿O no sabés que hace milagros?
--Soltá, trolo… se va a tener que esmerar mucho Dios para salvarnos de ésta.
--¿No sabés que lo hizo caminar a Lázaro?
--Que lo haga correr a Vitamina, mejor.
--Mucho se va a tener que esmerar.
--“Rajemos, Pedro, que es cáncer” – dijo el Pachu, citando el viejo y efectivo chiste.
Cuando el Pájaro se bajó del ómnibus en avenida Alberdi, el Faca y
Agustín ya estaban apoyados en la reja de la iglesia, algo incómodos,
esperando. Eran casi las siete de la tarde pero el sol seguía pegando
fuerte y, pese a eso, ninguno de los dos se había atrevido a entrar
siquiera al pequeño patiecito frontal frente a la escalinata, que
recibía un poco de sombra. Mucho menos a sentarse en los peldaños, donde
estaba fresco.”Me hubieran dado una moneda, boludo”, explicó el Agu.
Poco después llegó el Pachu, cansino, pero cumplidor al fin. Todos, sin
concertarlo previamente, habían abandonado los pantaloncitos cortos o
las camisetas de tiras, optando por los vaqueros livianos y alguna
remera de marca. “Elegante sports” , justificó su cambio el Pachu, sin
dar el brazo a torcer en su rol de duro, de intolerante ante el poder
omnímodo de la Iglesia.
--¿Entramos? – preguntó el Agu, indeciso o aguardando que alguno hiciera la Ponta.
--¿Está abierto?—miró el Pájaro hacia el campanario.
--Claro, forro. ¿No ves la luz?
--El vocabulario, loco. Aflojá un poco.
--Venimos a pedir, después de todo. No nos llamó nadie.
--Pará, pará un cacho – los contuvo el Faca --. Mi vieja me dijo
algo importante – lo miraron--. A la Virgen, hay que pedirle. Los santos
no conceden.
--Si es virgen es porque no concedió nunca, papá – se echó hacia atrás despectivo el Agu.
--Dale, boludo… -- apuró el Pájaro --. Que me da no sé qué que me vean acá.
Entraron primero al patiecito frontal y subieron los pocos escalones.
--¿Hay mucha gente adentro, Faca? – preguntó el Pájaro--. ¿Viste entrar mucha gente?
--No. Casi nadie – automáticamente habían bajado la voz.
El primero en cruzar el portalón lateral de madera fue Agustín. Y
se quedó allí nomás, un par de pasos dentro de la nave, cohibido. “Esto
es más grande de adentro que de afuera”, susurró. Los demás tuvieron que
empujarlo para que siguiera caminando. Pero la ansiedad y una cierta
excitación se les habían esfumado, dando paso a una actitud reservada,
curiosa y levemente azorada ante la enormidad, el silencio y la placidez
del recinto.
Pegado a la espalda del Faca, Agustín le cuchicheó en el oído.
--¿No hay que ponerse nada en el bocho?
Faca negó con la cabeza. Por ser el de la idea, lo habían tomado
como referente, pero también él se encontraba un tanto dubitativo sobre
los pasos a seguir.
--Por eso viene tanta gente a la iglesia – susurró Pachu.
--¿Por qué?—el Pájaro mitraba hacia lo alto, hacia los arcos
lejanos de la bóveda, la luz multicolor que llegaba a través de los
vitrales.
--Porque está fresco.
El Pájaro sofocó una risa, los otros también. Eso los animó.
--Si no hay nadie, boludo – observó Agu.
Había en realidad tres o cuatro personas, perdidas en la amplitud
del lugar. Y ninguna había reparado en la irrupción del grupo. O si
alguien había reparado en ellos, no le había prestado atención. Flotaba
un clima de congoja, de ruego, en los pocos presentes, gente mayor casi
todos, que atemperaba el ánimo de los muchachos.
--¿Qué hacemos ahora? – apuró el Pájaro.
--Busquemos una Virgen – dijo el Faca, con el costado de la boca. Y
comenzó a caminar hacia uno de los pasillos laterales, donde se veían
imágenes sagradas, cuadros y confesionarios. Pasaron frente a un par de
pequeñas figuras, adornadas profusa y desordenadamente con flores. No se
detuvieron frente a la primera porque ante su pedestal rezaba,
patético, un hombre flaco y desgreñado, casi un pordiosero. Tampoco Faca
se detuvo ante le segunda, metros más allá: el busto de una Virgen que
reclinaba su cabeza delicada hacia un costado y elevaba su mano derecha,
como señalando algo con el dedo índice, en un gesto poco claro.
--¿Y ésta, Faca?—Agustín, que venía segundo, llamó absurdamente en voz baja. Faca se dio vuelta.
--No sé – enarcó la ceja, elevando los hombros.
--Acá, Faca… -- el Pájaro se sumó a Agustín --. Ésta es una Virgen.
--¿Qué Virgen es?
--Seguí, seguí – los adelantó el Pachu, casi empujándolos. Por ahí adelante hay alguna mejor.
--Qué sé yo que Virgen es. --Preguntemos.
--¡Acá, boludo! – insistió, enojado, el Pájaro--. No vamos a andar por toda la iglesia hinchándole las bolas a la gente.
Discutieron unos segundos en un crescendo que terminó cuando el
Faca, en su papel de experto, sacudió las manos en el aire como si
quisiera espantar unas moscas frente a su cara.
--¡Nos van a echar, pelotudo! ¡Nos van a echar a la mierda! – se
exasperó. Hicieron silencio. Pese al pequeño conato de intemperancia,
nadie había reparado en ellos. Machu pegó un vistazo abarcativo, pero no
se apreciaba cura o religioso alguno que pudiera hacerse cargo de la
disciplina.
--Acá está bien – propuso el Agu --. Acá está bien.
--Sí. Metámosle acá – aprobó Faca --. Es linda esta Virgen.
--Sí… -- frunció la cara el Pachu--. Pero mirá la manito… -- señaló
con el mentón la mano de la Virgen que parecía señalar algo con el dedo
índice en alto--. Un solo gol nos promete. Y necesitamos cuatro.
--Cortala, boludo – se enojó, realmente, Faca.
--Sí, aflojá, Pachu – refrendó el Pájaro.
Se dispusieron frente a la imagen, a un par de pasos de ella,
parados, las cabezas levemente gachas. Agustín musitó desde atrás:
--Yo voy a aprovechar para pedir también por mi abuelo, loco –
anunció. Y giró, caminando casi a puntas de pie hasta uno de los largos
bancos de madera oscura.
--Dale – aceptó el Faca--. Nos pedí ahí.
--Pedí también por Central—cuchicheó, enérgico, el Pájaro--. No seas boludo.
El Faca chistó, autoritario.
--¿Está jodido el abuelo del Agu?—consultó con un hilo de voz el
Pachu, por sobre el hombro. El Pájaro lo miró, meneó la cabeza,
aprobatoriamente, levantó las cejas y se mordió el labio inferior por
toda respuesta.
--Dale, viejo, larguemos – reclamó Faca.
--Y empezá… -- dijo Pachu, soliviantado por el reto--. ¿Qué nos tenés que andar diciendo a nosotros?
Como algo sabido de antemano, recibido por siglos de civilización
cristiana, los tres cruzaron las manos frente al cuerpo, laxos los
brazos, bajaron la cabeza y cerraron los ojos. Se quedaron así un largo
rato. Pronto se les unió en silencio el Agu, quién ya había terminado de
pedir por su abuelo. Luego, como si se hubiesen puesto de acuerdo,
levantaron la vista, sacudiendo los hombros y pareciendo salir de un
estado de trance. El Pájaro, más animado, aliviado quizás por haber
cumplido con ese rito, se animó a hacer algo que había visto en alguna
película. Se adelantó dos pasos y tocó el rostro de la imagen con la
punta de los dedos sobre la frente.
--¿Dará bola, che?—preguntó Faca, arrugando la nariz.
--Ni mierda – dijo Pachu.
--¿Sabés cuánta gente le pide por día? Agregó el Agu, como repentinamente desalentado.
--No se va a acordar de todo.
--Más que piedad, lo que tiene que tener es memoria.
--Por favor, por favor – exclamó en voz alta y en un tono extraño
el Pájaro, advirtiendo que se dirigía a la imagen y no a sus amigos--.
Hacé que Central gane mañana cinco a cero al Mineiro.
--Pero acordate – añadió Faca.
--Apurala, apurala que si no, no nos va a dar pelota, boludo – se tornó duro el Pachu.
El Pájaro estiró su mano y la puso sobre la mano extendida de la Virgen, como llamándole la atención.
--Hacé que Central gane, ¿estamos?—dijo, firma--. Mejor que Central gane.
--Apretala, apretala que si no, no pasa nada, Pájaro – urgió Pachu--. No te va a dar pelota esa guacha.
--¿Nos vas a dar pelota?—amenazó el Pájaro. Había tomado en su mano
derecha el dedo índice extendido de la imagen--. ¿Nos vas a hacer caso?
--Rompele un dedito, rompele un dedito—ordenó Pachu.
Con una imperceptible mueca de esfuerzo en su rostro, el Pájaro
presionó con sus dedos hasta que, en un momento, dejó de hacerlo.
Después se metió el puño cerrado en el bolsillo de su jean. Del dedo
señalador de la Virgen, sólo quedaba la primera falange.
--Así se acuerda—aprobó Pachu. Los otros no dijeron nada. Giraron
hacia la puerta y emprendieron la salida. Antes de abandonar la nave,
volvieron a mirar hacia el altar principal y, respetuosos, inclinaron la
cabeza.
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El Ocho era Moacyr (Roberto Fontanarrosa)
El que tiró la primera piedra fue Ricardo, apenas después de haberse ido el tipo.
— Che… ¿quién es este coso?
— No sé — contestó el Zorro.— ¿No es amigo tuyo?
— ¿Mío? No. Estás en pedo vos.
— Es amigo del Colifa — aportó el Pitufo— , certero interrumpiendo una conversación que sostenía con una rubia de rulos de la mesa vecina. Tenía eso el Pitu, podía mantener varias conversaciones a la vez, quizás porque no le gustaba verse marginado de ninguna.
En eso llegó el Colifa.
— Che…— le preguntó Ricardo— … el flaco ese que se fue ¿es amigo tuyo?
— ¿Qué flaco? — frunció la cara el Colifa mientras se sacaba la campera y la bufanda.
— El flaco… El "Sobrecojines".
— Ah no… — se rió el Colifa.— Yo no lo conozco.
El hombre, el que se había ido, había tenido la desafortunada ocurrencia días atrás, en una de sus pocas intervenciones en la charla, de decir que manejar el último modelo de Renault era sentirse como "sobre cojines". Se habían hecho todos los pelotudos pero la cosa quedó registrada.
— ¡Yo creí que era amigo tuyo! — se rió el Pitufo.
— Yo no lo vi en la puta vida.— Pero… ¿Lo conocés?— Sí. De acá, ahora.
— Entonces… — insistió Ricardo, casi amenazante.
— ¿Quién lo trajo a la mesa?— Qué sé yo.
Nadie sabía. Pero no era muy extraño. En "El Cairo" era así. De pronto uno se encontraba sentado junto a alguien desconocido que, tal vez por varios días se integraba a la mesa y luego desaparecía tan silenciosa y misteriosamente como había llegado, o reaparecía en alguna mesa lejana, con otra gente asimismo desconocida, y dispensaba un saludo desde allá atrás, al voleo, de cortesía.
— Por ahí alguien se lo dejó olvidado — aventuró el Zorro.
— Eso. ¡Vaya a saber desde hace cuánto tiempo ha estado sentado acá el pobre tipo!
— Yo creía que era amigo tuyo — señaló Ricardo a Belmondo— y ahora resulta que no lo junta nadie.
— ¿Mío? ¿Porqué? Ricardo frunció la nariz.
— No sé — dijo— lo veo muy fino ¿no? El Zorro captó la cosa de inmediato.
— Muy delicado. ¿No es cierto?
— ¿Puto, decís vos? — se rió Belmondo. Después se escandalizó.
— ¡Qué guachos de mierda!— Como te mira mucho… — siguió Ricardo— .. qué sé yo… yo pensaba…
— Medio trolo el muchacho — sentenció el Zorro.
— ¡Mirá que hay que ser hijos de puta! — dijo Belmondo.
— Como el tipo es serio, es educado, es un tipo correcto… para éstos ya es un comilón.
— Muy fino, muy fino. Demasiado.
— Para mí que a vos te tira la goma — opinó el Colifa, mirando a Belmondo.
— ¡Qué hijos de puta! — se tomó las manos Belmondo.
— No se puede ser culto acá.
— Si te mira y se relame, Bel… — le informó Ricardo.
— A Moreira lo manoteó el otro día.
— Sí — defendió Belmondo— no te le agachés adelante.
— ¿Qué lo defendés? ¿Qué lo defendés? — pareció ofenderse el Pitufo
— ¿Tenés algún interés creado con ese tipo?— Para mí que se la lastra — meneó la cabeza el Zorro.
— ¿No viste a Pedrito cómo lo relojea también?
— ¿Quién, che? — Pochi había llegado, enganchando las últimas palabras mientras acercaba una silla para poner la campera.
— El flaco alto, el "Sobrecojines".
— ¿Qué pasa?— Que es muy sospechoso, medio rarón ¿viste? — el Pitufo reunía la punta de los dedos de su mano derecha frente a la boca haciendo el gesto universal de comer.
— ¿El elegante? — exclamó el Pochi, sentándose.
— Muy puto. Tragasables del año uno.
— ¡Qué hijos de puta! — volvió a reírse Belmondo.
— El otro pobre tipo…— Traga la bala — siguió el Pochi, serio.
— Es más… creo que lo vi levantando machos en Zeballos y Buenos Aires.
— El otro pobre tipo — siguió Belmondo— es un buen tipo…
¿Cuál es el problema? Que empilcha bien, que toma whisky…
¿Cuál es?— Oíme… — dijo Ricardo.
— ¿Cómo va a venir acá de chaleco?— ¡Dejame de joder! De chaleco.
— Y bueno, laburará en un banco. ¿Cuánta gente de la que viene acá labura en un banco?
— No. Y esa corbatita que usa. La rosita…
— Yo lo que te digo — siguió Belmondo— es que yo no me le agacharía adelante.
— Por ahí te empoma.
— Te empoma.— Tiene su pinta el hombre — estimó el Zorro.
— Y muy coqueto, se la pasa arreglándose la corbatita…
— Es buen muchacho, che, no sean hijos de puta….
Claro, el tipo en cuestión había aparecido un día en la mesa, tal vez abandonado por algún amigo común, tal vez ingresado en la charla por medio de esas presentaciones vagas y generales, "che, un amigo", de inclinaciones de cabezas cortas y distraídas. En verdad, vestía bien, o al menos demasiado formal para el nivel medio, y participaba poco de las conversaciones. Asentía, a veces metía algún bocadillo, sonreía a menudo, algo distante, mirando hacia la calle, arreglándose la corbata a cada rato (era cierto). Tomó notoriedad el día que pidió un whisky. "Blenders" dijo, con pronunciación cuidada y Moreira lo miró como si le hubiese pedido un plato asiático. "Mirá que vale casi un palo, macho" le había advertido el mozo, cosa que al tipo pareció no inmutarlo. Y entre el sembradío de pocilios de café, vasos de agua, alguna taza de té o mate y servilletitas de papel arrugadas, el generoso vaso de whisky con hielo parecía un paquebote entrando a puerto rodeado de remolcadores diminutos y oscuros.
Otra cosa había sido lo del polo. Vaya a saber cómo salió la conversación sobre polo, quizás por una joda, quizás por alguna película, lo cierto es que el hombre, por primera vez se metió en serio, lideró la charla, habló de los Harriott, de los Dorignac, de handicaps y de poniers con una exactitud sobria y una información sólida. Y al final, cuando ya la charla había derivado inopinadamente hacia el automovilismo, la cagó con lo de "sobre cojines" que se encendió como una luz equívoca y sospechosa en los radares de todos.
— Yo no sé… — advirtió Ricardo, rascándose la espalda— … pero vos, Belmondo, cuidate.
— Sí — admitió Belmondo— porque que me rompan el orto a esta edad…
— O que le tengas que hacer los deberes al muchacho.
— Te digo que si viene mañana yo me corro.
— Sí. A ver si te agarra de la manito y te lleva para el ñoba.
Pasó un tiempo y el parroquiano desconocido no aportó por "El Cairo". El día en que apareció estaban el Pitufo, Belmondo y el Pochi, nada más, conversando. El hombre se desprendió el impecable saco marrón oscuro del traje, dijo un "qué tal" y se sentó medio mirando para la puerta de Sarmiento y Santa Fe, girando un poco nerviosamente el cuello, como un pollo, estirando el mentón, para acomodarse el cuello de la camisa.
— El cinco era Ramacciotti — decía el Pitufo.
— Eso seguro.
— El cinco era Ramacciotti.
No me acuerdo el tres — dijo Belmondo aún con la mano izquierda cerrada, el pulgar arriba y los ojos entornados.
— Ditro. El tres era Ditro — aseguró Pochi— que después fue a River.
— ¡Eso! Que después fue a River.
— Bueno. Entonces tenemos… — resumió el Pitufo— … Moreno, Valentino y Ditro.
El cuatro ese que no nos acordamos, Ramacciotti y Malazzo…
— Canceco, Pando, Carceo, González y Sciarra — recitó de un tirón el Pochi.
— Pero… ¿Cómo mierda se llamaba ese cuatro, la puta madre que lo reparió?
— ¿Será posible?— Era un nombre corto. Un nombre corto como… Suárez, Blanco…
— No. Blanco era un cuatro que jugó en Racing. Buen jugador.
— Pero… — se ofuscó Belmondo— … un tipo muy junado… ¿Cómo carajo…?
— No me voy a acordar… No me voy a acordar… — dijo el Pitufo.
— Nos va a pasar como la otra vez con Della Savia.— ¿Te acordás? Yo no pude dormir en toda la noche.
— O con el negro Marchetta.
Pasó una semana hasta que me crucé por la calle con Rafael, me agarró del brazo y me dijo, nada más, lo único que me dijo: "Marchetta". "¡Marchetta, la puta que lo parió!" dije yo, y seguimos cada cual por su lado.
— Una noche, a la madrugada, me llamó el Pelado desde Barcelona para preguntarme quién era el ocho de aquella delantera de Ferro con el Cabezón Juárez, Acosta, Lugo y Garabal.
— Berón.
— Berón.— Pero a mí, esto, ya me cagó la semana — se reubicó el Pochi.
— ¡Pero si hasta me acuerdo de la pinta que tenía — se enardeció Belmondo— uno bajito, narigón, feo…!
— ¿Martín? ¿No era Martín?
— No, Martín era de Chacarita.
— Bajito, narigón, feo…
— Sí, pero no era Martín. Martín era de Chacarita y después fue al equipo de José.
— Moreno, Valentino y Ditro… — repasó el Pitufo— … tatatá, Ramaciotti y Malazzo…
— ¡Concha de la lora!
El hombre, que había seguido silenciosamente la conversación, con una actitud entre divertida y ausente, se acomodó en la mesa y dijo:
— Sainz.
— ¡Sainz! — pegó con la palma de la mano el Pitufo sobre la mesa
— Sainz la puta que lo reparió.
— Sainz, mirá vos lo tenía en la punta de la lengua.Claro… te decía que era un nombre corto.
— Sí, pero a mí me salía Suárez, Murúa, Aguirre, qué sé yo…
— No, Murúa era el de Racing. Marcador de punta, también. Grandote.
— Sainz — continuó el tipo, sin ufanarse demasiado por su aporte— después fue a River. Sainz, Cap y Varacka.
— Claro, claro. Exactamente. Que arriba jugaba Domingo Pérez, un uruguayo que era un pedo líquido.
— No — corrigió "Sobre cojines"— Domingo Pérez es anterior, es de la época de Pepillo, el nueve ese español que trajo River.
— ¡Pepillo! ¿Te acordás? No me acordaba de Pepillo.
— Que la delantera llegó a formar… — recordó el hombre— … Domingo Pérez…— Moacyr — acotó Pochi.
— Moacyr Claudinho Pinto… — siguió el hombre— … Pepillo, Delem y Roberto. Todos extranjeros.
— Que también estaban Onega, el Nene Sarnari…— Ermindo, todavía no Daniel.— Pando, Artime…
— No… — volvió a corregir el hombre— Pando y Artime llegan un poco después. La delantera que te digo era con la cuestión del fútbol espectáculo. También jugaba un negro de cinco, el negro Salvador, un negro lentón…
— Sí. La cosa había empezado con Boca, con Armando, cuando lo trajo a Feola…
— Al gordo Felola Feola — dijo el Pitufo— a Dino Sani, a Maurinho…
— Antes a Orlando — puntualizó "Sobre cojines"— Orlando Pecanha do Carvalho, que inauguró, un poco, la función de seis metido adentro acá en la Argentina.
— También vinieron Loayza, me acuerdo, el Pepe Sasía, a Boca…
— Y bueno… — recordó el Pochi— Sasía vino de última acá, a Central, con el Gitano, Borgogno…
— Loayza también. — Loayza también y me acuerdo…— ¡Ese partido contra el Real de Madrid! — se entusiasmó el hombre.
— En cancha de Ñul.— En cancha de Ñul, un amistoso, que los goles del Real los hicieron Pirri y Gento de tiro libre, sobre la hora.
— Yo estaba detrás del arco donde hizo el gol Gento — recordó "Sobre cojines"— …y no sé si te acordás que al principio entró Puskas…
— ¡Puskas!
Así siguieron casi una hora, hasta que el hombre, de pronto, consultó su reloj, se sobresaltó, se puso de pie, tomó el sobretodo que había dejado prolijamente doblado sobre la silla vecina y, antes de irse, regaló el último aporte.
— Y el diez, el diez del Lobo de La Plata, era Diego Bayo.
— Diego Bayo, claro. Diego Bayo y Gómez Sánchez, el negro Gómez Sánchez que había venido a River con Joya…
Al día siguiente, cuando llegó el Colifa, Belmondo estaba hablando con el Zorro y también estaban el Pitufo, Pochi, Oscar, el otro Oscar, el Negro y el Chelo.
— ¿No vino "Sobre cojines"? — preguntó el Colifa.
Alguien contestó que no.
— ¿Quién es "Sobre cojines"? — dijo el Chelo.
— Rodolfo. Rodolfo creo que se llama.
No, no vino.
— Buen tipo ése — dijo el Pochi.
— Buen tipo.
¡Qué lástima Cattamarancio! (Fontanarrosa)
— Va a venir el centro desde la punta derecha, es un infierno el área 18, arde el cuadro de rigor, Magrín entre los tres palos, empujándose Sabioli con García Mainetti. ¡Cuidado muchachos, cuidado muchachos! Si los ve el árbitro se van los dos para los vestuarios. Entraña serio peligro este tiro libre, sube Tomé, sube Romano, ahí también va Julio Esteban Agudelo en procura del centro, no respeta la distancia Omar Grafigna. ¡Qué cosa con Grafigna, siempre lo mismo! ¡Vamos Grafigna, un poco más atrás! Va a lanzar desde el flanco derecho Juan Carlos Marconi, el áspero marcador de punta de River Plate, se demora la maniobra. ¡Cabrini!
— ¡Almaceri termina con el ruido de su motor! ¡Almaceri 348, el anticorrosivo líquido amigo del motor de su coche! ¡No lo olvide! Búsquelo en...
— ¡Un momento, Cabrini! Vino el centro, saltó un hombre, un cabezazo, rebota el esférico, sale del área, surge Peñalba, otro golpe de cabeza, va al suelo Tomé, nuevamente Peñalba llega, cruza, pelea. ¡Un león, Peñalba! Salta Romano, cuidado, ahí está, le va a pegar... ¡Qué lástima, Cattamarancio!... Llegó, apuntó, midió, le metió un derechazo tremendo y la mandó apenas rozando una de las torres de iluminación, para ser más preciso la que da a espaldas de la Figueroa Alcorta.
— Se lo perdió Cattamarancio. Llegó muy bien a esa pelota alejada por Peñalba, le pegó de zurda y la tiró a las nubes. Lo habíamos dicho.
— Estaba el gol ahí.
— Estaba el gol.
— ¡Qué bien, Peñalba! ¿No, Rodríguez Arias?
— Usted lo ha dicho, Ortiz Acosta. Excelente el uruguayo, un jugadorazo.
— ¡Qué estampa, qué figura, qué manera de pararse en la cancha! ¿Sabe a quién me hace acordar, Rodríguez Arias? A aquél que fuera extraordinario fulback de Racing y nuestra selección... ahora su nombre no viene a mi memoria... ¿Cómo es que se llamaba? Qué hacía pareja con Alejo Marcial Benítez, el “Sapo” Benítez, la misma forma de pararse, hasta el mismo peinado tiene, vea...
— ¿Saúl Mariatti, dice usted?
— No, no Cabrini. ¿Cómo era este muchacho? Que tantas veces luciera la blanquiceleste, averígüeme Cabrini; le digo más, atajaba Delfín Adalberto Landi para la institución de Avellaneda en esa época...
— Le averiguo, Ortiz Acosta.
— Y actíveme la comunicación con Petrogrado, Cabrini. En pocos minutos tendremos contacto con la ciudad soviética de Petrogrado, allá en la fría tundra del gran país socialista. En pocos minutos, señores. ¡Se nubló sobre el Monumental de Núñez, qué feo se ha puesto el día, cayeron las sombras sobre el estadio de River, pero el público no deja por eso de vivir intensamente esta fiesta del deporte porque el fútbol es la pasión argentina dominguera que nos aleja al menos por un día de los problemas cotidianos, porque no sólo ya el hombre de la casa disfruta de este espectáculo sino que también las mujeres y los niños, la familia argentina plena goza de esta fiesta hebdomanaria y porque, ¡se animó el partido, Rodríguez Arias!
— Usted lo ha dicho, Ortiz Acosta. Se fue River arriba empujado por el temperamento, la fuerza y la petulancia de Sebastián Artemio Tomé.
— Con la pelota Ignacio Surbián avanza el rubio mediovolante de la visita, cruza la línea demarcatoria de medio campo, pelotazo para el puntero derecho, no va a llegar, no va a llegar, no va a llegar y no llegó. No llegó Falduchi a esa pelota. Jugó un tiempo en Racing y luego pasó a Atlanta, si mal no recuerdo. El zaguero de la Academia cuyo nombre trato de recordar y luego pasó a Atlanta, si mal no recuerdo. El zaguero de la Academia cuyo nombre trato de recordar, luego de Racing pasó a militar en el conjunto bohemio, estoy casi seguro. Esa pelota se fue a la tribuna. Averígüeme Cabrini. Otra vez River en el ataque, ahí va Giménez, lo busca a López, pared para Giménez, se metió, se metió...
¡Qué fuerte salió Bermúdez! Va muy fuerte el misionero, algún día va a lastimar a alguien. Trabó abajo, le sacudió el tobillo al chico de la bandera roja, muy fuerte, muy fuerte el cuevero de San Lorenzo. Es para tarjeta.
— No tiene necesidad Bermúdez es un buen jugador. Lo habíamos dicho.
— Yo no sé qué le pasa a ese chico. Se enloquece en el campo de juego. Y es un muy buen muchacho fuera de la cancha. De buena familia, buenos padres, hogar bien constituido, madre comprensiva. Pero no sé, adentro se transforma... ¡Cabrini!
— ¡A correr, a saltar, a “Monigote” no le van a ganar! Ropa para niños “Monigote”, la línea que lo aguanta todo. Otro producto diez puntos de la afamada marca.
— ¡Un momento, Cabrini, que se va a ejecutar el tiro libre y hay sumo riesgo para la valla defendida por Guillermo Rubén Magrín, el muchacho de Tres Arroyos! Se forma la barrera con dos, tres, seis hombres, imponente esa barrera, una verdadera muralla, el balón descansa aparentemente tranquilo a unos... 23 metros del arco en línea casi recta al entrecejo del golquíper azulgrana.
— Lindo tiro para García Mainetti.
— Para García Mainetti o Giménez. Los dos le pegan bien. Por favor Cabrini, averígüeme. Este zaguero de Racing que le digo, también formó pareja con Anastasio Rico, un tres que pasó por Boca y que luego brillara tantos años en el fútbol colombiano.
— ¿Pablo Eleuterio Mercante?
— No, Mercante no, no. ¿Cómo se llamaba este muchacho? ¿Ya está la comunicación con Petrogrado? ¿Ya está la comunicación con Petrogrado? ¿Ya la tenemos?
— Todavía no, Ortiz Acosta.
— Va a tirar García Mainetti, hay peligro, hay peligro, aroma de gol en el estadio, atención, atención... ¿Cómo se llamaba este muchacho que jugaba con Alejo Benítez? Me parece estar viéndolo, alto, rubio, venía de Excursionistas. ¿No tenemos la comunicación con Petrogrado? todavía no la tenemos, están haciendo esfuerzos los muchachos de la estación terreno de Balcarce, gracias muchachos, no es responsabilidad de ellos, hay peligro en este disparo, es problema de la estación receptora de Quito, Ecuador o tal vez del radioenlace de Ciudad del Cabo... ¿Ya lo tenemos, Cabrini?
— Un momento, Ortiz Acosta, nos informan desde...
— ¡La pelota pegó en el palo, rebota, se salvó San Lorenzo, un bombazo, entra López, remata, pega en un hombre, cuidado, puede ser...! ¡Qué lástima, Cattamarancio! Llegó a la carrera ante ese rebote corto, le pegó de volea como venía y estremeció el Autotrol de un pelotazo...
— Entró bien Cattamarancio con el olfato clásico de los goleadores, se apuró a darle, le pegó con un fierro y abolló el cartel indicador.
— Lesionado Peñalba, Ortiz Acosta.
— Lesionado Peñalba, lesionado Peñalba. Quedó en el suelo Peñalba, atención esto puede ser importante, hombre fundamental en el esquema de San Lorenzo, está en el suelo, se toma la pierna...
— Pierna derecha...
— Pierna derecha, puede ser aductor, o gemelo, vamos a ver, averigüemé Cabrini, jurgo detenido, esperemos que no sea nada, corren los auxilios. Este muchacho que hacía pareja con Alejo Benítez, luego de revistar en Atlanta, pasó al Cúcuta de Colombia cuando era técnico Isidro Mendoza, el “Colorado” Mendoza. ¿Usted no lo recuerda, Rodríguez Arias?
— ¿El Pardo Sabiña?
— No. No. Este era rubio, alto, buen físico. ¿Cómo se llamaba este muchacho? Parece mentira, pequeñas trampas que nos hace la memoria, sigue el juego, ataca San Lorenzo, se viene Grafigna, creo que el apellido empezaba con “hache”, un apellido polaco o algo así, se tiró a la punta, busca el desborde Manuel Carrizo, muy veloz, la tiró para adelante y a correr, si la alcanza hay peligro, cuidado, cuidado... ¿Tenemos la comunicación con Petrogrado, ya la tenemos? ¡Tenemos la comunicación con Petrogrado, ya la tenemos? ¡Tenemos la comunicación con Petrogrado, adelante don Urbano Javier Ochoa, desde Petrogrado, adelante don Urbano Javier Ochoa!
— ...
— ¿Qué pasa?... Algo pasa... No se oye... ¿Se cortó?
— ¿Ortiz Acosta?... Sí... ¿Ortiz Acosta?
— ¡Don Urbano Javier Ochoa, Ortiz Acosta le habla desde el estadio de River, están jugando River y San Lorenzo, 15 minutos del segundo período y empatan sin goles, señor Ochoa!
— Muy bien... yo estoy muy bien, pero...
— El pueblo argentino quiere saber, señor Ochoa, quiere que nos cuente, cómo ha sido hasta el momento ese raid que usted está llevando a cabo a lomo de dos caballos argentinos, dos caballitos argentinos como fueran aún en la memoria y el orgullo de todos nosotros. Y que nos cuente además, señor Ochoa, cómo ha sido ese viaje que tras cruzar el Estrecho de bering lo ha llevado a la tundra soviética, señor Ochoa...
— Bueno, Ortiz Acoste, yo estoy...
— Los argentinos, quiero adelantarle, señor Ochoa, y perdone que lo interrumpa, estamos muy pero muy orgullosos y asombrados de que en esta época de los vuelos interespaciales y las comunicaciones maravillosas que nos unen con todos los confines más remotos del planeta, un hombre, un gaucho nuestro, se lance a la aventura de unir San Antonio de Areco con Stalingrado...
— Bueno, señor Ortiz Acosta, yo...
— Un momento, amigo Ochoa, un momento, acá lo dejo con Peñalba, recio pero leal cuevero de San Lorenzo de Almagro, quien en estos momentos se encuentra lesionado al costado del campo de juego y a quien ya, ya, nuestro colaborador, Miguel Horacio Cabrini, le coloca los auriculares y lo deja conversando con usted. Explíquele a él las características de esos dos maravillosos caballos argentinos que lo están llevando a usted por todos los rincones del mundo proclamando a los hombres de buena voluntad el firme e indoblegable temple de los jinetes de nuestra tierra.
— Cómo no, señor Ortiz Acosta, pero yo...
— ¿Cómo le va, señor Ochoa?
— Bien, bien, yo querría...
— Bueno, acá el partido se ha puesto un poco duro, yo recibí un golpe en la canilla, creo que fue el trabar con el ocho de ellos, no hubo mala intención, son cosas que suceden en el ardor del juego...
— Sí, por supuesto, amigo... ehh...
— Peñalba, Eber Virgilio Peñalba.
— Sí, amigo Peñalba, yo no tengo el gusto de haberlo visto jugar a usted porque cuando yo salí de San Antonio de Areco, hace ya de esto unos...
— ¡Ochoa! ¡Don Urbano! Ortiz Acosta le habla... ¿Está muy frío allá?
— ¿Acá? Bueno, señor Ortiz Acosta, el problema en estos momentos no es tanto el frío, usted sabe que...
— Porque yo recuerdo que cuando fuimos con la selección argentina, hace unos años, hacía realmente mucho pero mucho frío...
— Bueno, sí, es cierto, señor Ortiz Acosta, pero...
— Lo dejo de nuevo con Peñalba, señor Ochoa, explíquele a él, por favor, el efecto que ha causado ese clima tan duro, tan difícil de sobrellevar, en los dos caballitos argentinos que le están posibilitando a usted ingresar por la puerta grande de la historia de la hípica nacional.
— ¿Cómo le va, señor Ochoa?
— Bien, amigo Peñalba, como le decía al amigo...
— No. No habla Peñalba, yo soy Escudero, el masajista de San Lorenzo. Peñalba ha vuelto a jugar y me pasó los auriculares...
— Mucho gusto, señor Escudero, yo...
— ¡Don Urbano, don Urbano! Ortiz Acosta lo interrumpe, dígame usted con esa proverbial memoria del criollo de nuestra tierra que lo hace recordar hasta los más mínimos detalles ya sean históricos o geográficos, y ahí está el ejemplo siempre presente de los baqueanos, yo le quería preguntar, don Urbano, si usted no recuerda el nombre de aquel zaguero que hiciera pareja con Alejo Marcial Benítez en Racing, que luego fuera transferido a Atlanta, allá por el año...
— Bueno, amigo Ortiz Acosta, para serle sincero yo...
— Tal vez estoy abusando de su sapiencia, don Urbano...
— No, lo que pasa es que yo quería contarle algo que...
— ¡A ver... ¡Un momentito, don Urbano, un momentito! Creo que ya tenemos comunicación con Tonopah, en el estado de Nevada, Estados Unidos de Norteamérica. Creo que ya la tenemos. Un momentito... ¡Sí, sí, adelante señor Santiago Collar desde Tonopah, Estados Unidos de Norteamérica, adelante!
— Buenas tardes, Ortiz Acosta.
— Buenas tardes, buenas tardes, amigo Collar, aunque para ustedes, calculo debe ser ya de noche en el gran país del norte! ¡Señor Collar, lo voy a poner en contacto con un gaucho argentino, un criollo de ley, que en estos momentos está cumpliendo un raid, una verdadera hazaña a lomo de dos caballos argentinos y que habla con usted desde la ciudad de Petrogrado en Rusia!
— Cómo no, señor Ortiz Acosta, será un placer para mí y además...
— Atención en Petrogrado, don Urbano Javier Ochoa, lo dejo conversando con el señor Santiago Collar, un relevante ingeniero argentino que se encuentra trabajando en los yacimientos carboníferos de Tonopah, Nevada, 150 metros bajo tierra. El ingeniero Collar es presidente de la “Peña Argentina Amigos de Radio Laboral” agrupación formada totalmente por mineros compatriotas nuestros que están trabajando allá en esas formidables vetas carboníferas y que se reúnen religiosamente, don Urbano, para escuchar los encuentros de fútbol que Radio Laboral les hace llegar hasta las oscuras profundidades del socavón. ¡Adelante, adelante ustedes, señor Santiago Collar, desde Tonopah!
— ¿Cómo le va, señor Ochoa? Es para mí una gran emoción...
— Perdón. Escudero lo escucha, señor Collar, el masajista de San Lorenzo.
— Mucho gusto, señor Escudero, bueno, sería interesante si yo pudiera hablar con el señor Ochoa, allá en Rusia...
— ¡Adelante, señor Ochoa desde Petrogrado, adelante!
— Bueno, amigo Ortiz Acosta, lo que yo quería comentarle desde acá, desde Petrogrado, es que está sucediendo algo extraño. La gente acá está muy asustada, ha habido varias explosiones atómicas, han caído misiles sobre muchas ciudades rusas, sa habla de un ataque nuclear norteamericano, y a decir verdad, señor Ortiz Acosta, yo también estoy bastante asustado, mis animales están nerviosos, no se sabe bien qué pasa...
— ¡Qué pena, don Urbano, qué pena, qué pena que nos da todo esto que usted nos cuenta, realmente nos aflige como argentinos, esa situación que usted está viviendo ante la intemperancia que reina en algunas regiones del mundo por las cuales usted está transitando como verdadero símbolo de paz, tranquilamente!
— Sí, amigo Ortiz Acosta, se dice que el aire está contaminado...
— ¡Un momentito, un momentito, don Urbano, que acá avanza River, puede haber peligro, se van en contraataque el conjunto de la banda roja, entró al área Menegussi, midió, tiró, la pelota cruza frente a los palos, llega el once, cuidado...! ¡Qué lástima, Cattamarancio! Solo frente a los palos la quiso reventar y en lugar de tocarla la fusiló sobre la bandeja alta...
— Es de no creer, Ortiz Acosta. Con todo el arco a su disposición, el wing izquierdo millonario la tiró a cualquier parte. Lo habíamos dicho.
— ¡No quiera creer usted el gol que perdió Cattamarancio, amigo Collar, allá en Estados Unidos! ¡Adelante usted!
— Gracias Ortiz Acosta, yo quería aprovechar la posibilidad que tan gentilmente nos brinda su emisora, porque aquí a mi lado se encuentra ni más ni menos que el presidente de los Estados Unidos de Norteamérica. Acá está sucediendo algo terrible, señor Ortiz Acosta, ha habido un ataque nuclear soviético, muchas de las grandes ciudades están destruidas, el presidente de los Estados Unidos, junto a algunos otros hombres de gobierno, se ha refugiado acá, junto a nosotros, bajo tierra, y me piden, dado que todos los otros medios de comunicación parecen estar inutilizados, si aprovechando la presencia de don Urbano en Rusia, no se podría hablar con Moscú y resolver esto, que parece haber sido un gran error.
— Por supuesto, no habrá problemas, señor Collar. Dígale al presidente que espere un momentito, enseguida estamos con él... ¡Cabrini!
— ¡Un esplandor de frescura en la garganta “Marcador” el masticable que se anotó un golazo en el gusto del hincha argentino! ¡“Marcador” quita la sed, quita las ganas de fumar, baja la presión arterial!
— Enseguida estamos con el ingeniero Collar y el presidente de los Estados Unidos, apenas venga este tiro de esquina, una de las últimas posibilidades de empatar para la divisa azulgrana. ¡Qué pena, qué pena esto que nos cuentan tanto el ingeniero Collar como don Urbano Javier Ochoa desde el exterior!
¡Cómo hubiésemos querido no tener que escuchar estas cosas, estas muestras de intemperancia! ¡Tal vez así sepamos apreciar un poco más, señores, lo que estamos viviendo acá, en cancha de River, una verdadera fiesta popular en un marco de corrección y tranquilidad que no siempre sabemos valorar en la medida que se merece...
— ¡Señor Ortiz Acosta, señor Ortiz Acosta! ¡Collar lo llama, por favor, Ortiz Acosta...
— Un momentito, amigo Collar, un momentito, viene el corner, ya lo vamos a conectar con Rusia, veremos la posibilidad de contactar a ambos presidentes, sería muy interesante una charla entre los presidentes de ambas instituciones, no sabemos si habrá tiempo porque acá sigue el partido a ritmo vertiginoso y la acendrada rivalidad de este clásico de todos los tiempos es un tema excluyente de cualquier otro, máxime cuando se trata de hechos tan desagradables como los que nos han contado, va a venir el corner, atención, en todo caso grabamos la emisión desde los EE.UU. y la pasamos mañana en nuestra polémica de los lunes, entra Marcilla...
— ¡Ortiz Acosta, Ortiz Acosta!
— Sube también Julio Jorge Tolesco, hay un micrófono de campo abierto, es la última oportunidad quizás para San Lorenzo, vamos muchachos, se está poniendo muy fea la tarde, el cielo se ha puesto de un extraño color verde, un verde que nos hace acordar que tenemos un llamado desde cancha de Ferro, atención Ferro, cuando venga el corner estamos con ustedes, viene el corner, entra Tolesco, salta Cattamarancio...
No te enloquesa, Lalita (Fontanarrosa)
- ¿Será posible? --pasó a su lado el ocho de ellos, buen jugador, callado--. Siempre lo mismo con estos dos infelices.
- Cosa de locos --dijo el Chalo, tocándolo en la panza, en gesto de amistad.
- ¡Aprendé a jugar al fútbol, choto de mierda! --gritaba, ya de pie, Pascual, contenido a medias por Norberto.
- ¡Sí, seguro que vos me vas a enseñar, pajero! --respondió Lalita.
- ¿Ah no? ¿Ah no? ¿No te voy a enseñar yo? ¿No te voy a enseñar yo? Sabes comó te enseño, la puta madre que te parió!
- ¡Seguro! ¡Vos me vas a enseñar, forro! ¡Vos me vas a enseñar a jugar al fútbol!
- ¡Choto de mierda, en la puta vida jugaste al fútbol, sorete!
- ¡Vos me vas a enseñar, maricón!
- ¡Sorete, sos un sorete mal cagado!
Tal vez ese concepto de "maricón" exaltó más a Pascual, que se libró del esfuerzo de Norberto y se le fue encima al Lalita. El Alemán se abalanzó para agarrarlo, con Prado y el flaco Peralta. El referí pegaba saltitos en torno al tumulto como un perro que no puede zambullirse en una pelea multitudinaria.
- ¡Pero dejalos que se maten! --gritó desde lejos el cuatro de ellos--. ¡Dejalos que se maten de una vez por todas esos boludos!
- ¡Así nos dejan jugar tranquilos!
- ¡Vení, vení a enseñarme, maricón! --insistía Lalita, contenido por sus compañeros, viendo como Pascual se debatía entre una maraña de brazos.
- ¡Callate, pelotudo! --se anotó, desde lejos, Hernán, con escaso sentido de la oportunidad en el uso del humor--. ¡Si vos tuviste poliomelitis de chico y no te dijeron!
- ¡Pero pisale la cabeza a ese conchudo! --saltó de pronto Antonio corriendo también hacia Lalita--. ¡Siempre el mismo hijo de puta ese hijo de puta!
Allí Chalo pensó que el conflicto se generalizaría.
- ¡Antonio! ¡Antonio! --trato de pararlo el Negro.
- ¡Agarralo! ¡Agarralo, Pedro!
- ¡Hijo de mil putas, la otra vez hiciste lo mismo! --recordaba Antonio, medio estrangulado por un brazo de Pedro, las venas del cuello a punto de estallar, la cara roja como una brasa.
- ¿Qué querés vos? ¿Qué querés vos? --Lalita se volvió hacia Antonio, estirando el mentón hacia adelante. Dos de ellos lo agarraron de la camiseta y otro de la cintura.
- ¡Te hacés mucho el gallito porque nuncan te han puesto una buena quema!
- ¡Aflojá, Lalita, no seas boludo!
- ¡Te echan, pelotudo, te van a echar!
- ¿Qué querés vos? ¿Qué querés negrito villero y la concha de tu madre?
- ¡Tito! ¡Paralo, carajo, paralo!
- ¡Cortala, cinco, no te metás que es peor!
- ¡Pará, Mario, pará!
- ¡Te voy a reventar, la concha de tu madre! --Pascual se había zafado de los que lo contenían y corría en un movimiento semicircular hacia su enemigo tratando de eludir los nuevos componedores que se le interponían. Chalo se dejo caer sentado sobre el césped sin llegar a entender demasiado bien como se podía armar semejante quilombo cuando incluso algunos no habían llegado siquiera a tocar la pelota (como él). Miró al dos de ellos y enarcó las cejas en señal de complicidad.
- ¿Podés creer, vos? --dijo el otro, parado en el círculo central y acomodándose los huevos. Escupió a un costado.
Prácticamente todos los muchachos, sin olvidar al tío del Perita (fiel y único hincha del "Olimpia") se habían metido en la cancha y estaban separando a los beligerantes. Eran dos grupos que se movilizaban en bloque, hacia atrás o hacia adelante, correlativos unos con otros, como dos arañas negras y deformes, de acuerdo a los impulsos mas o menos homicidas de los contendientes.
- ¡Vos me vas a venir seguro a enseñar a jugar al fútbol, sorete! --la seguía Lalita--. ¡Seguro que vos me vas a venir a enseñar!
- ¡No te enloquesá, Lalita! ¡No te enloquesá! --repetía una voz aguda, desde afuera, como un sonsonete.
- ¡Choto de mierda! ¡Choto de mierda! --Pascual se atragantaba con las palabras y despedía por la boca una baba blanca, casi acogotado por los compañeros--. ¡Claro que te voy...! ¡Choto de...! --obnubilado, no encontraba los mas elementales sinónimos para enriquecer sus agravios y recaía siempre en las mismas diatribas--. ¡Choto de mierda! ¡Chotazo!
El árbitro, apreciando un claro en el tumulto, dió dos zancadas mayúsculas hacia adelante, manoteó el bolsillo superior y anunció a Pascual.
- ¡Señor! --y le plantó una tarjeta roja incandescente frente a los ojos.
Pascual ni lo miró. Después el árbitro giró con la misma aparatosidad, caminó tres pasos hacia Lalita y repitió el gesto de la mano en alto, como dando por terminado el problema. A Pascual ya se lo llevaban hacia el costado. Lalita caminaba medio ladeado, aplastado en parte por el peso de sus compañeros, buscando todavía con los ojos a su rival, respirando fuerte por la nariz, como un toro.
- ¡Dejame! ¡Dejame, Miguel! --pidió, sofocado, y hasta llegó a tirar un par de piñas a sus amigos.
- Ya está, Lalita --le recitaba el cuatro al oído--. Cortala.
El lungo que jugaba al arco le pasó un par de veces la mano por el pelo, comprensivo, pero el Lalita apartó la cabeza, negándose a la caricia.
- ¡Señores! ¡Señores! --gritó el referí--. ¡Miren! ¡Miren! --y mostró la fatídica tarjeta roja casi oculta en la palma de la mano, como una carta tramposa--. ¡No la guardo! ¡No la guardo! ¡La tengo en la mano! ¡Al primero que siga jodiendo lo echo de la cancha! ¿Estamos? --y salió corriendo para atrás, elástico, señalando con la mano donde debía ponerse la pelota--. ¡Juego, señores!
Y decían que no había que joder mucho con ese árbitro. Que era cana. Que siempre andaba con un bufoso dentro del bolso. Así le había contado Camargo al Chalo, porque lo conocía de la liga de Veteranos Mayores, los que están entre los 42 y la muerte.
Ya sentado en la vereda, la espalda empapada contra la pared del quiosco, las piernas extendidas sobre el piso, desprendidos los cordones de los botines, Chalo se apretó fuerte los parpados para mitigar el escozor profundo que le producía el sudor al metérsele en los ojos. Sin decir palabra, el Lito, al lado suyo, le alargó la botella de Seven familiar, casi vacía. Chalo tomó unos seis tragos apurados, puso despues el culo frío y humedo de la botella sobre su muslo derecho, eructó con deliberación y se secó la boca.
- Hay que joderse --exhaló--. Qué manera de correr al pedo --y le extendió la botella a Salvador que esperaba, mirando la calle, las manos en la cintura, a su lado.
- ¡Chau, loco! --gritó Antonio, subiendo al auto de Pedro, yéndose-- ¡Chau, Salva!
- ¿Hablastes con el referí? --le preguntó Lito. Antonio se encogió de hombros.
- ¿Para qué?
- Para que no te escrache en el informe.
- Me echó por tumulto.
- Por pelotudo te echo --rió Salvador. Antonio levantó la mano, se metió en el auto de Pedro y Pedro puso marcha atrás cuidando de no caerse en la cuneta.
- Veinte fechas le van a dar a este --dijo Salva, limpiando el pico de la botella de Seven con la manga de la camiseta verde. Chalo no contestó. Apenas si tenía aliento para hablar. Lito, más que sentarse a su lado, se derrumbó, con un quejido animal.
- Parece mentira --dijo Chalo--. Cuando yo jugaba en la "25 de Mayo", donde no hay limite de edad, pensaba que los veteranos serían más tranquilos, que cuando pasara a la liga de veteranos las cosas se iban a tomar de otra manera.
- Nooo... --Lito se reía.
- ¡Pero es peor! Es indudable que las locuras se agudizan cuando viejos. Acá me he encontrado con tipos de cincuenta, cincuenta y pico de años, que se cagan a trompadas, le pegan al referí, se putean entre ellos, más que los jóvenes.
- Y... --dijo Lito--. Las manías, cuando viejo, se agudizan...
- Además, Chalo --Salvador ya había encontrado las llaves del auto entre los mil bolsillos de su bolsón deportivo--. El fútbol es asi. Hay tipos que descargan todas las jodeduras de toda la semana acá en la cancha. Yo he visto a tipos cagarse a trompadas en un partido de papi, en un mezclado, que no son ni por los puntos ni por nada. Un picado cualquiera y se han cagado a trompadas, oíme.
- Sí --aprobó Chalo--. Son calenturas del juego...
- Es así --cerró Salvador. Dijo "Chau muchachos", puso en duda su presencia para el difícil compromiso del sabado siguiente contra el Sarratea y se fue hacia el auto rengueando ostensiblemente de su pierna derecha.
Chalo se inclinó con esfuerzo hacia sus medias, ceñidas bajo las rodillas por dos banditas elásticas, y las fue bajando hasta enrollarlas sobre los tobillos. Recién allí cayó en la cuenta de cuanto necesitaba liberar su circulación sanguínea de tal tortura y se preguntó como había podido sobrevivir hasta ese momento bajo presión semejante. Volvió a recostarse contra la pared caliente.
- De todas maneras --retomó-- por más que sean cosas del fútbol, esto de Pascual es difícil de entender.
- No son cosas del fútbol, Chalo --dijo Lito, sin mirarlo.
- Dejame de joder... ¡No iban más de cinco minutos!
- No son cosas del fútbol, Chalo... --Lito hizo un paréntesis largo--. Acá el asunto viene de lejos. Un asunto de guita.
- Ah... Ah... --se contuvo Chalo. Empezaba a comprender. Lito bajo la voz, confidente, como si alguien pudiese oirlo.
- Pascual le salió de garantía de un crédito a Lalita. Y el Lalita lo cagó. De ahí viene la cosa.
- Ahhh... Ese es otro cantar.
- Claro... Eran socios, o algo así. A mí me conto el Hugo, que era cuñado del Lalita en esa época. Tenían una gomería o algo así, no sé muy bien. Y la cosa vino por el asunto del crédito.
- Bueno, ya me parecía --dijo Chalo--. No te digo que uno no vaya a entender que dos tipos se agarren a piñas en un partido, porque es lo más común del mundo... Pero, cuando ya uno ve que un tipo, a los cuatro minutos de estar jugando, se cruza la cancha para estrolarlo a otro, y después se reputean de arriba a abajo... Ya sale de lo común, es sospechoso.
- No --precisó Lito--. La cosa viene de antes. Son cosas extrafutbolísticas --. Con un esfuerzo digno de un levantador de pesas, Chalo se puso de pie.
- Y ahora les van a dar como ocho fechas a cada uno--dijo.
- Lo menos. Porque son reincidentes --aprobó Lito.
Fueron ocho las fechas, o diez, o quince. Lo cierto es que, en la segunda rueda, en el partido revancha contra Minerva, Pascual y Lalita estaban en la cancha. Hasta los veinte minutos del segundo tiempo no sucedió nada e incluso dio la impresión de que habían surtido efecto los reiterados consejos de los compañeros de ambos bandos en el sentido de que los seculares contendientes evitaran la conflagración. Hubo un par de cruces, sí, alguna trabada dura, fuerte pero abajo, pero Pascual y el Lalita ni se miraron después tras el choque, atentos a aquello de "reciba y pegue callado" que tantos futboleros pregonan virilmente. Pero, casi sobre el final, en una jugada tonta que no los tuvo como protagonistas directos, los envolvió esa violencia recurrente que parecía ser su sino. Hubo de nuevo corridas, gritos, insultos y el consabido intercambio de golpes entre Pascual y el Lalita, al punto que todos se olvidaron de los otros dos anónimos jugadores que habían iniciado la escaramuza para ocuparse de ellos. La tarjeta roja en alto, elevada por el árbitro con la firmeza y pomposidad con la que puede elevarse un cáliz, marcó, simplemente, el final de un nuevo capítulo para los duelistas.
Una hora después, sentados a una mesa de "El Morocho de Abasto", Chalo apuraba una cerveza con el Alemán. Y el Alemán no cesaba de preguntarse como podía ser Pascual tan pelotudo.
- Es que... --inició Chalo, consciente de que quien tiene la información tiene el poder--. No es un fato meramente futbolístico, Alemán. Hubo un quilombo de guita entre ellos.
El Alemán lo miró, curioso.
- Me contó Lito --siguió Chalo--. Una cuestión de un crédito. Parece que Pascual salió de garantía.
- No --la respuesta del Alemán fue lo suficientemente breve y segura como para cortar a Chalo-- Eso fue después.
- Me lo contó Lito.
- Te lo contó Lito. Pero Lito solamente sabe esa parte porque el llegó al equipo hace tres años recién. Eso fue después. Yo sé la justa, Chalo. El quilombo fue de polleras. Lala, en la facultad, estuvo a punto de casarse con una mina y el Pascual se la chorió.
- ¿En la facultad?
- Y el Pascual se la chorió.
- ¡Entonces se conocen de hace una punta de años!
- ¡Añares! Amigos de pendejos. Entonces Pascual se casó con esa mina, su actual mujer para más datos, sin saber que la mina le había salido de garantía al Lalita en un crédito para una moto.
- ¡Ah! ¡Y ese es el crédito famoso!
- Ese es el crédito famoso. Por supuesto, Lalita, en llamas porque el otro le había choreado la mina, dejó de pagar el crédito, y el Pascual se tuvo que poner rigurosamente hasta el último mango. Eso le hizo un buen buco al Pascual.
- Mirá vos. Así había sido la cosa.
En el camino de vuelta hasta la casa, Chalo no dejó de pensar en las mujeres, en el dinero, temas por siempre conflictivos que pueden llegar a torpedear una amistad, en apariencia milenaria, como la de Pascual y el Lalita. Y siguió cavilando sobre eso casi hasta el final de la segunda rueda, máxime que se había hecho bastante compinche con el Pascual mismo, hombre en el que había descubierto una afabilidad y un certero sentido del humor tras la apariencia rústica y silenciosa del áspero cuevero. Y quiso el destino ("empeñado en deshacer" diría el tango) que en la cuarta fecha del torneo Consuelo, volvieran a encontrarse en el campo con Minerva. Y que volvieran a enfrentarse sobre el campo de juego Pascual y Lalita, quienes, para colmo, no faltaban nunca a sus compromisos futboleros. Como arrastrados por un designio oriental y fatalista, los presentes asistieron puntualmente a las consabidas trompadas, insultos y forcejeos que terminaron, esta vez, con cinco hombres fuera de la cancha.
Suplente de un ocho nuevo que habían traído de "La Cortada", Chalo, recostado sobre un césped que se hacía yuyo, miraba el despelote desde bastante lejos, sin siquiera levantar la cabeza de la pelota que le servía de almohada, propiedad del hijo más chico del Cabezón Miraglia.
- El asunto no es futbolístico, Cabezón --le confío, locuaz, al Cabezón Miraglia, que todavía estaba rumiando su bronca por no haber entrado de titular--. Hubo un problema de mujeres.
Miraglia no contestó. Siguió masticando chicle, mirando como el Pascual, desaliñado, caminaba hacia afuera de la cancha y se tiraba unos veinte metros más alla, en su ya remanido sendero hacia el exilio de la expulsión.
El Cabezón giró hacia Chalo, se acercó un poco más como para que el viento que favorecía al equipo adversario no llevara sus palabras hacia Pascual y, mientras pateaba prolijamente un hormiguero, le dijo al Chalo:
- Eso fue después, Chalo.
- ¿Como después?
- Lo de la mina fue después. La cosa fue política, más que nada...
Chalo frunció el entrecejo sin quitar sus manos entrelazadas de bajo la nuca, sintiendo el roce auténtico y voluptuoso de la pelota a gajos hexagonales. Le parecía mentira asistir a ese relato por capítulos futbolísticos, fecha a fecha, expulsión tras expulsión, que lo iba ahondando en la vida de dos sujetos conocidos casualmente en las canchas de fútbol, abocados a la defensa de una divisa. El Cabezón se agachó para seguir contando.
- En la secundaria, Pascual era dirigente estudiantil de izquierda. Estaba en una de esas agrupaciones como el P.T.P., el R.T. nosecuanto, una de esas. Te estoy hablando de los sesenta. Y el Lalita militaba con él. Y un día, yo pienso que debe haber habido uno de esos clásicos celos por la dirigencia, una cosa así, el Lalita se aparece en la escuela, ya estarían por sexto año, con una foto del Pascual, de traje blanco, bailando en una fiesta del Jockey Club.
- ¡No me jodás! --se asombró Chalo.
- ¡Te imaginás! --se rió el Cabezón--. En esa época, pasabas nomás frente al Jockey Club y ya eras un conservador, un facho...
- ¡Claro! Estaba todo tan politizado...
- Y de traje blanco para colmo el Pascual. En una de esas fiestas a todo culo que se daban ahí.
- Lo crucificaron.
- Lo hicieron mierda. Los compañeros de ruta no se lo perdonaron.
- El Pascual habrá dicho que el puesto que no se ocupa lo ocupa el enemigo --volvió a reírse Chalo.
- No sé, no sé. Pero se le acabó la carrera política. Pasó de golpe a ser un chancho burgués, un enemigo de la clase obrera.
Se quedaron un rato en silencio, mirando el partido. Tatino acababa de perderse un gol increíble.
- Es por eso que, después... --retomó el Cabezón--. Pascual se empecinó en afanarle la mina al Lalita. Porque creo yo que fue un capricho, nomás. En venganza.
- Pero mirá vos --se quedó pensativo, Chalo, mirando al cielo. El Cabezón había empezado a trotar porque Salvador le gritaba "Calentá, calentá!", mientras se agarraba el rebelde aductor derecho que lo tenía loco desde hacía mucho.
Fue Pascual quien le pidió a Chalo que lo alcanzara con el auto. Se había puesto un viejo pantalón de salir sobre el pantaloncito de fútbol y después se había vuelto a calzar pero sin atarse los trabajosos cordones, a los que arrastró hasta que salieron del predio. "Un chico" comparó Chalo, mientras desestimaba la idea de decirle que se atara los cordones porque se podía cagar de un golpe. Y luego, ya en el auto, siguió dando vueltas a los conceptos de dinero, mujeres y política, que entreveraban sus coordenadas y llevaban a dos personas mayores, como Pascual y Lalita, a romperse literalmente la crisma del mismo modo formal y caballeresco con que aquellos románticos personajes cruzaban sus espadas en el relato de Conrad.
--... porque me han dicho que vos, con el Lalita, se conocen de hace mucho --se animó a decirle, por fin, al Pascual, tras un largo silencio en el auto, solo amenizado por el sobrio comentario radial de José Pipo Parattore desde el estadio "Gabino Sosa" de Central Córdoba. El mismo Pascual le había dado pie, tras quejarse de que le ardía una peladura en la rodilla y tambien el piñón voleado que le había acertado Lalita en medio del despelote.
- Mucho. Demasiado --crispó una sonrisa, Pascual, tocándose una ceja--. Es al pedo --concluyó, con esa críptica frase donde no se entendía bien si encerraba un escepticismo existencial frente al misterio de la vida, o una desalentada conclusión ante el inútil acopio de años de amistad, o de la convicción del guerrero de cara a una lucha que adivina estéril e inconducente.
- Pero... claro... --se animó Chalo, quizá ante la ambiguedad de la afirmación de Pascual--. Me contaban que no es un asunto futbolero, ¿no? De lo contrario, sería difícil de entender. Por más que uno entienda perfectamente que te podes cagar a trompadas incluso jugando un cabeza en un pasillo...
Pascual volvió a sonreir, o quizá fue solo la expulsión de un poco de aire de sus pulmones.
- ¿Qué te contaron? --apuró.
Chalo esgrimió la mano derecha en el aire, como espantando una mosca, antes de depositarla de nuevo sobre la palanca de cambios.
- El asunto de un crédito --intentó ser vago--. Un fato relacionado con la política, algo así...
Omitió el detalle de la mujer, temiendo meterse en temas demasiado privados o bien deschavar al ocasional informante. Pascual estiró otra sonrisa apretada mientras se tocaba la nariz. Pareció que iba a sumirse en uno de sus habituales silencios de cuevero. Pero la siguió.
- Te informaron mal --dijo.
- Bueno... te cuento...--mintió Chalo-- que no fueron conversaciones formales. Fueron, digamos, comentarios al pasar, opiniones...
- Ya sé, ya sé... Pero te informaron mal.
Ya habían llegado. Chalo puteó para sus adentros. Tal vez hubiese debido retrasar la marcha, pero la maniobra dilatoria hubiera sido demasiado ostensible. Pascual abrió la puerta de su lado, puso el bolso sobre sus muslos y saco el pie derecho como para bajarse. "Me pierdo el final" pensó Chalo.
Pascual se había tomado del borde del techo del auto con su mano diestra para dar el envión de salida. Era muy grandote.
- ¿Sabés de cuando lo conozco yo al Lalita? --dijo, pese a todo--. ¿Sabés de cuando lo conozco yo a ese hijo de puta? --Chalo lo miraba fijo--. De cuando teníamos los dos cinco años y jugábamos en el baby del club Fisherton.
- Mirá vos --dijo el Chalo.
- ¿Y sabés de donde arranca todo? ¿Sabés de donde arranca la bronca?
Chalo negó con la cabeza.
- De un día en que jugábamos contra El Torito y al Lalita le hacen un penal y nos peleamos por patearlo. Mirá lo que te digo. Cinco años teníamos.
Pascual, ya incorporado, medio cuerpo metido dentro del auto, osciló los cinco dedos de su mano derecha frente a los ojos de Chalo.
- ¿Qué? --amagó reirse Chalo--. ¿Lo quería patear él?
- ¡Tomá, patear él! --percutió el puño cerrado como un émbolo, Pascual--. El penal se lo habían hecho a él, pero el que los pateaba siempre era yo. Esa era la orden que yo tenía del director técnico. Pero él ya era un pendejo caprichoso. Y nos cagamos a trompadas --Pascual se refregó la cara con la palma de la mano, como con intención de desfigurarse--. ¡Cómo nos cagamos a trompadas ese día, Dios querido! Y de ahí viene todo...
Se irguió por completo y cerró la puerta. Chalo se inclinó un poco para verle la cara.
- ¿De ahí viene todo?
- De ahí. Lo demás llega por añadidura. Pero el quilombo empieza con aquel penal.
Pascual dijo chau con la mano y se metió en su casa. Chalo puso primera y se fue, pensando. La vida era mas simple de lo que uno suponía, al final de cuentas.
Fútbol y Ciencia (Fontanarrosa)
Y no se trataba, por cierto, de que el Ruhr 214 no alistara entre sus filas a Hans "Caperucita" Gfrörer, o bien que entre los fervorosos "barqueros" del Postfach no estuviese Fritz, "El talabartero" Kiepenheuer.
Lisa y llanamente, lo que brillaba por su ausencia aquella tarde en el Duisburg Stadium era el público, dado que, la "Effektivaterien Ballönem Helveticen" había anunciado el match como una prueba piloto de un nuevo sistema de "referato a distancia". Efectivamente, a escasos cien metros del coqueto estadio de Oberhausen, los concurrentes podían advertir una misteriosa construcción de cemento, de forma tubular, que alcanzaba la respetable altura de 75 metros.
Esta torre no representaba ventaja alguna, y más podía confundirse con un monumento moderno, o con alguna reminiscencia emblemática de la majestuosidad nazi que con lo que verdaderamente era: la central computarizada de control desde donde se dirigía el encuentro. Los curiosos asistentes al match tampoco podían adivinar que, bajo sus pies, una intrincada maraña de cables, sensores electrónicos, filamento inalámbricos y terminales computadorizadas, unían el estadio propiamente dicho con la torre de referato.
Dentro de la torre, a una altura de 50 metros sobre el nivel del piso, se encuentra la nave central, a la cual se accede mediante el servicio de tres elevadores, uno para el árbitro y los restantes para ambos jueces de línea. Quien entra allí, a ese vasto recinto privado de luz natural y arrullado por el permanente murmullo de los acondicionadores de aire, podrá pensar que se halla en alguna de las centrales de control de vuelo de la NASA, o bien que ha caído en el vientre mismo del Nautilius, el legendario sumergible del capitán Nemo.
Ciento veintisiete pantallas de televisión, prolijamente alineadas, emiten su mensaje, desde las paredes levemente curvadas del salón. En frente de ellas, en medio de ellas, tres hombres, tres profesionales del difícil arte del referato futbolístico, recepcionan hasta el más mínimo detalle de cuanto ocurre sobre el campo de juego. Allí, alejados de la gritería ensordecedora de la turbamulta, ajenos a la indudable presión que configura el hostigamiento de los partidarios, los colegiados pueden dirigir, asépticamente, el encuentro.
El sistema, costoso hasta el momento, simplifica notablemente la tarea del árbitro y ha reducido en forma sensible los disturbios en los campos de juego. El juez, fría su mente, gozando del privilegio de beber su marca de cerveza preferida en tanto vigila a los 22 jugadores, cuenta, entonces, con la inestimable ayuda de mil ojos electrónicos, que complementan los suyos. En cuanto detecta una infracción, oprime un botón y un silbato estridente se escucha a unos cien metros más allá, en todo el estadio. Si la jugada no ha sido clara o si la infracción es dudosa, el colegiado cuenta con otro valioso recurso para calmar y convencer, en forma palmaria, al bando que se considera perjudicado: con otro simple botón desplegará sobre las dos inmensas pantallas electrónicas colocadas en ambas cabeceras del estadio, la escena repetida, con detención de imagen y ampliación de los ángulos necesarios para refrendar con sólidas razones la penalidad adoptada.
Cualquiera podría suponer que esa maniobra requeriría dos o tres minutos en concretarse, con el consiguiente retraso y ruptura del ritmo del partido. Pero no es así, ya que la memoria computarizada seleccionará entre los centenares de enfoques de la misma acción, las cuatro o cinco que considera más gráficas y contundentes, brindando al juez, en una fracción de segundo, la posibilidad de poner frente al público las que juzgue más válidas. Todo esto, sin que la máxima autoridad del match sufra el reproche de los jugadores ni sus estentóreos reclamos.
Más simple aun, para le nuevo sistema de referato, es eliminar cuanta duda pueda presentarse respecto de balones fuera de juego, balones ingresados o no tras la línea de la portería o bien, incluso, ante la siempre controvertida "Ley del Offside". Un sistema televisivo tipo "Fotochart" turfístico, elimina cualquier clase de duda, ya que le ojo eléctrico que patrulla la línea del último defensor captará, precisará y denunciará a quien reciba el balón en posición prohibida.
En los casos de un discutido hand, por ejemplo, donde ni siquiera la visión televisiva puede dictaminar en un ciento por ciento el contacto del balón con la mano del defensor, también la insospechable computación vendrá en auxilio del señor árbitro, puesto que las pantallas mostrarán la acción, agregando un luminoso pespunte verde. Nilo de coordenadas y flechas indicatorias que avalan la posibilidad o la imposibilidad, de que dicho contacto haya tenido lugar.
De cualquier manera, el revolucionario sistema, llamado provisoriamente A.U.P. (Arbipeissal Und Perspecktiven) admite también el encanto de la controversia. Nadie puede negar el importante condimento que significa para el partidario del fútbol la discusión en la oficina, durante toda la semana, sobre si tal o cual fallo estuvo acertadamente tomado. Y no puede tampoco, quitársele al aficionado común la posibilidad de exorcizar sus frustraciones y represiones domésticas, denostando la figura del colegiado. Así ha sido siempre y lo seguirá siendo, aunque en menor medida con el nuevo sistema, que también deja, sabiamente, resquicios para la discusión.
En algunos casos, muy puntuales, el poder de decisión quedará en manos del clásico y consabido criterio personal del árbitro. Allí, como siempre la falibilidad humana seguirá alimentando el intercambio de opiniones. Se dará, por ejemplo, con la inefable "Ley de la ventaja". No habrá computadora, entonces, que ayude a dictaminar a su referí si tal o cual jugador cometió una infracción adrede o sin quererlo, como tampoco contará el árbitro con ayuda tecnológica para decidir si el delantero que se proyectaba solo hacia el gol ha de caer definitivamente o podrá continuar con su carrera, luego del golpe que intentara derribarlo.
La misma incógnita deberá enfrentar el colegiado cuando deba determinar, sin respaldo científico alguno, cuándo una "mano" dentro del área, es intencional o casual, ya que no hay todavía, por fortuna, computadora alguna que esté conectada con el cerebro mismo de los futbolistas. Se podrán repetir, entonces, protestas o abucheos del público, pero ya nunca de la magnitud de la ocurrida en torno al recordado árbitro internacional belga, Henri Degrelle*.
Justamente en virtud de este suceso, la FIFA aceleró los estudios y puesta en práctica del sistema A.U.P. De todos modos, ese grado de controversia, ese resquicio de humana posibilidad de error ha sido minuciosamente estudiado por los sicólogos que trabajaron en el proyecto para no revestir al más popular de los deportes de un halo tecnocrático que le reste espontaneísmo y creatividad. Así será, entonces, que los seguidores partidarios de los conjuntos podrán continuar exteriorizando sus quejas como siempre, como en todas las épocas, a pesar de que, también en ese orden, se han detectado indicios inquietantes.
En efecto, desde el 17 de junio último, un adelanto significativo se puso de manifiesto en el campo de la protesta partidaria, en ocasión de llevarse a cabo el clásico encuentro entre el Benelux-Gotha de Mons y el Astipalaia de Grecia. Tras un discutido fallo del colegiado sueco Gustavo Skelleftea, un proyectil misilístico del tipo M-L7, versión soviética de segunda generación, impactó y redujo a polvo la torre de control de referato. Se piensa que el proyectil fue accionado por un fanático del Astipalaia, mediante un propulsor personal, desde atrás del arco norte del estadio, distante casi unos 250 metros de la sólida construcción tubular, aún hoy hecha escombros. "Ellos también han progresado mucho", sólo atinó a decir Gerd Walde, titular del Consejo Arbitral Germano y propulsor del sistema A.U.P., a título de conformista comentario.
Publicado en el libro El mayor de mis defectos, Ediciones de la Flor,
Buenos Aires, 1990.
© Copyright 1999/2001 - Ediciones de la Flor S.R.L.
El Fútbol es Sagrado (Roberto Fontanarrosa)
Fontanarrosa fue un maestro del humor de y con el fútbol. Ya hablamos acá sobre la genial novela El área 18. Hoy les vamos a recomendar un libro del escritor rosarino en forma de viñeta.
Se trata de “El fútbol es sagrado”. Allí cada chiste es un punto en el recorrido del mundo del Balón Pie. Los jugadores, los DT, los dirigentes, los hinchas, los periodistas y situaciones que se mezclan entre ellos. El absurdo y la exageración hacen click en el efecto cómico de manera muy efectiva. La ironía con la que están hechas algunas viñetas ponen de manifiesto contradicciones que “te dejan pensando”.
Un libro “sagrado” que trata de algo “sagrado” haciendo reir con situaciones “profanas”. Un ejemplar que no debe faltar en la biblioteca del futbolero.
Memorias de un Wing Derecho (Fontanarrosa)
Abriendo la cancha para que no se amontonen los forwards en el medio. Nada de andar bajando a ayudar al marcador de punta ni nada de eso. Si el marcador de punta no puede con el wing de él… ¿para qué m… juega de marcador de punta? Lo que pasa es que ahora cualquier mocoso le sale con esas teorías nuevas y nuevas formas de juego o te viene con la “holandesa” o la brasileña y otras estupideces.
¡Por favor! El fútbol es uno solo y a mí no me saca de la formación clásica: el arquero bien parado en la raya y atento. Por ahí escucho decir que Gatti juega por toda el área o sale hasta el medio de la cancha… Y bueno, así le va. Yo al arquero lo quiero paradito en su arco y nada más. Para eso es arquero. Después una línea de tres. Después otra de cinco. Y arriba que nos dejen a nosotros tres. Más de veinte años hace que jugamos así y nos hemos podrido de hacer goles. De a siete hacemos. Yo ya debo llevar como 6.800. Yo solo… ¡Después me dicen de Pelé! O arman tanto despelote porque Maradona hizo cien. Cien yo hago en una temporada. Y en verano, cuando los pibes se quedan en el club como hasta las dos de la matina, me atrevo a hacer cuarenta, cincuenta goles por semana. Cuarenta, cincuenta. Yo solo… Maradona… ¡Por favor! Y eso para no hablar del centrofoward nuestro. debe llevar más de 12.000 goles. por debajo de las patas… Y…¡el tipo está ahí! donde deben estar los centrofoward. En la boca del arco. En el área chica. Pelota que recibe, ¡Pum! adentro. A cobrar. Y ojo, que el nueve de los de Boca no es maño tampoco. Es el mismo estilo que el nuestro. Siempre ahí: en la troya. Adonde están los japoneses. ¡Nos ha amargado más de un partido, eh! Yo no he visto los goles que nos ha hecho pero escucho los gritos y el ruido de la pelota adentro del arco.
Le da con un fierro el guacho. Pero, claro, tiene dos wines que son dos salames. Por ahí si jugara al lado mío él también habría hecho como 12.000 goles. ¡Si le habré servido goles al nueve! ¡Si le habré servido goles! Me acuerdo el día del debut. Le estoy hablando de hace 25 años, 25 años, un cuarto de siglo. Sacaron la lona que cubría la cancha y le juro que nos escegueció la luz. Un solazo bárbaro. Yo casi no podía ver por el resplandor en las camisetas, especialmente en las nuestras. Claro, por el blanco. Las bandas rojas parecían fuego. No como ahora, que está saltando todo el esmalte y se ve el plomo. O el piso, del verde ya no queda casi nada. ¡Cómo está ésta cancha! ¡Qué lástima! Qué poco cuidada está. Pero bueno, ese día fue algo inolvidable. Era domingo al mediodía y se ve que los muchachos estaban alborotados porque esa tarde jugaban River y Boca en el Monumental y ellos se habían reunido en el club para irse todos juntos en el camión para el partido. ¡Huy, lo que era ese día! Y claro, llegaron ahí y se encontraron con que la Comisión Directiva había comprado el metegol.
Yo había escuchado desde abajo de la lona que pensaban inaugurarlo esa noche cuando los socios se juntaban en la sede social a comentar los partidos o tomarse un fernet antes de cenar. Pero… ¡qué!… apenas los muchachos vieron el metegol al lado de la cancha de básquet ni siquiera se molestaron en meterlo adentro.
¡Además, esto es pesado, eh! No sé cuántos kilos debe pesar esto, pero es pesado. Puro fierro, de las cosas que se hacían antes. Bueno, ahí nomás lo destaparon y se armó el partido. Yo calculo, calculo, que había de haber entre 20 y 25 años personal viendo el partido. ¡No menos, eh! No menos. Una multitud. Y había apuestas y todo. Le digo que calculo que había esa gente porque yo ni miré para arriba, le juro, no me atrevía a levantar la vista del cagazo que tenía. Le juro. Uno escuchaba bramar esa tribuna y temblaba.
¡Qué cosa inolvidable! Nosotros, los tres de adelante, tuvimos suerte porque el tipo que nos manejaba se ve que sabía. Yo apenas sentí que se movía, dije: “Hoy vamos a andar bien”. porque también es importante el tipo que a uno le toque para manejarlo. Usted podrá tener condiciones, es más, podrá ser un fenómeno, pero si el que está afuera es un queso, va muerto. Y yo le digo, ahora, con experiencia, yo apenas noto cómo el tipo me mueve ya me doy cuenta si conoce o no. Es una cuestión de experiencia , nada más. No es que uno sea sabio. Escúcheme, usted ve un tipo cómo se para en la cancha y ya sabe cómo juega al fútbol.. No tiene necesidad ni de verlo correr. ¡Por favor! Pero ese día se ve que el tipo conocía. No era ni improvisado ni uno que agarra la manija porque está aburrido y para matar el tiempo se juega un metegol. De esos que usted trata de ayudarlos, de darles una mano pero al final el que queda como un patadura es usted. Cuando el culpable es el que tiene la manija. Y usted los escucha gritar: “¡Qué tronco es el siete ese! ¡Qué animal el wing!”. Hay que aguantar cada cosa. ¡Por favor! Pero ese día no. Ese día tuve suerte, lo que es importante en un debut. Y más en un River-Boca. Usted sabe bien cómo son estos partidos. Un clásico es un clásico, digan lo que digan ahora yo ya tengo como 30.000 clásicos jugados y así y todo, le digo, todavía cuando escucho el pique de la primera pelota en la mitad de la cancha me pongo nervioso. Parece mentira. Es que son partidos muy parejos. Somos equipos que nos conocemos mucho. Pero aquél día tuvimos suerte, por lo menos los de adelante. De la mitad de la cancha para adelante la rompimos, la hacíamos de trapo. “Tachola”, me acuerdo que se llamaba el que tenía la manija. Me acuerdo porque le gritaban permanentemente y además porque durante cuatro años vuelta a vuelta venía al club y jugaba. ¡Cómo sabía ese tipo! Lo arruinó la bebida. Cuando llegaba en pedo yo me daba cuenta porque nos hacía hacer molinetes y cada cagada que ni le cuento. Un día me hizo hacer un molinete y yo cacé un chute que la pelota saltó del metegol e hizo sonar un vaso. Me quería hacer pagar a mí el desgraciado. Pero cuando estaba sobrio era un león. Y ese día la gasté. En la defensa no andábamos tan bien porque el que manajaba a los tres era un salame. Un paspado. Pero con los de adelante bastaba.
No hay mejor defensa que un buen ataque, mi amigo, eso lo sabe cualquiera. ¡Por favor! Ahora se meten todos abajo. Están locos. tres pepas hice ese día. Y las otras tres se las serví al nueve, al morochón. Y no tenía bigotes. Lo que pasa es que algún mocoso se los pintó con birome para que se pareciera a Luque. Un gol, me acuerdo, un gol, la bola rebotó en el corner y se me vino. Ibamos perdiendo uno a cero, porque ¡ojo! habíamos arrancado perdiendo, y la hinchada bramaba. La puse debajo de la suela y casi la astillo. La empecé a pisar y me la traje despacito para el medio. El nueve se fue para la izquierda y el once también, para abrirme un buco. Yo la masé y un par de veces amagué el puntazo, pero el fullback me tapaba el tiro y no veía ángulo para el taponazo. Le cuento que yo no le hago asco a patear y cuando veo luz le sacudo. A mí no me vengan con boludeces. Pero el rubio que me marcaba me tapaba bien. Entonces yo agarro y la engancho de nuevo para afuera, para mi lado, como para meterle un derechazo cruzado, al segundo palo, a la ratonera. ¡Si habré hecho goles así! Y cuando el rubio me sigue para taparme y el arquero cubre el primer palo, de revés nomás, cortita, la toco para el medio. Y el nueve, sin pararla ché, le puso semejante quema que abolló la chapa del fondo del arco. ¡Qué golazo! ¡Lo que fue eso! Yo lo había escuchado al negro, lo había escuchado. Cuando yo me abrí para la derecha y ví que la defensa se venía conmigo. Y lo escuché al Negro, lo había escuchado. Cuando yo me abrí para la derecha ví que la defensa se venía conmigo. Y lo escuché al Negro que me grita: “¡Ah!”. Y se la toqué. Lo mató al Negro. Lo mató. La hacemos siempre a ésa. Diga que ya nos conocen. ¡Qué partido fue ése! Y para esta noche tenemos uno lindo. Si es que vienen los muchachos. Porque los escuché decir que iban a las maquinitas. Siempre hablan de las maquinitas. Vaya a saber qué es eso. Acá una vez al club trajeron una. Yo siempre escuchaba unos ruidos raros, unas cosas como “pluic” “plinc” , “clun” y unas sacudidas. Unas luces. Pero después no lo sentí más. Dicen que se le jodió algo adentro a la máquina, algún fusible y nunca hay guita para comprarlo. Son máquinas delicadas. De ésas que hacen los yanquis. Por eso los muchachos siempre vuelven. Porque el fútbol es el fútbol. Esa es la única verdad. ¡Qué me vienen con esas cosas! Son modas que se ponen de moda y después pasan. El fútbol es el fútbol, viejo. El fútbol. La única verdad.
¡Por favor!
Lo que se le dice a un Ídolo (Fontanarrosa)
Decime vos, ocho años jugando en primera y no lo habían expulsado nunca. ¡Nunca, mi viejo nunca! Ni una expulsión ni una tarjeta amarilla aunque sea. Y mirá que liga, eh. Porque siempre fue para adelante y lo estrolaban que daba gusto. Muy respetado por los rivales, por el referí, por todos, pero le pegaban cada guadañazo que ni te cuento. y sin embargo, nunca reaccionó. mirá que más de una vez se podía haber levantado y haberle puesto un castañazo al que le había hecho el ful, o a la vuelta siguiente encajarle un codazo, pero él… nada che. Una niña. Un duque el Pedro. Claro, ¿cómo no lo iban a querer? Los contrarios, los compañeros, todos. Pero… ¿querés que te diga? No sé si era cariño, cariño. por ahí era respeto, más que nada. Respeto. ¿viste? Porque mirá que yo lo conozco al Pedro y te digo que no es un tipo demasiado fácil para acercarse, para hablar, para… ¿cómo te digo?… para que se te franquee. ¿Viste? No es un tipo que va a venir y sin que vos le preguntés nada te va a contar de algún balurdo que tiene, algún fato afectivo… no, no es de esos. Es un tipo más bien reconcentrado que, a veces, para que te cuente qué le pasa, la puta, se lo tenés que preguntar mil veces, y eso que a mí me conoce mucho.
Incluso yo a veces le decía: “No dejés que te peguen” porque me daba bronca ver cómo la ligaba y se quedaba muzarella. “No dejes que te peguen, Pedro” le decía. “Poneles una quema, meteles una buena plancha, a ver si así te van a entrar tan fuerte”.
Y me decía que no, que es muy jodido pegar siempre siendo delantero. Sí, andá a decirle al Pepe Sasía eso, andá a decirle al cordobés Willington que no se puede pegar siendo delantero. O al negro Pelé, sin ir más lejos, que tiene el record de tipos quebrados. Andá a decirle al Pepe Sasía que a los delanteros les es más difícil pegar. El Pepe te metía cada hostiazo que te arrancaba la sabiola. Le bajaba cada plancha a los fulbá que te la voglio dire. Pero al Pedro qué le iba a pedir eso. Si ni cuando se armaban esos bolonquis de todos contra todos o esos entreveros con el referí en el medio, que son ¿sabe qué? pa repartir tupido, son una uva, él se quedaba a un costado, con los bracitos en la cintura, ni se acercaba. Y en esos entreveros no hay peligro ni de que te echen, ahí te meten esos puntines en los tobillos, o te tiran del pelo, te meten los dedos en los ojos o te african un cabezazo y vale todo. Nadie vio nada. Que siga la joda. Y no era que el Pedro no se metiera de cagón, ¿eh? Porque eso sí, de cagón nunca tuvo un carajo. Un tipo que se mete en el área como se mete el Pedro, oíme, a un tipo de esos ni en pedo lo podés catalogar de cagón.
Pedro no se calentaba. Tenía eso. No se calentaba. No era un tipo que se podía calentar. Lo fajaban y se quedaba en el molde. Y la hinchada lo quería, sí, pero nada más. Cuando salía de los vestuarios, después del partido, las palmaditas, “Bien Pedro”, “Buena Pedrito”. pero ahí nomás. A veces algún cantito. O no lo puteaban demasiado cuando perdían. El Pedro siempre normal, en siete puntos, seis puntos, como diría el Flaco.
¿Sabés cuál era la cagada del Pedro? Yo lo estuve pensando. Era muy lógico. Mirá vos, era muy lógico. Nunca decía algo fuera de la lógica. Todo era, digamos, criterioso. Pensando. Lógico, todo era lógico. Me acuerdo que íbamos a jugar contra Boca, en Buenos Aires, y le preguntan qué pensaba del partido. Y él contesta que lo más probable era que perdiéramos. Que con un empate estábamos hechos. ¡Por supuesto que lo más probable cuando salís de visitante es que te hagan el hoyo, y no en cancha de Boca, en cualquiera.
Pero, viejo, qué sé yo, agrandate, decí: “les vamos a romper el culo”, “les vamos a hacer tricota”, qué sé yo. No te digo siempre, pero alguna vez, andá en ganador. No, el Pedro siempre con la justa: “La verdad que nos van a ganar”. “Si sacamos un empate estamos hechos”. “La lógica es que nos rompan el orto”.
Y cuando se armó la primera vez este fato con la mina ésa, también. Porque tampoco el Pedro era un tipo que le podías buscar una fulería en su vida privada.
Padres macanudos, ningún problema con los viejos, y la Isabel, la noviecita de toda la vida. Y pará de contar. Ni jodas, ni calavereadas, ni un chancletazo por ahí. Nada. Fue cuando le inventaron el fato ese con la Mirna Clay, la cabaretera esa. ¡Mirá vos! Justamente a Pedro venirle a inventar que se encamaba con esa mina. Al Pedro, que la Isabelita lo tenía más marcado que los fulbás contrarios. Y además, ni falta hacía marcarlo, porque para eso era un nabo. Pero vos viste que hay periodistas que ya no saben qué carajo inventar y armaron todo el verso ese de que el Pedro andaba con la Mirna Clay. ¡El quilombo que se armó! ¡Para qué! El Pedro, ahí sí, fue a la revista, chilló, tiró la bronca y los ñatos de la revista pegaron marcha atrás y desmintieron todo. Que habían sido rumores, que eran todas mulas, en fin. La cosa que el Pedro se quedó tranquilo. Y fijate que ahí yo estuve a ponto pero a punto de decirle algo, pero me callé la boca.
Dijo: “callate Negro, que por ahí la embarrás” y me callé bien la boca. Yo los conozco mucho a los viejos, a la Isabelita, ¿sabés? y preferí quedarme en el molde.
Pero mirá vos, para el tiempo, y esta otra revista empieza con la misma milonga. Con otra mina pero con la misma milonga. Ahora con la loca ésta, la Ivonne Babette, pero con el mismo verso. Que los habían visto juntos, que parecía que el Pedrito se la movía, que qué sé yo. Para colmo la mina ésta que debe ser más rápida… una luz la mina… agarró el bochín y empezó con que estaban perdidamente enamorados, que Pedro era el único amor de su vida, en fin. Se ve que armaron el estofado a partir de esa foto que salió cuando el equipo tenía que viajar a Perú y les sacaron una foto en el aeropuerto cuando justo estaba la reventada ésta que también viajaba en el mismo avión.
Para colmo la mina sale al lado de Pedro. Eran como mil en la delegación pero dio la puta casualidad que esta mina sale junto al Pedro. Y se ve que ahí armaron el estofado. Qua a la mina le viene macanudo, mirá qué novedad.
Y ahí sí, lo agarré al Pedro y le dije: “Pedrito, no hagás declaraciones. No digás ni desmientas nada. Quedate chanta, haceme caso”. Lo corrí un poco con el verso de que él no podía prestarse a ese escándalo, que él tenía que mantenerse por sobre toda esa suciedad, que no tenía que prestarse siquiera a hablar del asunto. Que ya bastante se había ensuciado antes con el balurdo anterior con la Mirna Clay. Y el Pedro me hizo caso. Lo llamaban de los diarios y él decía que no iba a hablar del asunto. Que no insistieran. Y los periodistas, que son lerdos también, se agarraron de eso que “el que calla otorga”. Y dieron el caso como comprobado. Hasta diarios más serios hablaron del caso del Pedro con esta mina. Y la mina ¡para qué te cuento! inventó cualquier boludez para darle manija al asunto. Cuando el Pedro quiso parar la cosa, ya era demasiado grande y tuvo que quedarse en el molde.
Eso habrá durado un par de semanas. La Isabelita se enojó con el Pedro y casi lo manda a la mierda, los diarios dijeron que esa pelota confirmaba el enganche del Pedro con la Babette ésta, en fin, un quilombo impresionante.
Al domingo siguiente, tenían que jugar en buenos Aires un partido chivo contra Vélez. Y al Pedro lo marca Carpani, un hijo de mil putas que le pega hasta a la madre y este Carpani lo empieza a cargar. Le decía: “¡Qué mierda te vas a voltear vos a esa mina, si vos en tu vida te volteaste ninguna!”, “ya que sos tan macho animate a entrar al área que te voy a romper la gamba en cuatro pedazos”, esas cosas. Y le tocaba el culo. Al final el Pedro, mirá como estaría, le pegó semejante roscazo que le arruinó la jeta. Le puso una quema en medio de la trucha que lo sentó de culo en el punto del penal. ¡Te imaginás lo que fue eso! Que al terrible Carpani, el choma que se comía los pibes crudos, el patrón del área, le pusieran semejante hostia en la propia cancha de Vélez, en el Fortín de Villa Luro. Lo tuvieron que sacar en camilla porque quedó boludo como media hora. Y a Pedro, más bien, tarjeta roja y a los vestuarios. Por primera vez en la vida. pero después me contaba, los de Vélez lo miraban pasar para las duchas y no decían nada, lo miraban nomás. Hasta hubo uno que le dio la mano.
Le dieron pocos partidos. Y volvió en cancha nuestra, contra la lepra. Y ahí se confirmó mi teoría. Era un mundo de gente. Muchos habían ido por el partido, pero muchos habían ido para verlo al Pedro. ¡Y cuando entró… se venía abajo la tribuna, mi viejo! “Y coja, y coja, y coja Pedro, coja” cantaban los negros. Era una locura. “Y pegue, y pegue, y pegue Pedro pegue”. Como será que hasta el Pedro se emocioná y se apartó y se apartó de los muchachos para saludar a la hinchada con los dos brazos en alto. Una locura. Ahí empezó a ser ídolo. Ahí empezó. Aunque no me lo reconozca porque nunca volvió a darme demasiada perfecto, viejo. Si no tenés ninguna fulería, si no te han cazado en ningún renuncio… ¿Cómo mierda la gente se va a sentir identificada con vos? ¿Qué tenés en común con los monos de la tribuna? No, mi viejo. Decí que el Pedrito se apioló tarde de cómo viene la mano.
